[Que mi padre me lleve de la mano]

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Que mi padre me lleve de la mano.
Que mi padre se incorpore desde sus casi
centenar de años.
Que se incorpore.
Con la dignidad
de sus abundantes cejas,
con la hidalguía de su apegada pobreza.
Que mi padre y mi madre
–jóvenes y fotográficos–
se incorporen.
Para que este acto de mecánica general
–para que estas piezas que voy engrasando mano a mano–
funcione.
Si no vienen, habrá que escribir de otro modo.
Si no vienen, habrá que actuar de otro modo.
Porque sólo tendremos nuestro chico y ridículo corazón.
Porque sin ellos somos opinión nomás artificialmente engordada.
Lástima de fallida cocción.
Que se vengan, pues, cantando su yaraví en quechua,
y con un buen matamoscas que se vengan.
Que se vengan a darse los besos que les conocí,
aunque casi ninguno les viera.
Que mi padre tan y tan excesivo –por mudo–
con su ir y venir nos cuente lo de siempre.
Porque esas palabras funcionan, y esa sintaxis,
y ese amor que él supo hacer despertar, y esa fragilidad
que el también supo oponer
aunque le cayeran varios –y varias veces– los mundos.
Y en sus manos no quedara
y su corazón no fuera
más que exactamente lo mismo:
Pura ganzúa dormida. Puro alacrán hecho paloma.
Puro y generoso mar
–hecho gotas–
en el centro de la casa. (pp. 325 – 326)

Poema perteneciente a El corazón y la escritura (1996)

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