Foto por Rosario Bartolini
La experiencia del pensamiento poético no flota en la abstracción; se asienta y resiste en la inmanencia de la materia. Frente a la asepsia del decorado intelectual y la pulcritud con membership de la Ciudad Letrada, la vanguardia se ejerce desde el despojo y la concentración somática. En la intimidad de un taller improvisado sobre los muros de ladrillo desnudo, rodeado por la densa geografía de los libros abiertos en una mesa plegable y con el equipaje listo al fondo, se materializa la condición del mitimae: el intelectual que transporta y resguarda el sistema del Archipiélago en cualquier habitación del mundo donde le toque asentarse a abrir fuego.
Esta escena no es un fondo decorativo; es el reflejo de un mito en bruto y vivo. La presencia del perro descansando pacíficamente en el suelo complementa el giro ontológico y la mediación multinaturalista de la poesía simétrica: la inclusión de todos los cuerpos posibles, humanos y no-humanos, conviviendo sin desbravar en un mismo nudo de vibración vital. En este espacio liminar, que evoca tanto el confinamiento de la celda vallejiana como el adobe tosco de las huacas ancestrales, el intelectual y su entorno se funden. No hay aquí una escisión entre pensamiento y cuerpo; hay una roca enorme, una inmanencia rugosa que interrumpe la linealidad moderna para dar paso al caos creativo y al desborde de la memoria. Ignacia Augusta

