POESÍA LATINOAMERICANA DEL SIGLO XXI

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Este breve artículo es propiamente la reescritura de una reseña que hiciéramos del libro de Julio Ortega: El turno y la transición. Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (Madrid: Alianza Editorial, 1997). Un criterio del antologador era incluir a poetas que, e esa fecha, no hubieran cumplido aún los 40 años; pero el más importante era intentar leer la poesía latinoamericana a manera de lo que nos sugiere, por ejemplo, el título de una novela de Elena Garro, Memorias del futuro, o de lo que ya considerara Aldo Pellegrini en el prólogo de su famosa obra: “Una antología que se anticipe al tiempo, que en lugar de ser tumba de poetas, descubra a los que vivirán mañana, es tarea que vale la pena emprender” (Antología de la poesía viva latinoamericana). Eran algo más de ochenta los antologados que representaban a Argentina, Bolivia, Puerto Rico, República Dominicana, Cuba, Uruguay, México, Chile, Colombia, Venezuela, Estados Unidos (California y Texas), Ecuador y Perú; algunos figuraban con un solo poema, mientras otros lo hacían con varios textos.
Lo primero que constatábamos, luego de reparar en las nacionalidades de los poetas seleccionados, era que realmente estábamos asistiendo en Latinoamérica a una especie de homogeneidad de la sensibilidad, para no hablar de comunes registros u homenajes; todo esto, eso sí, ejecutado con mucha inteligencia. Entonces, por ejemplo, observábamos que la lección de Borges – aunque aquí algo más elocuente – estaba completamente aprendida: sobriedad, contención, autoironía, acendrada experiencia vital; mas, lamentablemente, sin la luna de su soledad que lo perdona; sin ese Borges que no tiene nada que ver con el escepticismo, la parodia o la documentación; sin el Carroll que anima su fantasia y que justifica temerariamente su propia persona poética. La gran mayoría desilucionados y escépticos (probablemente con razón), a aquellos jóvenes les faltaba el dorado brillo de la locura, de la confianza, del aparentemente absurdísimo espíritu de gratitud o celebración – en el fondo – típicos del poeta de Los conjurados.

Sin duda, psico-socio-económicamente, América Latina no ha sido en estos años motivo para adoptar una actitud alegre, pero es que no sólo eso debemos tomar en cuenta al leer poesía. Es decir, lo que esperamos encontrar no es sólo la realidad sino que, una vez que ésta ha sido transformada en literatura, confiamos en el poder del verbo para que esa misma realidad a fin de cuentas – y tal como lo entendían, por ejemplo, Luis Hernández o Raúl Gómez Jattín – ni nos toque siquiera, y sea finalmente nada; entendámonos, sin al mismo tiempo en absoluto negarla. En este sentido, y muy ilustrativamente, eran en general los cubanos los que exhibían ese, digamos, brillo o excedente suprasegmental. Celosamente custodiados por el angel de Lezama Lima, aquellos cubanos jugaban su pelota con picardía, con sorpresa. El grupo de poetas argentinos, asimismo, si no imprevisibles, era teóricamente definible: hartos de Borges, aunque calmos parricidas, desplegaban ampliamente sus versos sobre la página, pero con mucha cautela, con – y tal parecía más bien un homenaje – muy equlibrado pudor. Por otro lado, José Emilio Pacheco influenciaba enormemente no sólo a los mexicanos. Y Vallejo, esta vez a través de Gelman y Juarroz, estaba muy presente también en la obra de los antologados en El turno y la transición.

Pero, recordamos muy bien, el agua se salía del molino por lo menos en tres oportunidades: Lizardo Cruzado, Rosella Di Paolo y Marta Komblith. El primero de estos, por la frescura de su registro antes que por el desenfado (receta ya apolillada o amarillenta a esta alturas), por el placer de su dicción: “Decir que Marilyn Monroe no fue Mi Madre/ no es lo mismo/ que decir que mi madre no fue Marilyn Monroe”, reza el comienzo de su único poema antologado, “Para M.M.”. La segunda, Rosella Di Paolo, porque, sin sacar provecho aún del todo a las modulaciones encontradas para su poesía en la cantera de San Juan de la Cruz, era la materia lírica más envolvente del conjunto, el de todos los poetas incluidos en aquel volumen; el de ella, lo reafirmamos, es un decir material – finalmente no sólo un decir – que nos baña y nos devuelve al origen: “quisiera levantar mi cabeza/ y verte/ sólo levantar mi cabeza/ y verte/ Me pregunto por qué los pequeños cangrejos/ han corrido a esconderse/ Estoy levantando mi cabeza” (“Perfección”). Por último, y como la otra cara de la moneda que forma con Di Paolo, la recientemente desaparecida poeta venezolana, Marta Kombith, porque hacía palpable a Alejandra Pizarnik (poeta a la que muchos deseaban imitar en la antología de Julio Ortega) e incluso iba más lejos – nos hacía ir más lejos – en su íntima diáspora, en su cercanísimo desasosiego: “Es martes/ y hace un mes/ mi mano izquierda/ ardía en carne viva./ Conocí a un medico/ al que amé con locura./…/ Ese hombre conoció/ mi llanto/ pero ese llanto/ no era un llanto/ que venía de adentro/ era un llanto/ distinto,/ un llanto de afuera” (“Saga de familia”).

Sin embargo, mal hubiéramos hecho en no individualizar también otras voces, ya fuera por su probado oficio, por la ambición de su indagación, por su sostenido e inteligente contrapunto entre el dato externo y el eco interno, por la impostación en el poema de otras voces acalladas o maniatadas en nuestra historia contemporánea, por su empatía con la cultura popular, o incluso – aunque escasos en El turno y la transición – por su erotismo y sentido del humor. José Mazzotti, Eduardo Chirinos, Domingo de Ramos, Jorge Hernández, Josué Ramírez, Arturo Young, Ricardo Alberto Pérez, Ramón Cote, Paula Brundy, Mayra Santos Febres, José Mármol, Laura Wittner, Malú Urriola, Lorenzo Helguero, son algunos otros entre aquellos poetas del futuro o, por lo menos, del presente.

Si aquella antología, según Julio Ortega, nos llamaba la atención sobre el carácter trashumante de sus registros: influencias comunes, imaginario incluso también común (por ahí veíamos citado a Changó, y no lo hacía un cubano sino un mexicano o un argentino); nosotros hemos querido reparar, desde otro ángulo de lectura, más bien en sus riesgos, en la inflación de esta misma trashumancia, en suma, en el peligroso esbozo de cierta homogeneización en las últimas promociones de la poesía latinoamericana. Las excepciones, presentes felizmente también en dicha antología, de modo enfático nos lo confirman y nos lo ilustran. Si entre nosotros la poesía de los años 60 (de la cual, con su más y su menos, son epígonos los poetas ahora reunidos) puso en primer lugar, y en buen momento, la lucidez y no sólo la emotividad, en el siglo XXI resulta que en poesía con pura lucidez o con muy buenos y urgentes y muy bien fundamentados propósitos (como a su turno lo fue, por ejemplo, el feminismo; pero como lo pueden ser también hoy en día las causas del multiculturalismo o de la latinidad en los Estados Unidos) no vamos necesariamente a parte alguna. Mas, ¿qué clase de emotividad es digna de nuestra época?, ¿cómo, artísticamente, moldearla? A semejantes preguntas nos han hecho llegar los versos de estos jóvenes poetas.

Probablemente, parte de la respuesta sea comprobar que para la poesía no hay edad (tampoco sexo, por supuesto); es decir, por lo común lo más innovador o personal viene después de un largo culto o ejercicio. De esta manera, entre nosotros, quizá lo más revolucionario sigan siendo algunos poemas de Trilce o algunos versos de En la masmédula; y la actitud más inteligente y desafiante – lucidez, en una sola palabra – nos venga todavía de la obra de Vicente Huidobro. Con esto no pretendemos decir que no se deba intentar agrupar lo actual en poesía: individuos, grupos, clanes o cómplices; el problema siempre es quién hace esta tarea. En plena época de tenaz globalización, que nos encuentra harto desorientados, y donde el que menos se pone a tono con la corriente, los académicos (entre los que Julio Ortega es una rara excepción) hoy por hoy son los menos indicados para hacer antologías. Arribistas u oportunistas a más no poder – en un mercado laboral cada vez más mezquino – no entienden por dónde va la vida y, por lo tanto, tampoco aciertan a seguirle el rastro a la poesía. Aunque por lo general bien informados, los obnubila sus teorías de agenda, sus afanes de promoción profesional, para no hablar de otros absurdos intereses. Como al hombre común que no se aparta de la plácida seguridad de lo cotidiano, a los académicos – en palabras de Aldo Pellegrini en el mismo prólogo – la poesía los atrae y los rechaza a un tiempo. Pero si no son los académicos, quiénes harán el balance de nuestra poesía; el tiempo, que si no es el lector más justo, al menos no está maniatado por tantas minucias, y es el más paciente.

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