© Pedro Granados
VASINFIN Ediciones
Lima, 15 de julio de 2015
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Podías abrazar el amanecer y era el crepúsculo de la tarde
quien venía igual a tus brazos con un mar de luciérnagas
enamoradas por la puerta empalideciendo ante los cuerpos
enclavados que hervían en ese límite de edificios
anticoloniales y antiartísticos periféricos satelizando la ciudad
cuántas veces el furor cuántas veces la potencia masculino y
femenino en la cola o en el vértice acoplaron un nuevo
estado de glamour la cerveza de paso el bolero aquel y si se
quiere el ensamble
la coordinación perfecta más allá de la frecuencia modulaba
el triste sino el ritmo de la razón agitó los cuerpos enardecidos
el pecho cabrío la tersura haciéndose bolas y bolas como
de espuma de jabón vinieron luego sin cuerpo sin mujer sin
corazón y sin saber decir por qué no se decía las enaguas y
todo el calor de la cocina se hizo nada o quedó flotando
sobre el mundo una mágica y nueva poesía
en qué consiste el poder
solo me dijiste que era adictivo
y cómo explico entonces los pedazos de a dos que no soy ni
que no eres si este vuelo hacia atrás enceguece los espejos
los jueguitos sin partidor han huido de la sala y ni el radio ni
la tv sincronizan contra la histeria
ves o mejor dicho amalgamas el vacío no te preocupes si la
canción devino en amor y el amor hoy solo es siesta porque
sonríen los objetos y hasta guiñan suspiran y entre líneas no
son voces sus intrigas que nos van tragando de a pocos
De Sin piedad (Lima: Lluvia Editores, 2013)
“Se requiere de una lectura que capacite para asumir la palabra, para expresarse, para escribir. ¿Qué significa? Apropiarse de la lectura es hacer de la palabra un modo de presencia social, un modo de intercambio activo y de interacción social”
Jesús Martín-Barbero
SUMILLA: Mirada plural y compleja a los modos de leer literatura. Implementación de talleres de creación literaria en el aula, como una forma de desarrollar y potenciar gustos y habilidades en la lecto-escritura.
DESCRIPCIÓN: Desde el esquema de Roman Jakobson identificar y ejercitarse en los diferentes modos de leer literatura. Leer en tanto práctica histórica, cultural, política e imaginativa. Entre filología, impresionismo, recepción, neo-historicismo y performance actual. Y de este modo, tornar también más plural y creativo nuestro trabajo en la implementación y administración de los talleres de creación literaria.
TEMARIO:
-Introducción. Algunos conceptos teóricos, históricos y culturales sobre la lectura.
-Emisor: La lectura romántica o impresionista.
-Mensaje: La “literariedad”. La muerte del autor.
-Receptor: La importancia del público.
-Canal: La institución literaria (El caso de Cristóbal “Tobi” Kanashiro).
-Código: Lectura teatral o performática (El caso de Trilce de César Vallejo).
-Contexto y Mediación Cultural: El poeta brasiguayo Alejandro Abdul: Poesía, comunidad e Internet.
Organizan:
Centro Simón I. Patiño, Centro de Capacitación
COCHABAMBA, del 10 al 12 de agosto
Lugar: Sala de cursillos
Hrs.: 18:00

Un poco con los libros
Otro poco con los recuerdos
Memorables volúmenes
Memorias innumerables
Ambas se ligan a veces
Se traban o se interpolan
En algunos puntos
Leer lo que ya has vivido
Vivir lo que acabas de leer
Una cuestión de postura física
Una consecuencia de desplazarse
Con ambos pies
Fruto del pensar ayuno del sentir
Es sabido que la poesía del polifacético artista peruano pareciera atravesar varias etapas que irían, grosso modo, desde la conciencia de la escisión o fragmentación de la experiencia personal. Por ejemplo, en Noche oscura del cuerpo: “Cuento los dedos de mis manos y mis pies/ Como si fueran uvas o cerezas y los sumo/ A mis pesares” (“Cuerpo mutilado”) o “Siempre rodeado de espuma/ Siempre luchando/ con mis intestinos mi tristeza. Mi pantalón y mi camisa” (“Cuerpo en exilio”); y, sobre todo, en Habitación en Roma. Hasta una paulatina reconciliación individual, comunitaria y sideral con el presente y con el pasado. Sin embargo, no podríamos corroborar que en Sin título (2000) u otros poemas no publicados en libro, tal como señala Susana Reisz en “Eielson visionario”: “el amor es una auténtica relación: dual y cósmica al mismo tiempo. El cuerpo es el de la persona amada y también el del universo” (Nu/ do. Homenaje a j.e. eielson. José Ignacio Padilla (ed.) (Lima: PUCP, 2002), de ninguna manera. Más bien, su opción por lo continuo o indiferenciado o abstracto, una vez superados los “nudos”, no deja de traslucir crisis de compañía, cierto énfasis sutil en la soledad voraz.
Esta impronta de su último arte vallejiano, para bien suyo -y en desmedro de la crítica tendenciosamente uniforme que encontramos, por ejemplo, en el libro de Padilla–, no hace sino confirmarnos, a pesar de que aquella crítica en general lo soslaya, que lo mejor de la producción del gran poeta peruano sigue siendo Noche oscura del cuerpo (1955). Lugar de llegada prosódica, sintáctica y temática que en la obra posterior -con muy pocas novedades- se calca estilísticamente y, en los motivos, sobre todo si seguimos a aquella crítica homogénea, fatalmente se dulcifica. La poesía de Jorge Eduardo Eielson sigue encontrando su fuerza, aunque expresada quizá a costa del propio autor o ahora con aún mayor pasmosa inteligencia, en el “escarnio y deshora”. Si no fuera así, la poesía de Jorge Eduardo Eielson se parecería cada vez más a la de su amigo, compatriota y contemporáneo, Javier Sologuren. Mas, dado el caso, y en el precio de estas equivalencias, pesarían el orden y el concierto, lo eximiamente destilado y, claro, en la comparación saldrían mucho mejor librados los beatos versos del desaparecido autor de Vida continua. P.G.
Lo que es cierto–que nadie puede oponer con un argumento
derivado de la necesidad, o de la presion, del miedo de la soledad,
lo que no interesa al vecino ocupado con sus propios quehaceres
pero sí al gobierno de los sentidos, ese jurado al que Cupido acude
cada noche con sus conquistas del dia—es el mero hecho que cada vez
que nos hablamos despiertan pajraitos de todos los nidos de la piel para gritar
en canto su hambre dulce, su deseo que las mamas se miman a ellos como
yo a ti con estos versos nacidos al amanencer donde me despierto y no estas.

Atena era el nombre de la diosa del Templo Faro que se llevó mi razón de adolescente. Siempre llegaba a mi casa alborotada luego del colegio, junto a mi hermana que era su amiga inseparable. Tal vez a ella nadie la esperaba, así que almorzaba con nosotros y luego pintaba sus cuadernos con esa letra violenta que solo ella manejaba a la perfección, y así nos conocimos, entre cubiertos, humos de sopa y lapiceros, derramando tinta china en los dedos, hasta que terminaba la tarde y ella se regresaba sola a su barrio, caminando.
Mi hermana era yunta de esta hermosa morena que me dejó en blanco apenas apareció en mi vida su figura caribeña y absorbí de cerca su humor negro en ebullición, su agresiva belleza y ese tono de hablar que no conocía de finezas ni de seriedades.
Atena le había presentado a mi hermana a la modista más discreta y exitosa del puerto, su vecina Doña Hilda Castro. Siempre la santificaba como a una verdadera artista del hilo y aguja, madre soltera, luchadora y abnegada que era su cómplice de puerta y ventana del peligroso Pasaje Perla que tenía dos salidas, una al mar y la otra una cancha de fútbol profesional que olía a pescado desesperadamente.
Mi hermana esperaba su gran fiesta de promoción y se sentía impaciente. Lejos de hacerse del estupendo lujo de ir comprar sin reflexionar a esas tiendas de moda por departamentos, decidió encargarle a doña Hilda la confección de su bello ajuar.
Mi hermana se sentó frente a la costurera curtida en años , un verdadero batán de ébano puesto en piedra, como dirían los viejos, y ella nos contó la siguiente historia:
Ernestito se parecía a Jesucristo, era un gringo buena gente que se atrevía a jugar el fútbol rudo del barrio de la mar brava, allí donde se practicaba la chalaca a discreción y sin miedo se volaba por los aires.
El gringo era marido de una señora que vivía en un cuartito aquí al costado y señalaba una senda en el callejón que conducía a una puerta clausurada, el venía a verla por las tardes y en esas correteadas conoció a la gente del barrio y como era tan simpático se enamoro de todas las chicas del barrio, de los niños y se hizo una carrera como doctor del pasaje y como futbolista, porque era muy bueno para meter y dejarse meter patada en el pampón de la vuelta. Allí soportaba las bromas de los palomillas del barrio como si fueran ingenuidades, y cuando la batalla del fútbol había terminado, levantaba la pelota y convocaba a una reunión en el centro de la cancha para dar un pequeño discurso y estamparle dos besos a cada uno en las mejillas.
Atena se veía tan hermosa a cada instante, con su pelo africano laceado y sus inmensas argollas que colgaban de sus lóbulos rosados, los que deseaba absorber con locura hasta secarlos, el metal dorado brillaba como real en su vista virola, como bala perdida, y yo contemplaba su belleza con arrechura, pero con miedo. Allí empecé a caminar por la vida sin voltear, primero tenso, luego vi luz, un lugar conocido, mis propias huellas del camino de ida y ya me sentí mejor, pero más enamorado y pensé en lo que sentía, en la sorpresa de solo de mirar a ese cuerpo caliente, a ese perfume de morena que me alejaba de la realidad del Callao
Atena era su nombre, pero no era la diosa del Olimpo, si no la del peligroso barrio del Templo Faro en el cogollo del Callao, aquel legendario mástil de donde se lanzaban bravos clavados en el asfalto los estibadores portuarios a consecuencia del bloqueo aduanero.
El templo era el ambiente de un faro que alcanzaba las nubes y dejaba ver en el horizonte una isla celeste donde se escondía el sol y una fortaleza de naves piratas que se hacían escuadra en el mar para desvalijar el puerto.
Atena tenía un culo guerrillero, en el que no podía dejar de pensar y me rayaba, era un culo hermoso, un culo con boina, matemático, a quien yo no contradecía para que no me dejara de hablar, un culo que era mi oxigeno, mi alimento, mi admiración y a quien yo respetaba por sus galones, un culo de avenida, de barrio, de esquina que olía a cariño y a casa donde seguro hacía feliz a un padre de familia, un culo que me abría las puertas del Callao porque me prestigiaba tenerlo cerca, un culo portuario, que brillaba con su medalla, un culo que me hacía crecer como ser humano en la victoria siempre, un culo serio, posible, un culo que usaba botas.
Como aquella vez que veía su caminar por las calles empedradas, sus caderas se apoderaban del mundo, con las que se contorneaba en medio de tanta vista de delincuente que le veían hasta la sombra del forro íntimo, bailaba salsa y ellos iban a su son, como pelícanos enrollados del pico, relamidos, como piqueros envalentonados por la arrechura que les producía ver pasar a esta morena, comiéndose los mocos blancos, ella me veía y se acercaba con sus ojos grandes que los sacaba cuando le convenía y se reía de mi vergüenza, con sus dientes claros, y su mirada de verdad en medio de tanto lacra, y en medio de un beso taciturno que duró varios minutos se despidió de mí en medio de una fiesta de secos que giraban alrededor de un humo denso y cerveza que se devolvía en un baño que tenía jefe y donde hacían cola para entrar a orinar en grupos, en bandas, donde seguro se preparaba mi celada, ella me tomó del brazo y me condujo hasta la misma puerta de la rumba que reventaba de vientos indecentes, ella, sincera, triste y vacía, me dejó ir.
Atena, te llevaste mi razón a cada esquina delincuencial, a cada ventana sucia de micro donde aparecía tu nombre pintado con la humedad de mi dedo, a la consciencia de los animales aéreos, al comentario caliente del barrio, al rumor de una conversación nuestra perdida en la playa, a cada presentador de televisión que repetía que tu nombre protagonizaba un crimen cada mañana, a cada sueño de plomo y sangre sin despertar, a cada espacio alejado donde recibía tus mensajes de espera Atena.
Y así permanecí con este pensamiento que me enchuchó la vida hasta el final de la adolescencia.