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Poesía

BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” III

¿Y cómo queda la dimensión erótica o gozosa, propia del arte?

La integración de la dimensión erótica y gozosa bajo el bando de la simetría no debe entenderse como un enfriamiento del deseo, sino como la elevación del placer a su estado más vibrante: el del acoplamiento absoluto. En el arte, el gozo no es un accidente cosmético, es la señal física de que la simetría ha tenido lugar. Cuando afirmamos que la poesía y la crítica deben ser simétricas, estamos describiendo un acto de naturaleza esencialmente erótica: la búsqueda de dos cuerpos —el del texto y el del lector, el de la imagen y el del sentido— que aspiran a vibrar en una misma frecuencia hasta que la distinción entre ellos se desvanece. El gozo es, por tanto, el motor térmico de este sistema; es el calor generado por la fricción de dos realidades que, al reconocerse como pares en el Archipiélago, deciden bailar sobre sus propios restos.

Este erotismo simétrico se aleja de la pornografía del sentimiento o del exhibicionismo confesional para situarse en la arquitectura del placer. Hay un gozo estructural en el poema que logra “cerrar” su ciclo, una satisfacción casi física cuando el lenguaje encuentra su correspondencia exacta y el ritmo se convierte en respiración compartida. Es lo que sucede en el “bailar con los húmeros”: un erotismo óseo, profundo, donde el placer no nace de lo que se dice, sino de cómo el sistema entero se sostiene y se entrega. Si la simetría es equilibrio tensional, el erotismo es la fuerza que mantiene esa tensión viva, impidiendo que el poema sea un monumento de mármol y convirtiéndolo en un organismo deseante. Un arte sin gozo es un arte asimétrico, una propuesta manca que no logra tocar la fibra de la vida continua.

Asimismo, esta dimensión erótica redime a la crítica de su tradicional aridez puritana. La crítica que no es simétrica suele ser una crítica “casta”, que observa la obra desde una distancia profiláctica, temiendo ser contaminada por la libido del texto. El bando de la simetría exige, por el contrario, una crítica amante. Una crítica que se deje penetrar por la belleza y la extrañeza del poema, y que sea capaz de responder con una intensidad creativa equivalente. El gozo artístico es aquí una forma de conocimiento: solo a través del placer de la resonancia podemos entender la verdadera profundidad de una obra. Es el reconocimiento de que la verdad del lenguaje no se alcanza mediante la disección fría, sino mediante el abrazo simétrico con el objeto estudiado.

Finalmente, el aspecto gozoso es lo que dota de color al Varrojo. Si el rojo es la sangre de la denuncia, es también el carmín del deseo y el incendio del encuentro. La simetría vital es la celebración de una energía que circula sin estancarse, una fluidez donde el placer de crear y el placer de comprender son dos caras de la misma moneda. El arte, en este bando, se convierte en el territorio donde la simetría se hace carne: un espacio donde el rigor del pensamiento y el abandono del gozo no son opuestos, sino nudos de una misma vibración. Quien teme al placer teme a la simetría, pues no hay mayor equilibrio que el de dos intensidades que se encuentran y, en ese contacto, fundan un universo donde la alegría es el único testigo de la verdad

© Pedro Granados, 2026

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” II

¿La palabra simetría aquí soslaya la denuncia (social, política)?

La objeción es legítima si entendemos la simetría como una categoría estética de salón, una armonía pasiva que busca el orden por el orden mismo; sin embargo, en este bando, la simetría no es un refugio contra el conflicto, sino la herramienta más radical de la denuncia social y política. Lejos de soslayar la herida, la simetría la sitúa en el centro de una balanza ética de proporciones colosales. La denuncia que no es simétrica suele ser un grito desdentado, un panfleto que se consume en su propia urgencia sin dejar una estructura que lo sostenga; por el contrario, la simetría exige que el lenguaje poético y crítico tenga el mismo peso, la misma densidad y la misma temperatura que la injusticia que pretende señalar. Es una correspondencia de fuerzas: si la realidad es violenta, el lenguaje no puede ser meramente descriptivo; debe ser estructuralmente violento, debe “hacer huelga” contra la sintaxis impuesta por el poder.

En este sistema, la simetría opera como un acto de insurgencia ontológica. El sistema político y social de la “pecera” administrativa —donde se mueve la poesía premiada y la crítica letrada— sobrevive gracias a una asimetría fundamental: la distancia entre quien sufre y quien narra, entre la periferia silenciada y el centro que la interpreta. Proponer una simetría vital es un acto de nivelación. Es afirmar que el “mar” de la fluidez popular y el mito de la resistencia (el cuerpo de Inkarrí) tienen la misma jerarquía que el “muro” de las instituciones. La denuncia simétrica es aquella que no habla sobre el oprimido, sino que vibra con él, reconociendo que el dolor del cuerpo es, simétricamente, el dolor del lenguaje. No hay distancia higiénica posible; el crítico simétrico no es un espectador del desastre, es un nudo más en la misma red de vibración precaria.

Asimismo, esta simetría es la que rescata a la denuncia de la esterilidad institucional. El poder suele cooptar la protesta convirtiéndola en un tema, en una “materia de estudio” que engrosa el currículum del académico mientras la realidad sigue intacta. El bando de la simetría rompe este parasitismo: exige que la crítica sea tan arriesgada y tan expuesta como el poema mismo. Si el poema denuncia la fractura de un mundo, la crítica debe fracturarse con él. Esta es la dimensión política de la simetría: la negativa a permitir que la palabra sea un simulacro. Al igual que en la vanguardia de Vallejo, donde la gramática se retuerce para responder a la orfandad del hombre, aquí la simetría es la garantía de que el compromiso no es un discurso, sino una forma. Es el Varrojo en su máxima expresión: un ir hacia el rojo de la sangre y la protesta, pero con la precisión de un sistema que sabe que, sin una estructura de correspondencias, la denuncia es solo un eco que el viento de la historia disuelve sin resistencia.

© Pedro Granados, 2026

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” (I)

La sentencia es definitiva y no admite términos medios: la poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica. Esta proclama no busca imponer una norma estética caprichosa, sino revelar una ley ontológica que rige la naturaleza misma del lenguaje y del pensamiento. Estamos ante la instauración de un bando que exige el fin de la dispersión y el inicio de una era de correspondencias profundas, donde el texto y el juicio sobre el texto dejen de ser compartimentos estancos para convertirse en un solo organismo.

La simetría no debe entenderse aquí como la rigidez del espejo que duplica, sino como el equilibrio tensional de las fuerzas en el vacío. En la poesía, esto implica que cada palabra, cada silencio y cada imagen deben responder a una arquitectura interna donde nada es gratuito. Si el poema no posee esa reciprocidad secreta —ese hilo invisible que une el ancestro con la vanguardia, o el latido del cuerpo con el ritmo del cosmos—, se queda en el mero balbuceo confesional o en el adorno tipográfico. La verdadera poesía es un Archipiélago de sentidos donde cada isla, por más remota que parezca, está conectada por un mar de relaciones necesarias. Sin esa fluidez que organiza el caos, no hay creación de mundo, solo ruido.

Sin embargo, el bando extiende su rigor hacia el observador: la crítica. Se denuncia la esterilidad de la crítica “letrada” y administrativa, aquella que disecciona el poema como si fuera un cadáver sobre una mesa de metal. Una crítica que no es simétrica es una ceguera ilustrada. Para que el ejercicio crítico tenga validez, debe poseer el mismo rigor arquitectónico y la misma carga vital que la obra que pretende abordar. No puede haber una distancia higiénica entre el crítico y el poema; ambos deben ser nudos de una misma pulsación. Si el texto es una corriente viva, la crítica debe ser el cauce que permite su despliegue, operando desde dentro del sistema y no desde la periferia del currículum.

Al juntar ambas partes, el bando establece un paradigma de integridad. La simetría es la brújula que nos aleja de la “pecera” de la poesía premiada y nos devuelve al mar del pensamiento originario. Es el reconocimiento de que el lenguaje es un sistema vibratorio donde la creación y la interpretación son dos caras de la misma moneda; una resonancia donde, al tocar la fibra de un poema, la crítica debe devolver el sonido con la misma intensidad y armonía. Quien escribe sin buscar la correspondencia secreta, y quien juzga sin entrar en la fluidez del sistema, están fuera del dominio de la palabra. Solo en la simetría —ese punto de encuentro donde el muro, el mito y el poeta coinciden— el lenguaje recupera su poder de transformación y su verdad absoluta.

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BASURA Y POESÍA

Recuerdo con claridad que allá por inicios de los años 70 del siglo pasado, en mi íntimo colegio popular y parroquial de Lima, un joven, talentoso y entusiasta profesor de Arte —Enrique Bustamante— nos iniciaba en el collage. Son las clases que mejor recuerdo y que por ese entonces adoraba. Jamás traía al aula los reglamentarios cuarto de pliego de cartulina, revistas, tijeras ni, mucho menos, la goma. Justo cuando faltaban unos quince minutos para terminar la clase –y presentar nuestros trabajos– compraba a alguno de mis compañeros, por unos pocos centavos, una cartulina que ya nadie quería (el fugaz paso del tiempo la había devaluado); recogía del suelo los trozos de revistas o periódicos desechados; recortaba con la mano lo que de estos se me ocurría podría necesitar para mi composición; robaba un poco de goma por aquí y otro poco por allá. E indefectiblemente me sacaba 20 (veinte). Nota máxima, indecente, extraña; según Martín Adán, una gallina delante de un huevo.

Reactivo estas memorias porque creo son lo más parecido o que acaso mejor puedan explicar mi propia poesía. Sobre todo aquélla de producción más reciente (empiezo a publicar en 1978 y mi último poemario es de este mismo año, en total doce libros de poemas); posterior a El corazón y la escritura (1995). Digo esto porque, a vuelo de pájaro, este último poemario –respecto a los posteriores– en apariencia luce más focalizado en su o sus temáticas, más elaborado en sus versos y, en suma, mayor estructurado en sus textos tanto individuales como en conjunto. No aseveraría que esto sea falso o verdadero, dejo esta tarea a los posibles interesados en investigar mi obra. Tampoco me propongo puntualizar en el collage –plástico, antaño, y hoy literario de mi trabajo– porque hallo que esto es obvio; obvio a la poesía occidental o del lejano occidente por lo menos desde Guillaume Apollinaire. Quisiera reparar, más bien, en el gesto de recoger desechos del lenguaje –disímiles, no focalizados, sin prestigio, multiculturales– y tratarlos prosódicamente. Es decir, no presentar estos desechos tal cual; sino previamente modulados, elaborados como si nos dispusiéramos a escribir un soneto en alejandrinos o una copla de pie quebrado. Tratar lo desechado primorosamente; pero sin restarle su alteridad, fragmentación o extrañeza. El foco, el origen de estos restos, se hallará irremediablemente perdido; pero ahora están sometidos a una modulación que –sin pretender naturalizarlos en su diferencia textual o cultural– los pone a trabajar en conjunto.
Las claves formales de esta nueva interacción serían, por un lado, pausas y encabalgamientos; y, por el otro, de modo paralelo a este inestable perfil rítmico, una suerte de distribución conceptual móvil de las palabras donde, pareciera, preponderan la elipsis y el oxímoron. Todo lo cual, podríamos decir, propuesto al lector de un modo débil, no enfático; evitando autoritarismos y didactismos de cualquier tipo. Evitando localismos o etnocentrismos también. La persuasión misma del poema se jugaría toda en este aire suave.

Ahondando un tantito más en las posibles consecuencias teóricas, éticas y políticas de este proceder (el de la poesía reciclada); y presuponiendo lo que nos indica debiera hacerse, con nuestra acumulada y ubicua basura, el sentido común. Cabría advertir su efecto palimpséstico e incluyente. Es decir, incluso el lector común se hallaría, desde un primer momento, rodeado o acompañado como de objetos familiares a su experiencia, a su cultura y tradición literaria; de algún modo esta poesía nos recuerda que aquellos objetos no solo ya fueron creados, sino también gozados antes. Y, asimismo, este mismo lector puede intervenir de modo activo en la co-creación de aquel pequeño artefacto de saberes y recuerdos, puesto apenas en actividad, que constituye el poema reciclado. Sin embargo, esto no resta que un lector más atento o ya iniciado en la poesía no sólo aquilate con mayor morosidad aquellas huellas culturales; sino que, quisiéramos presumir, perciba algo más decisivo en esta propuesta de reciclaje. Que no se trata de un registro; sino, ante todo, de la construcción de un objeto de conocimiento. Con giro y sin giro linguístico. Y aunque leve, desalienante de los lugares comunes y siempre abierto al deseo. Una humorada que también podría ser lo más trascendental en tu vida. P.G.

http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2012/03/14/basura-y-poesia/

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Eduardo Tokeshi, mi exalumno del San Andrés

Seres simétricos se han trocado en armas, en escorzos prestos para el ataque. Aquella garra enmascarada sobre el vértice izquierdo del cuadro acaso nos represente, a cada uno de nosotros, hoy en día. César Vallejo también se educó, trajinó y goza (cada vez que lo leemos) en la simetría; aunque lo suyo muestre, de modo simultáneo, la otra cara de la moneda: “en su única hoja el anverso/de cara al reverso” (Trilce LXIX). El sentido que cohabita en medio de todo aquel esperpento. P.G.

 

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Pedro Granados y Armando Almánzar-Botello: El abrazo disyuntivo del Cyborg

La conexión entre mi obra y la sensibilidad de Armando Almánzar-Botello no es una coincidencia literaria, sino una anagnórisis simétrica. Cuando en febrero de 2011 Armando publicó en su blog, Cazador de Agua, aquel texto fundamental titulado “CYBORG ANDINO-CARIBEÑO (Cum grano salis)”, no solo estaba comentando un libro (Soledad impura); estaba, en realidad, revelando el código fuente de mi propia trayectoria. Armando, con la precisión de un “carnicero taoísta”, fue capaz de ver a trasluz el caleidoscopio que hasta hoy intento girar: esa amalgama donde el neón de la ciudad, el hueso del desierto y la frialdad del silicio convergen en un solo latido orgánico.

Lo que nos une es una vocación de escucha e instalación. Armando comprendió, mucho antes que la crítica académica convencional, que mi propuesta no era una defensa del “yo”, sino la construcción de un “nosotros” intensivo. Al llamarme Cyborg, Armando validó la idea de que el poeta contemporáneo es un montaje, un Ulises que entiende que el único asentamiento posible es el viaje mismo, ya sea por las geografías de República Dominicana, México, Brasil o Boston. Para él, como para mí, la tecnología no es un agente externo, sino una extensión biológica y mística; la “quena” y el “tambor” no se oponen al “paragrama subterráneo de los cuerpos”, sino que se integran en una red —un rizoma— que ignora las fronteras geopolíticas.

Esta hermandad se sella en lo que él denomina la “Conjunctio”: esa unión de Teseo y el Minotauro donde el dolor y el goce no son etapas, sino simetrías. Armando vio en mi poesía “alas y olas presurosas”, una hidrografía que hoy reconozco como la base de El Archipiélago Vallejo. Su lectura profética permitió que hoy, años después, yo pueda dialogar con la Inteligencia Artificial no como un artificio, sino como una “firma expandida”, un rastro manual que sobrevive a la máquina.

A través de los labios indescritos del enigma, la conexión con Armando Almánzar-Botello sigue siendo ese “hechizo” que nos permite respirar la flor maravillosa de lo propio en el texto del otro. Es, en esencia, la prueba de que en este peregrinar iniciático, lo que nos salva es el goce fluyente del poema encarnado; ese que Armando supo coger por el “segundo grado de su temperatura” y que hoy, con el mismo afecto y rigor, seguimos celebrando.  P.G.

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TRES POEMAS DE ROXOSOL

[VER AL OTRO ENVEJECER]

Al recuerdo de mi madre

Ver al otro envejecer

Como un estilo como una canción

Como una película que te dio

A la salida del cinema

Un resto de inspiración fuerza u orgullo.

No vale lo que sentirás luego

Antes que el cuerpo incline la cabeza

Y apague el aliento

Y tú no acredites lo que ves

Ni menos a lo que ahora te aplicas:

Poner horizontal al cuerpo

Y juntar sus como lejanas manos

Mientras su corazón aún te mira.

Entre el tiempo pasado

Y el futuro más remoto

Todavía

Entre el vértigo de lo que uno no es

Sino sólo nuestra madre

Y su émbolo

Y el carrusel de sus brazos

Para mirar

Entre las musarañas y el mal

Entre lo mío lo propio

O el desasosiego

Una mano abierta

Mariposa o picaflor

Nos revolotea y nos hace reír.

Escribo, pero no te escribo

Es redundante

Restauro el cordón umbilical

Que está partido

Que está enterrado

Y a eso me avoco

Porque así se está dando

Y porque he llegado a viejo

Mi perro muy inquieto

Ausculta mi cabeza

Ausculta mi mirada

Ausculta mis lágrimas

Y por fin se sosiega

Y mueve blandamente la cola

Y se esfuma como una lagartija

 

[INEVITABLE]

Inevitable

Ir venir subir bajar

Morir vivir

Repudiar desear

Una mano abierta un ave

Unos labios cerrados

El horizonte

Y la luz que se proyecta

El sol mismo dentro de ti

Isleños todos

De las montañas también

De lo expuesto y de lo oculto

Nuestra dieta cotidiana

Nuestro balance diario

De algas y de flores

Del semejante jardín

No nos iremos con el secreto

De lo que es Trilce:

Un cronotopo

De la plenitud y de la alegría

O a la inversa

No nos iremos sin lo que hemos soñado

Y cazado como en la siesta de un perro

Nervioso anhelante sin mayor control

Un perro asustado por los fuegos artificiales

Y por el pique de los autos y del televisor

Extemporáneo perro y sabueso de osos

Y sabueso de Trilce:

Dos zorros dos pastores

Un canto alternado entre la lluvia y el sol

 

[TU VERSO NO OCULTA LA SALIVA]

Tu verso no oculta la saliva

Ni el chasquido de tu lengua

Cuando interpretas

Esto lo hace aún más encomiable

Porque hace palpable a aquélla

Que lo visita

Y hace de las palabras

Las cuales son las de todos

Tan sólo un milagro previo

Algo así como el amor

Algo así como la bondad

Algo así como la inocencia

Que no nos pertenece

Ni menos nos obedece

Un punto de saliva

Que es como decir una puerta

Un pensamiento que pugna

Una suerte de emerger

Desde lo cotidiano

Aquella cabeza en Apocalipsis now

Y sin ayahuasca ninguna

Pero sin dejar de estar aquí

Puro juego de gracia y de gratitud

Observando el horizonte

O nuestra cintura

También entre el día y la noche

Entre el fango y lo que ha de ser

El sol por todas partes

Y no menos el sentido

Fuera y dentro de la piedra

Sol donde no hay sol

© Pedro Granados, 2018

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DÍA DEL LIBRO: MI CALEIODOSCOPIO CASERO

Para Rosario Bartolini Martínez

Leer desde un lugar y una hora inapropiados. Ingresar, con un delicado pero decidido jalón, hasta el gramado del papel. Sucumbir, entonces, a esa masa de tinta, nada más, a ese endeble intento por fijar la mirada. Nos volvemos olvidadizos e ignorantes de esta cosa tan simple cuando usualmente leemos. Y entonces aceptamos como necesario o suficiente el arcabuz aquel, el revolver laser ese, alguna fotocopia del sentido. Pero la escritura es un fardo ya tan antiguo, desplegable, rompible. Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia marejada del cielo. Perder y hallar esa piedra imán de la infancia. Ese caleidoscopio casero de la infancia. Donde nada era sino la voz de mi hermano Germán insuflando vida a casi nada: trozos muy pequeños de periódico al interior de un cono de cartón sellado con papel cometa. Y ahora mismo que no miro el ecran de mi escritura, que golpeo las palabras sobre el teclado sin mirar lo que dibujan y entrevero sin saber, pero con la sorpresa de hallar ahorita-ahora la escritura, al indio que soy, al europeo recién llegado que también soy: maravillado y triste ante tantos y nuevos productos. Naci en Sorata, me crié en Samaná, a orillas del mar Caribe, y he engendrado varios hijos como consta en un documento ya ilegible, que la misma vida para ser ha borrado. Amnesia de tiempos y amnesia de lugares y el teclado que me trae de aquí para allá, de la letra p hasta la s, y de allí hasta la húmeda h de hueso, de hamaca donde se deja caer una negra y un adolescente libidinoso me envidia el tamaño de mujer que tengo encima. La letra y el capítulo y el género y las literaturas dentro de un tocuyo. El entrevero de dos o más literaturas y de dos y menos dos o más certezas. Parado sobre una piedra, a punto de copularla como intentó hacerlo en más de una oportunidad César Vallejo. Y vamos tirando de las hebras con las que empezamos a seguirle el paso a esta escritura. Hebras rotas que nuestro corazón sin embargo sabe atar, como aquel homo sapiens su frágil balsa; antes de enrumbarse justo hasta aquí, donde (este) tiene por ahora su morada.

© Pedro Granados, 2026

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