De modo simultáneo a la polarización política y económica que atraviesa el continente y el escenario global, asistimos en el Perú a una profunda fractura de sus instituciones literarias: un cisma que involucra por igual a autores, periodistas, editoriales y circuitos académicos. Tras el colapso del relato sociologizante y el agotamiento de la realpolitik de los últimos cincuenta años —incapaz de dar respuesta a la crisis estructural—, el lector contemporáneo, fundamentalmente perteneciente a sectores burgueses, ha comenzado a inclinarse intuitivamente por el «pensamiento». Sin embargo, detrás de este aparente refugio intelectual se oculta la restauración de una matriz profundamente conservadora: la vieja escolástica de cuño colonial.
Esta nueva escolástica opera en un doble sentido que resulta imprescindible desmontar. Por un lado, se manifiesta como una especulación abstracta, desgajada de la investigación empírica, de la historia y del territorio. Por otro, actúa como un sustituto dogmático de esa misma realidad, bajo la ilusión premoderna de que a través de las palabras, la taxonomía o el juego metalingüístico se puede construir, deconstruir o rebatir la materia del mundo. Ante la incomodidad del descalabro social y de la carne, el circuito oficial huye hacia la seguridad de la «estética pura», convirtiendo al lenguaje en un fetiche autorreferencial que no arriesga nada.
En esta trinchera de la abstracción convergen poéticas y proyectos críticos que, pese a sus aparentes diferencias formales, terminan acorralados de espaldas a la pared del antropocentrismo. Es el caso de la escolástica lingüística de alta gama representada por Mario Montalbetti, donde la falla del sentido se estetiza como un absoluto formalista inofensivo para el poder; de la pirotecnia neobarroca y disyuntiva de Maurizio Medo, que transforma la fragmentación en una pose de trinchera vacía de territorio; o de la neorretórica académico-positivista de Camilo Fernández Cozman, volcada a disecar la poesía mediante esquemas, retóricas y catálogos que neutralizan su fuerza viva.
En última instancia, esta polarización de la institución literaria no es más que la actualización del proyecto letrado por mantener la ciudad blindada. Frente al peligro de una poética situada, que masca el monte, asume la orfandad y se ensucia con la inmanencia del territorio y de la memoria —siguiendo el tajo radical de César Vallejo—,el canon oficial premia y promociona la especulación escolástica porque le permite a la burguesía consumir un producto «inteligente» mientras mantiene intacta la muralla que separa el aula del lugar donde la vida crepita.
Pedro Granados, 2026

