La laringe-pene y el viento inmerecido

En la modorra de un campo literario local que se debate entre gacetillas de autopromoción y tesis académicas que parecen escritas por algoritmos de la sospecha, la aparición de un poema como “Eunucos” (Pedro Granados, 2023) opera como un hachazo de inmanencia pura. No es solo un texto; es un contra-aparato crítico que desmonta, desde el puro nervio somático, el andamiaje metropolitano con el que solemos clasificar (y adormecer) la poesía.

El poema nos sitúa ante una paradoja de entrada: el canto del eunuco. Despojado de las utilerías del cálculo reproductivo, biológico o ideológico, este personaje canta «a favor del viento inmerecido» y, en su vibración, revienta «cualquier diferencia / parteaguas / entre izquierda / y derecha». No se trata de una neutralidad cobarde, sino de una soberanía ontológica: la renuncia al binomio simplista para acceder a lo radial y lo simultáneo.

Esta disolución de los opuestos encuentra un correlato visual y sagrado en la arqueología de nuestra costa norte: el Sacerdote ciego de la tumba 32 de la Cultura Mochica. En esta soberbia pieza de arcilla, el rostro del chamán está tatuado de escarificaciones: felinos frente a frente en las cejas, aves y peces en los pómulos; pero lo más perturbador es el modelado de una vulva en el mentón y un pene en la garganta. Al igual que el eunuco de Granados, la voz de este sacerdote no emerge de unas cuerdas vocales comunes; brota de una laringe-pene que transmuta la palabra en semen cósmico, un soplo hermafrodita destinado a la fertilización del mundo.

La simetría ciega vs. la estrechez del dogma

Es aquí donde el poema y el barro mochica nos plantean una lección ética que la crítica oficial es incapaz de digerir. El rostro del sacerdote exhibe una simetría geométrica y ritual perfecta: los sexos alineados en el eje central, las fieras y los peces equilibrados. Sin embargo, para sostener esa armonía divina, el vidente debe portar una asimetría radical: sus ojos están ciegos, borrados. El sacerdote renuncia a la “nitidez” del ojo occidental —ese que clasifica, mide y separa— para poder acceder a la simultaneidad de la vida. Es la mirada ciega la que sostiene la simetría del mundo.

Frente a esta sabiduría del subsuelo, la escena crítica e institucional peruana —custodiada históricamente por figuras de gran calado académico como Susana Reisz y reproducida hoy con celo por sus epígonas— ofrece un paisaje drásticamente opuesto. Mientras Reisz y su cortejo institucional han construido un canon poético bajo la bandera de la visibilización de género, lo cierto es que su perspectiva del lenguaje permanece blindada dentro de una estrechez mental insalvable: la imposibilidad de trascender el binarismo.

Para la academia letrada y sus herederas, el género es una trinchera de roles politizados, un inventariado de diferencias necesarias para el usufructo del poder cultural. Su pensamiento necesita marcar la frontera: hombre/mujer, oprimido/opresor, animal/humano, teoría/creación. Se trata de una parálisis del binomio que, incapaz de arriesgarse ante la marea viva y caótica de la cultura local, prefiere dar un paso atrás y refugiarse, invariablemente, en los libros europeos de siempre, ya sea el psicoanálisis de manual o el posmodernismo de importación.

El canto en la catacumba

El “eunuco” de Granados es la refutación viva de esa estrechez. Mientras las epígonas necesitan el “parteaguas” para legitimar sus capillas y administrar sus cuotas de visibilidad, el eunuco atraviesa el signo y se sitúa en la intemperie:

«¿A qué jinete obedecemos?

Al animal o al ser humano…»

En la poética de Granados no hay parcelas. El animal y el humano, el cuy y el cernícalo, conviven de manera simultánea en el “pecho de tortuga” del vidente. Incluso la genealogía del afecto quiebra las leyes lineales del tiempo burgués: «Dentro de mi hija / su padre», un verso que dialoga directamente con esa vulva y ese pene que se muerden la cola en el mentón del sacerdote mochica.

La diferencia, a la larga, es de orden ético. El constructor del canon y sus herederos se guarecen en las certezas de la biblioteca y en los premios de mentirijillas. El “actor invisible”, en cambio, avanza seguro de casi nada, escribiendo sobre el camino, dispuesto a que la poesía actúe sobre el cuerpo como una infección o un yerro de la tinta.

Ante el impávido cemento de la realidad, allí donde el discurso de gacetilla se desgasta en su propio cansancio semiótico, nos queda la resistencia de la catacumba: el yaraví cantado a dos voces en una casucha de calamina, o este canto de eunuco que, adosado desde ya al olvido, se las arregla para preñar de nuevo el vacío.

Ignacia Augusta

EUNUCOS
I
A favor del viento inmerecido
Un eunuco canta
Atraviesa
Revienta aquello innecesario
Cualquier diferencia
Parteaguas
Entre izquierda
Y derecha
Siendo más finos
Entre el reflejo que no vemos
Pero que iremos a recordar
El inconsciente la sorpresa
O más sutiles aún
El interior de este mismo viento herido
II
Las bridas giran
Atentas al animal que somos
Y esto nos hace irrepetibles
A cada uno
Insuplantables
III
Qué nos espera
El mar
Qué nos halla
El mar
Qué nos constituye
El mar
IV
Detrás de una puerta
No hay nada
Debajo de una piedra
Grande
Una más pequeña
Nada más
Dentro de mi hija
Su padre
¿A qué jinete obedecemos?
Al animal o al ser humano
Aquella música de calidad
Aquel tan logrado terciopelo
Se tiende suave
Sobre el impávido cemento
Como estos versos
Desde ya adosados al olvido
Mamá hermanito Germán
Pequeña Milagros
Alborotados por el amor
Por el amor alborotados
© Pedro Granados, 2023
Puntuación: 5 / Votos: 1

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *