Aquello de auto figuraciones alude, sobre todo, a anagnórisis o, también, a deseo. Estos poetas, representantes de la poesía peruana letrada-culta o experimental-vanguardista canónica del siglo pasado, las encarnan todos en sus obras. Viajeros sin excepción, incluido aquí el supuesto “exilio” predominantemente interior de Martín Adán, a pesar de su clase social o del color de piel o de sus simpatías u oscilaciones políticas, repararon en que —aunque con premeditada opacidad– escribían en tanto mediadores o, màs bien del todo, autores amerindios; es decir, aquello constituyó una suerte de autodescubrimiento y autodeterminación ontológica. ¿Por qué empezamos con César Vallejo? Porque este autor representa, en el Perú, este giro ontológico por excelencia.
Descripción
Vallejo, Adán y Eielson-Sologuren: Estancias amerindias
De los formatos a las sensibilidades y de éstas a los espacios (“estancias” aquí) es de lo que trata el presente mini-curso. Traducible este último, de manera intersemiótica y del modo más económico, acaso al dibujo de una ola y un rayo de sol. El riel César Vallejo se halla presente por aquello que éste acuñara sobre “poesía nueva“ (1926). El otro riel es una lectura de la tradición de la poesía peruana ya no como formato/s ni, tampoco, en tanto “sensibilidad” (individual, grupal) sino, en cuanto imposición o consagración en ella de un espacio amerindio (Ingold). Gesto simétrico o multinaturalista (Viveiros de Castro) y, asimismo, no menos contra instrumental respecto a nuestro intento de tomar posesión del texto poético.
Superada la “escenografía” modernista, la poesía latinoamericana recupera el paisaje; aunque no precisamente el telúrico y, sí, considerando a la complejidad y virtualidad del espacio como un soporte más adecuado para lo humano: “Perception, Gibson argued, is not the achievement of a mind in a body, but of the organism as a whole in its environment, and is tantamount to the organism’s own exploratory movement through the world. If mind is anywhere, then, it is not ‘inside the head’ rather than ‘out there’ in the world” (Ingold 3). Ejemplos: Escalas, de César Vallejo, o Fervor de Buenos Aires, de Jorge Luis Borges, ambos libros de 1923.
En consecuencia, entendemos “estancias amerindias” en tanto íconos o conceptos localmente motivados; aunque, de modo simultáneo, de relevancia o proyección universal. Es decir, “estancias” en tanto frutos de una mediación conceptual amerindia para el mundo (Granados 2019). Y, asimismo, mediación conceptual vinculada a una tradición –en este caso específico– el de la poesía peruana culta.
Por último, aunque no sería lo menos importante, trabajar con poesía nos parece metodológica y epistemológicamente urgente para, en específico, el actual contexto académico internacional. No leemos poesía culta por perjuicio de hallarnos ante un objeto decorativo o propio de una clase social privilegiada; o porque carece de la suficiente información para aplicarle, en automático, nuestros esquemas realistas (históricos e ideológicos); o porque simplemente no la entendemos, particularmente la de la vanguardia para aquí, y en consecuencia mejor la evitamos. Este minicurso, a pesar de su brevedad, pretende echar luces y desterrar, en algún grado, dichos prejuicios.
TEMAS
-César Vallejo: Muros melografiados
a. “Cuneiformes”
b. Vallejo a caballo
c. Vallejo + Barroco: Varrojo
-Martín Adán: “En la azotea”
-Jorge Eduardo Eielson: “Instalación sobre Vallejo”
-Estancias (1960), de Javier Sologuren. Nueva visita.
Esperamos que animados, es nuestro mayor deseo, por estos extraordinarios testimonios de vida que hallamos plasmados en las pinturas rupestres de Faical (San Ignacio, Cajamarca), ha echado a andar la constitución de la Universidad Nacional Tecnológica de la Frontera (UNATEFSIL). Testimonios, aquellos, de vocación universal, multidimensional, holística y asida de garras a las respuestas concretas por su existencia (comer, beber, reproducirse, asociarse para sobrevivir, adorar) que necesitaron los primeros habitantes en el ámbito de la actual cuenca del río Chinchipe. Grupos humanos recolectores/cazadores que llegaron a Sudamérica por el flanco oriental de la cordillera de los Andes, hace seis mil años, y que hoy por hoy sus genes, problemas, desgracias, pero también ineludibles alegrías permanecen aquí. Alegrías como las de contar con una universidad pública que democratice las posibilidades de estudios superiores en la región y enriquezca, en términos muy amplios, nuestra existencia tanto individual como comunitaria. Institución, además, y dado que se halla enclavada en la frontera con el Ecuador, de entrada, con una visión de diálogo e integración.
Estas son algunas de las cosas –luego de reunirnos informalmente con su comisión organizadora, y aprovechando que nos hallamos en los principios o magma de la UNATEFSIL y hay espacio para soñar– que nos ha puesto a pensar el yuxtaponer las pinturas de Faical a esta naciente y prometedora institución educativa. Por cierto, esperamos no equivocarnos P.G.
En Bearn o La sala de las muñecas, Lorenzo Villalonga hace decir a su joven protagonista, el capellán y quizá hijo natural del señor de Bearn, que la comunidad de criterio es una de las gracias más preciadas que Dios puede darles a sus hijos. Podríamos agregar, si nos atreviéramos, que esa gracia suele ser concedida —si lo es—sobre todo (o quizá únicamente) en la juventud; ese “riesgo bendito” de otro cura rural, aquel de R. Bresson.
Fue entonces que tuve yo la fortuna de conocer a Pedro Granados, en ese momento de la vida que otro personaje ficticio —una estudiante algo intrascendente de una película de Éric Rohmer—[2] considera sabiamente como “quizá el más importante: aquel en el que uno se desprende de sus influencias del pasado y en el que su personalidad finalmente se define”.
Venido de la sierra, de las barriadas, de la guerra, de la precariedad y del abandono —pero siempre cobijado por el amor de las madres del Perú—, encontré, pues, a Granados; muy probablemente el más memorable profesor que tuviera la suerte de encontrar en mis primeros años de estudiante universitario de primera generación. Pocas manos más sinceras y honestas, aquel joven maltrecho habría podido encontrar en ese refugio semiabierto, en ese oasis efímero del Perú de los noventa: “el lugar más triste del mundo era la playa de estacionamiento de la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica del Perú”. Fue, además, a la vista de esa palabra y esa mano tendida que aquel capellán en resentido peregrinaje —de las avenidas polvorientas con dementes abandonados hurgando en la basura de Carabayllo a los jardines con venados paseándose lánguidamente entre los rosales de Pando— concibiera y osara, por primera vez, publicar lo que escribía.
Pero aquella gracia inesperada provenía no solo de su pluma —sus poemarios y novelas como inversiones de su a veces intrincada ensayística—; sino también de su lúcida palabra y su vital enjundia. Fueron estas sobre todo las que encandilaron y deslumbraron, hace ya más de un cuarto de siglo, a aquel Nadja limeño y oscuro que, desde entonces, decidió no perder de vista nunca a Pedro Granados.
Ahora bien, el libro que el lector tiene en sus manos mantiene aquella gracia y aquella promesa. Las mantiene intactas, pues, como la del Arguedas que evoca en sus páginas, la de Granados es también una —nunca más necesaria que en los tiempos actuales— “mirada vagabunda”.[3] Su siempre difícil y suicida ejercicio de la libertad frente a un mundo —el de sus colegas coetáneos y connacionales— escandalosamente fosilizado (si no, como reza alguno de sus poemas, de meros ganapanes) bien lo demuestra. El espíritu autónomo de estas reflexiones de Pedro Granados, de sus referencias explícitas y de la sensibilidad que las anima, así lo prueban.
Tal fue y es, en el fondo, su ejemplo y herencia: casi una arenga para aquellos que no pueden sino aparecer desenfocados en los lentes de las cámaras autorizadas, un oasis para aquellos a quienes su naufragio en las borrascas de las miserias sureñas no terminaron de convencerlos de asir cualquier cuerda que prometiera, a cualquier precio, sacarlos a flote; en suma, un refugio improbable en medio de las ruinas que la violencia no ha cesado de acrecentar. Un violencia, de hecho, que estos versos retratan íntimamente:
La violencia existió siempre,
pero también existimos nosotros.
La violencia sin todas las variables en la palma de la mano,
justo así como nosotros y como cada uno de ustedes.
La violencia que no controla todo, que felizmente no sabe
lo que sus hijos piensan. La violencia temerosa del futuro
y de las calles tan violentas. La pudorosa violencia que no llama
a las cosas por su nombre, que no se atreve a amar.
La violencia con sus males de ojo. Con su tarde o temprano.
Porque largo la hemos mirado y le hemos sobrevivido.
Porque largo le hemos dado a comer directamente de la mano
y conocemos su hendidura, su hedor, aquello que la hace más feliz.
Por eso pendeja (en peruano) nos reconoce y nos teme,
y se está aquí cerrándonos las piernas. Tal como si no
No desfallecer, pues, bajo el peso de la miseria. No quedarse agazapado frente a la sombra de su violencia. Todo lo contrario. Es decir, si alguna salida honrosa hubiera para los linajes de esclavos, es la de la osadía y el lujo, la del lujo y la osadía, intelectuales y, ya puestos a ello, poéticos. El presente libro sobre Vallejo —aquel a quien algunos jóvenes de Carabayllo, Canto Grande o Villa el Salvador todavía podíamos darnos el lujo de admirar incluso desde la novísima aventura limeña que nos veíamos obligados a emprender—, su tenacidad reflexiva, su explosión de conexiones y exploraciones —incluyendo recientes propuestas analíticas y dispositivos políticos genialmente lanzados desde Sudamérica tales como el multinaturalismo—, así lo demuestran.
Al leer la poesía de Vallejo nos constituimos o tomamos consciencia de ser “huacas” también nosotros mismos. Y, a imitación del poeta, encontramos el motivo para educar y educarnos alrededor de esta multinaturalista e intensa invitación del Sol y también de esta poesía. Una suerte de honda alegría y autoestima amerindia, no menos mundial, por la “línea de mira compartida”.
Por momentos, verá el lector, sus osadías pueden tornarse odiseas. En estas páginas se despliega un conocimiento íntimo de la obra de Vallejo; y se la coteja, honestamente, no solo con la de otros emblemas de nuestra América (como Arguedas y sus titubeos) sino también con el todavía insondable mundo amerindio (asediado desde las versiones andinas del perspectivismo o del estructuralismo). Estas páginas muestran bien cómo tales osadías del pensamiento pueden exigir verdaderas odiseas de la escritura en pos de un lenguaje nuevo. Algo de ello está ya en una de las respuestas de Granados a aquel interrogatorio al que generosamente se sometiera mientras, en una de mis involuntarias huidas, merodeaba yo algo apesadumbrado entre los canales de Leiden. Aquí, por ejemplo, recordando a su hermano obrero:
…cada vez que le exponía cosas demasiado articuladas él decía que no me entendía; pero una vez que fragmentaba mi discurso y liberaba mi lenguaje valiéndome de onomatopeyas y de glosolalias, se le iluminaba el rostro y decía que me entendía perfectamente. “Sellones”, era el epíteto con que motejaba literalmente a toda la sociedad; es decir, adocenados, domesticados y predecibles.[5]
Y puede entonces uno preguntarse: ¿A dónde nos conduce, finalmente, la tenacidad de Pedro Granados? Dejemos que cada lector lo decida al enfrentarse a estas páginas. Claro, ojalá, en este terriblemente desigual Perú, osar por la autonomía —sin venir ni beber de sus también terriblemente ignorantes élites— no significara todavía el silenciamiento gratuito, inexorable, apabullante. Pero aun si lo fuera por muchas más décadas (y masacres y mentiras); en todo caso, obras como la de Pedro Granados nos muestran que, al fin y al cabo, bien vale la pena osar así.
Powiśle, verano de 2021
[1] “Peruano brujo: Interrogatorio a Pedro Granados o digresiones entre un poeta (en Lima) y un antropólogo (en Leiden)”, 2008, Pedro Granados & Juan Javier Rivera Andía. URL: https://triplov.com/Agulha-Revista-de-Cultura/2008/Pedro-Granados/index.htm
Pero no de Pedro Ganados, la cual es una novela breve que publicáramos el año 2000 (New Jersey: ENE)[1]; aunque ésta y el título de la muestra del cajamarquino Francisco Vílchez, Profundo Carmesí (2021), honran también una película homónima del director mexicano Arturo Ripstein (1996). Es decir, aquel praeputium es la brújula o la rosa de los vientos tanto en novela como en plástica; aunque ambas, de modo simultáneo, de tan sexuadas, finalmente propongan lecturas que podríamos denominar asexuadas. A una pregunta de Diana Mery Quiroz Galván:
Mi pintura es como una jauría de personajes que emergen del subconsciente. Que tiene mucho de las experiencias vividas. Todos hemos pasado por situaciones donde hemos desbordado de imaginación en diferentes aspectos. Mis personajes son seres antropomorfos, asexuados, pueden ser hombres o mujeres, tienen algo de bestia. Hay otros más juguetones que son los arlequines. Está presente el bien y el mal, lo profano y lo sagrado (Vílchez 2021).
Ergo, no me queda sino asentir y, asimismo, suscribir esta respuesta.
Pero hoy, luego de muy pocos años, nos topamos con el catálogo de ADUMBRATIO (2023). Aquí Francisco Vílchez continúa tan amerindio como en Profundo carmesí; aunque sus pinturas rindan ahora un mayor o más claro homenaje al cubano Wilfredo Lam, al mexicano José Luis Cuevas y, sobre todo, a los esbozos o borradores de Leonardo; de algún modo este gesto de estilo –formato sin formato o carácter de obra in progress del borrador– decide y encamina la actual propuesta de Vílchez. Del patio local, se rinde homenaje, entre otros, a la Escuela Cuzqueña, a Carlos Revilla y comparte lo feérico con la obra tanto de su “discípulo” Ronald Companoca y, no menos, análogo tanteo multinaturalista (Eduardo Viveiros de Castro) o simétrico con los grabados de otro “discípulo”, Israel Tolentino. En realidad, este tanteo simétrico y conceptual (post folklórico), el del multinaturalismo, sería lo más destacado y revelador de su propuesta: ni utopía ni distopía, y sí, posantopocentrismo. Con esto dialogarían los actuales “borradores” (dibujo, tinta y pintura) de Vílchez; lo cual, al menos sesgadamente o en algún grado, constituye un acierto crítico del curador del catálogo, Juan Peralta Berríos. Sin embargo, no estaríamos de acuerdo con este último, en tanto y en cuanto esta pintura aluda ante todo a una crisis, deterioro o carencia que, de modo dialéctico, eventualmente recobraría signos más promisorios:
Gracias a “Adumbratio” reconocemos que, la historia del desarrollo humano es dialéctica. Momentos donde se muestra el lado en penumbra. El punto crítico de la condición irracional de la humanidad. Instantes de fusión del mundo onírico con el real. La revelación de la belleza. Imperfecta y brutal (Peralta Berríos 2021)
Para nosotros esto no es suficiente y, tampoco, creemos sea –el asunto de esta cita– la perspectiva a puntualizar. Más bien, consideramos que los elementos, formatos e imaginería de Vílchez, constituyen o dan lugar ya a un arca sin retorno. Es decir, se ha empoderado en el arte del cajamarquino, palpita más focalizada en su núcleo, aquella reflexión del antropólogo brasileño, Eduardo Viveiros de Castro: Compartimos un alma o cultura común tanto humanos como animales (César Vallejo, añadiría, incluso a los objetos[2]), y lo que nos diferencia son los cuerpos. Aquí radica la mirada atónita y, al mismo tiempo, tan persuasiva de esta propuesta.
Un García Montero puesto a filosofar, sin que se lo solicitemos, porque íbamos en busca de poesía. Uno de los signos de la decrepitud, con la cual no tiene que coincidir necesariamente la vejez, son estas sopas que nos ponemos a cocinar porque hemos perdido los dientes, al parecer Riechmann los ha perdido todos, y consideramos que es apetecible al lector nuestro bebedizo, puesto a cocinar por horas como a la antigua. Una lástima por el tiempo dedicado a esta escritura, acaso se hubiera cuidado mejor el jardín; una lástima por los folios que Tusquest dedicó a esto, la cual, en los últimos años, de dudosa a pasado a dudosísima editorial; una lástima por el ex-antipoeta, que aquí confirma que nunca fue, el decidor de estos versos de autoayuda. P.G.