Archivo de la categoría: Poesía

Poesía

La Paz, Alexander Coffee

Sobre los cuatro mil
metros de altura
te escribo. Sobre
las treinta mil
personas que he visto
en el camino.
Inhóspito el aire
para la poesía.
Enorme atalaya es ésta
para el control de
vidas y almas
y sexualidades.
Toda Bolivia se halla
en el ropero. También
el Perú. Y probablemente
el completo casco andino.
Encerrados en el ropero
de nuestros deseos
y de nuestra aplazada dignidad.
Un gigantesco amaru se ahoga
por la dura costra
que lo separa de la superficie.
Un flamante neumático
ahora mismo lo pisa.
Ver y correr y ser derrotado
enésimas veces.
En qué onda
pillar el aire.
A través de qué escondrijo
palpar finalmente tus piernas,
tu culo redondo,
tu espumosa vagina.
Todos somos salvos.
Todos somos inocentes
sobre tan rígido ice cream del mundo.
Ni todas las muecas del diablo pueden disimular
nuestros dientes de leche.
El mundo andino pasa todo
por un agudo periodo de refrigeración.

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La tradición del viaje a solas/ Marco Antonio Murillo (Yucatán, 1986)

Poeta “peruano” en tanto Catulo  también emigró y se aposentó –hasta hoy mismo– en esta vasta tierra de promisión; con seguridad esto ocurrió desde los años sesenta del siglo pasado (Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza, entre muchos otros).  Es un caso semejante a otro poeta “peruano”, un tanto anterior, el paceño Humberto Quino (1950) respeto de Hora Zero.  Fino, acertado, púdico (incluso los poetas infrarrealistas lo son); y con estos recursos retóricos (mucha retórica) a veces logra levantar una/algunas imágenes inolvidables.  Es decir, sin proponérselo, a veces este mago realiza un auténtico acto de magia; huido de su propio “archivo de huellas digitales” (Eduardo Chirinos).  Ya no más Neruda ni Ginsberg ni otras citas eruditas o papel moneda que a la larga nada dicen, más bien lastran.  Tal como sucede en el poema “The Emily Dickinson´s herbarium” (algo largo para copiarlo entero aquí), aunque citamos un fragmento:

O acaso afuera de la habitación, lejos

de una mesa dispuesta para la soledad,

las hierbas, las plantas y los árboles

sin más fruto que la muerte de la tarde,

nada dicen

de esta vida, sólo crecen esperando

a que las estaciones o las pisadas

de algún animal digan algo por ellos.

Marco Antonio Murillo hace extrañar, porque justo a través de estos versos se entrevé la posibilidad, a los poetas mexicanos trocados en animales escribientes.  Ya no más contemporáneos ni estridentistas ni infras, queriendo todos escribir a la manera de o en contra de Octavio Paz.  Aquello debería interesarles un colmillo, o más bien no, bueno, si se percatan que los traen.  Una caspa, más bien; tan sólo un algo de lodo sobre las patas. P.G.

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Poemas aconceptuales/ Magdalena Chocano

lo amorfo me hace una señal

la interpreto

con los labios apretados

y algo de humanidad

es una señal nimia

casi una venia

un soplo

su discreción

me ancla

en su sorna ligera

Una historiadora profesional frecuenta el archivo y se percata de lo “amorfo”.  Los datos encontrados entrecruzan lo humano y lo animal, lo inventado y lo casi real, la belleza y su opuesto, la calma y un sutil siniestro.  Pero la historiadora no se inmuta ni tampoco se amilana.  La “sorna ligera” procede de los datos mismos o, más bien, del modo en que accedemos a ellos; y, por último, es de la propia historiadora.  Entonces, la diligente profesional –comprometida con el arduo y minucioso interrogar al inmóvil  pasado y, no menos, al inquieto presente– trueca aquello “amorfo” en poesía.  Ergo, la “sorna ligera” emana ahora también de esta última; por lo menos desde Poesía a Ciencia Incierta (1983) o Estratagema en claroscuro (1986).  En suma, en poemas aconceptuales (2020) la poeta Magdalena Chocano nos brinda acceso abierto a su archivo.  Unos folios u hojas, tan blancos como aves libres, pero que no procuran posarse. Ni fea ni grotesca, la poesía de Magdalena Chocano  ha recurrido a lo siniestro de modo constante.  Tal como lo han hecho, aunque en cóctel completo, Francis Bacon o Mario Bellatín.  Aquello, otra manera de dar asiento a la inteligencia más insatisfecha,  al  atónito hallazgo.  Sin embargo, Chocano manipula estos testimonios o documentos, mucho antes que meras teorizaciones,  sin fruncir el ceño; y, por el contrario, sin dejar de esbozar una leve sonrisa.  En el legado de los poetas modernistas, apura parsimoniosamente el breve pomo de vino envenenado antes de morir.  P.G.

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Nuestro bestiario boliviano

En el BOCA Y SAPO de La Paz, quince años más jóvenes

Hola Pedro!!!!!

Saludos desde esta ciudad animal!!

Un abrazo

Jessica [Freudenthal]

(Blog de Pedro Granados, 18/04/08 18:24:57)

Ya el 2008 (“Chairo con alguna notable poesía boliviana última”) llamábamos la atención que la poesía boliviana, por extensión la andina y, en general, la de todo nuestro continente, eran amerindias y bestiales; es decir, simétricas o posantropocéntricas.  No que existieran allí meras referencias, catálogo o emblemas de animales; ni, tampoco, en el sentido que se constatara  una selva social insufrible.  Si no, sobre todo, porque los poetas habían mutado en bestias, mayores o menores, y se orientaban y procuraban identificar del mismo modo a sus eventuales lectores.  Una comunidad, cada vez más vasta, despojándose así de lo meramente antropocéntrico en procura de hacerse más humana en simetría con la naturaleza.  En procura de ecualizar un ritmo común entre la poesía y nuestro cosmos; aquel adyacente y, no menos, aquel más lejano y antiguo

Algo más tarde, en “Jaime Sáenz en el teleférico paceño: algunos cables de su poesía” (2016), focalizamos sobre la relación entre nuestro chamán del norte,  César Vallejo, con aquel –entrañablemente paceño– monstruo aparapita:

“Conoci a Jaime Sáenz gracias a mi hermano, el silencioso poeta judio aimara,  Jossy Mirtembaum, que solía econtrarse con el poeta en los elevadores de un ignoto edificio de La Paz. Por ahí alguna novia fugaz me contó ser admiradora suya. Vuelve Jaime Sáenz en este  articulo de Pedro Granados que ha sido presentado en el último JALLA de la Paz. Una interesnte lectura dede el teleférico El Alto – La Paz, que nos hace ver un diálogo entre Jaime Sáenz y César Vallejo, que no habia visto. Salve” Fredy Roncalla.

Pero el animal: “!ay!, siguió muriendo”, aunque promisoriamente se le fueran añadiendo –cada vez más–  nuevos y variopintos  individuos.  En todo caso, es en nuestra lectura sobre Ciudad Trilce (2009), de Christian Vera Ossina (La Paz, Bolivia, 1976), donde articulamos de un modo más teórico-práctico aquello que denominamos simetría o multinaturalismo en la poesía boliviana y de la región.  En “Ciudad trilce y ¿trilceanas ciudadanías?” (2020) argumentamos que el texto de Vera Ossina constituye un cubo mágico, una propuesta intensamente antiliteraria y arduamente manual que da como resultado, al menos en apariencia, un cómic o un artefacto poshumano. Sin embargo, aquél es también una novela más alrededor de la vida u obra de César Vallejo. En este sentido, cabe preguntarse por su estirpe; cuál es la lectura de Trilce (1922) que subyace en su construcción; cuál la noción de las humanidades predominante allí; en qué consiste, cotejada con las otras novelas sobre Vallejo, su aporte o novedad, y a qué tipo de lectores y futuros ciudadanos estaría apelando.

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MOSAICO/ Julio Barco

*

Esta es la casa, Manzana h lote doce de

la urbanización La Atarjea.

Chiquillos corriendo en los terrales

mientras /ronronean las motos

eterno sol sobre los flacos enamorados, una casa.

Ventanas,

la posibilidad de un futuro y pan

con aceituna los lunes y gente

que trabaja y jode y no sabe respetar el canto

y gente que es feliz o es triste y vive en

la envidia, en la ignorancia más grande, aquí

conmigo, en el mundo.

Aquí la fundación de mi lengua. Y arañas tus

cuadernos para seguir dibujando tu

mente, y el arte es una

peligrosa insatisfacción que no cesa.

Ayer tus versos eran una canción tímida

Y hoy chillas tu verdad.

Cubiertos y cucharas,

alguien apaga detrás de su nostalgia

una tonta canción de amor, esta es la casa,

avenida no te olvides de llegar temprano.

También habrá qué decir lo puro para no desentonar

con nada.

No hay una gran verdad en mi Cuadra

Solo pasan asteroides y niñas extintas

Yo canto al curso de las horas estivales

Somos animales profundos perdidos en un escenario

sin guion, en la codicia, en la envidia, en el materialismo

salvaje.

Habrá que agregar que no pretendo nada, que busco

paz,

Y que esta es y para siempre la epístola soñada;

sobre la casa

cae la cera amarilla anaranjada.

Yo miré todo desde aquí

Dije velocidad y velocidad fueron estos años.

Quiero quemar buses amarillos frente al

palacio del presidente y leer mis versos

más intensos mientras todo

lo Real toma el poder perdido.

El sol que busco es el poema todavía no escrito.

O tu faz soñando esta resurrección.

Yo solo tengo un cuarto

Manzana H Lote 12 Urb La Atarjea

Y toda la energía del mundo.

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“Inventar el hueso”/ Olalla Castro (España)

Desde lo más inmediato o sencillo, por no decir evidente, se descubre y levanta aquello que quedó en penumbras; aquello que siempre nos apeló y nosotros no percibíamos o caíamos en la cuenta.  Función primordial del arte o de la poesía.  Ahora, una poeta completa sería llamar a la contraparte en el mismo poema; a tal distanciamiento que parecería nos halláramos como ante un texto en apariencia intransitivo; o a tal glamour, tipo Clarice Lispector o en los 70 Ana Rosetti, que gustosos aceptaríamos instalarnos ante una parsimoniosa sesión de maquillaje. Inclinar el plato sólo sobre una orilla, la más cercana a nosotros o la que tenemos por más costumbre, puede causar un desborde del agua del poema, pero no del lector.  Mucho mejor es que éste sucumba de modo inadvertido; como quien se adentra en una playa desconocida y acogedora; como quien se halla maquinalmente seguro que regresará incólume a la orilla.  Sin embargo, se escribe sobre algo porque aquello se lo ganó, muy al margen de que lo que se diga sea o no afortunado; y estos versos de Olalla Castro nos lo arrebataron. P.G.

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Trilce y el telescopio James Webb

Trilce, tal como el telescopio James Webb, nos coloca ante el más remoto pasado, el cual es absolutamente tangible y mensurable.  Es decir, no es fruto de un deseo romántico ni una invención literaria ni, por ùltimo, tampoco es realmente pasado; sino, por ejemplo entre los amerindios,  aquél es nuestro antiguo contemporáneo y está vivo.  Todo dependerá desde cuál perspectiva  veamos al universo y, tal como vive y además decide, desde qué ángulo el universo a nosotros nos vea.  Lo más antiguo de la naturaleza que convive con la presente y se hace nuestra contemporánea.  En este  sentido, Trilce es tecnología que alcanza y nos pone ante el mismísimo Inkarrí: cuerpo despedazado restituyéndose.  La poesía siempre ha sido un tipo particular de tecnología; de aquí aquello de que toda poesía que se estime, en empaque tradicional o de vanguardia, sea necesariamente experimental.  Es decir, no es relevante la época en que fue escrita; sino de que aún funcione.  Aunque acaso también toda poesía,  como cualquier otro artefacto tecnológico, tenga   una fecha de caducidad .  P.G.

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