Martín Adán. Entrevistas

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“Lima no tiene alma, en algunas cosas, las casas y el Palacio de Rospigliosi son pura “quincha”.  Aquí  [en el Cuzco] es diferente, hay fortaleza.

En Lima tenemos muchos crepúsculos, uno de ellos soy yo.

Quiero seguir sufriendo y amando al Perú, yo solo, sin compañía de nadie.

-¿Trabajaste alguna vez?

-Bueno… como si lo hubiera hecho, porque cobraba sueldo.

El estilo es una de las formas de la edad.

¿A qué poetas clásicos peruanos admira usted?

Miramontes, Eguren y Vallejo, pronunció sin vacilar.

-¿Le angustia la idea de la muerte…?

-No… pero cuando muera no quisiera estar presente

-¿Por qué dice que su vida ha sido un constante error?

-Lo ha sido en el sentido real, en el sentido social.  Pertenezco a una antigua familia de Lima y debería ser ahora, por lo menos, un vocal de la Corte Superior.  ¿Y qué?: estoy de ex bohemio, ni siquiera de bohemio.

-¿Por qué adoptó usted el seudónimo de Martín Adán?

-No sea huachafo”

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Foto de hace 25 años

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Foto de hace 25 años; en el Ateneo de Madrid y en ocasión de un recital de poesía en homenaje a los 50 años de la muerte de César Vallejo. Participamos, además de este servidor (flaco y con pelo), el poeta Antonio Cillóniz (de blanco) y, al lado de éste, Marcos Ricardo Barnatán (buen lector de Borges). El Ateneo estaba literalmente abarrotado. Al final de la lectura, recuerdo, entusiasmado se nos acercó el bueno de Alfonso Barrantes Lingán (“Frejolito”) a felicitarnos. Yo no tenía sino unos pocos meses en Madrid (andaba becado aquí) y, por tal motivo, conservaba la mirada en claroscuro de mi popular barrio de Breña. Mirada claroscura en tanto pobre y pendeja y deslumbrada por las maravillas que me ocurrían casi todo el tiempo. Mirada esponja y, al mismo tiempo, garrafa para beber; fuente.

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[Las aulas van sucediéndose estimulantes]

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Las aulas van sucediéndose estimulantes entre los que participamos en el Curso Monográfico sobre César Vallejo, en la UNILA. Como profesor, “experto” en el tema, voy aprendiendo horrores y, creo, los estudiantes también. Mas ayer (15/ 2/ 2013) fue en particular un gran día. Nos informamos y tuvimos experiencia de lo que para el poeta peruano podría significar aquella frase de Favorables, París, Poema respecto a que, frente a las “preguntas sin respuestas”, la poesía sería una “respuesta sin preguntas”. Motivo de escándalo del pasado, del presente y del futuro constituye esta fórmula o manifiesto. Frente a las tecnologías latinoamericanas del verso (británico modo, neobarroco, minimalismo, etc.) que soslayan este aspecto fundamental de la poesía; que no hablo, en absoluto, de romanticismo ni, de su coda, el surrealismo. Frente a las miradas de tipo cultural o sociológico, las distintas posturas post-autónomas que antes las prefiguraron –y las explicaron de modo más consistente– los teóricos alemanes de la recepción y resumió bellamente un inglés como Terry Eagleton: “the reader makes the literature”. Frente, pues, a tecnólogos de la comunicación y científicos de la sociedad — repletos de supuestas preguntas inteligentes y, peor todavía, a veces rentables psicosociales– la poesía no se toca. Pero la imaginamos, frente a este estado de cosas crítico-teórico, perpleja y con la boca abierta, eso sí. Es absolutamente irrelevante seamos neo-barrosos o minimalistas en nuestra cocina; lo importante es si hayamos qué ponerle a la olla más allá de nuestro narcisismo que procura no tomarse en serio y resulta ridículo; más allá de demostrar –acaso de modo impúdico– que visitamos el diccionario y tenemos la edición más reciente de uno de etimología. Para no hablar de otros camaleónicos intereses que quieren pasar por poesía. Entre estos una especie de lavado acaso no sólo de dinero mal habido; sino de nuestras personas en su totalidad. Adoro a los malos, incluso poetas, en la literatura; pero no a los que se quieren hacer pasar por buenos. La “respuesta sin preguntas” sale para todos. Pero qué difícil –aunque no imposible– debe ser captarla o admitirla, por ejemplo, para alguien que trabajó o trabaja en el Ministerio de Cultura de la República Dominicana; o para alguien que se jubiló muy bien en los Estados Unidos, no puede regresar a su país, y anduvo tomando el pelo –que ya no tiene– a medio mundo de jóvenes aficionados a la poesía. Todos nos volvemos decrépitos y nos morimos, también los poetas; pero lo único que quedará vivo en nuestra obra será el testimonio de aquel acontecimiento sin preguntas. Y no qué tanto enterados, listos, críticos, solidarios o simpáticos fuimos.

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“¿Qué sabemos de ti, Luis Guillermo Hernández Camarero?”

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Hoy y el próximo viernes 22 de febrero a las 8:30 p.m. se realizará un conversatorio en torno a la vida y obra del poeta llamado “¿Qué sabemos de ti, poeta Luis Hernández?” en el café La Pastelera de Barranco (Av. Grau 170).

Entre los presentes durante el primer día del conversatorio destacan el biografista Rafael Romero Tassara, quien publicó “La armonía de H. Vida y poesía de Luis Hernández Camarero”, el periodista y escritor Juan José Sandoval, el director de cine Víctor Checa y el periodista y crítico de cine Fernando Vivas. Para la segunda fecha se harán presentes el crítico literario Alfredo Vanini, nuevamente Rafael Romero y los músicos Manongo Mujica y Rafo Ráez, este último interpretará algunos poemas de Luis Hernández musicalizados. Estarán a la venta ejemplares de la biografía del vate (sic).

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Obvio, también se debió invitar a alguno de sus hermanos, Carlos o Max, y al poeta Luis La Hoz… para que este último cuente, por ejemplo, los pormenores de los sutiles talleres de literatura de Lucho: siguiendo y corrigiendo los textos que querían ser poemas tamborillando sobre la mesa con los dedos de una mano. En realidad, esta dimensión didáctica de Hernández está presente en toda su obra. Nos enseña una y otra vez, por medio de su creación literaria, no sólo a estar ligeros de equipaje o siempre disponibles para, como diría Vallejo, morir de vida y no de muerte. Sino, también, otro aspecto de esa docencia se halla muy en particular dirigida a los poetas; basta revisar ese extraordinario manual de prosodia –tema aún no estudiado por la crítica– que es su “novela kitsch”, Una impecable soledad. El poeta Luis Hernández es lo que es gracias, ante todo, a su privilegiado oído.

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Edgar Artaud se abre paso (mientras su esposa duerme)

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Nuestro hermano Edgar empieza a ser masivamente reconocido para empezar en México, su patria. Aún no entienden los críticos mexicanos esa mezcla curiosa, casi oximorónica, de poesía postautónoma y, al mismo tiempo, devota de Platón en tanto creyente en la Poesía y en tanto, por ejemplo, pinta cierta Idea de mujer (pongamos por caso su esposa). Pero qué le vamos a hacer. Lo rescatable es que, por ejemplo, el Diario de Poesía de la UNAM lo antologue y ciertos críticos de oficio conocido (picapleitos que escriben en automático) lo reseñen. Hasta que, caro lector, acaso por aquellos buenos oficios leas directamente a Edgar; y, al modo del mejor Machado de Assis, no sepas si está hablando en serio o en broma. Repases sus versos, sonrías y te encandiles; sin saber si están en poesía o no. Grande Edgar!

La Nada

En mi adolescencia
uno de los juegos acostumbrados
era el de la nada.

Se trata de pensar en tí,
en los seres vivos con quienes
convives, como algo efímero.

Al morir, desapareces,
se desintegra la memoria.

Se apaga para siempre
la actividad cerebral
que generaba el “yo”

no habrá más pensamientos

el cuerpo es una masa
de carne y huesos putrefactos.

Después de la vida, ¿qué pasa?

:EL VACÍO:

Puedes jugarlo de múltiples formas

Mirándote de frente en el espejo,
acostado e intentando levitar,
en presencia de un cadáver
o simplemente pensando, imaginando

estremeciendo tu existencia

asumiéndolo: el “yo”, se extingue.

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[Nosotros los latinoamericanos]

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Nosotros los latinoamericanos no tenemos la historia ni el nivel de corrupción del canónico occidente. Nacimos después y somos aprendices. La poesía siempre ha convivido con la corrupción. Es imposible se liguen el ansia del poder y la manipulación social con la poesía. Aunque tengamos excepciones, por cierto, Neruda y Octavio Paz (por ejemplo); aunque el psicosocial que constituyeron (¿qué aún constituyen?) no fuera monitoriado por ellos mismos. La poesía está que se muere, la pobrecita; pero no muere, ni jamás morirá. No depende de nosotros matarla, depende de la poesía. Pero prepárese el que quiere seguirla, a ser destruido; no sólo por ella, por su torpeza al amarnos: sus afiladas rodillas y codos de adolescente. Sino también por la sociedad, por cualquiera de ellas, y sus instituciones. Nadie quiere pasar por tonto ocupado. Nadie desea admitir que debió dedicarse a aquello que rechazó un día. Un día en que la poesía le puso un cabe de puro traviesa; un cabe para detenernos a pensar; un cabe con su respectiva almohadilla. Pero nos vamos muriendo. Ya se murió Vallejo, el del tercer ojo. Ya se murió César Moro, el que sabía amar. Ya se murió Martín Adán, el niño autista de tirantes y saco malolientes. Ya se murió Luchito, el de la vox horrísona. Son la únicas muertes que cuentan en la poesía peruana (por ejemplo). No existe ninguna otra, hasta ahora. Hasta que se muera Pedro Granados. Y los miles de hijos de puta, que son tres gatos en la poesía, se percaten; ha, recuerden; ok, acaso añadan a la lista. Pero nunca admitan que estuvieron más lúcida, coordinada y sistemáticamente ciegos que la puta madre

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