El poema colectivo «Hinostrozos» —ensamblado y ecualizado en Ranhuaylla (Cusco) a partir de textos simultáneos de poetas del sur del Perú— constituye la materialización empírica del Pensamiento Simétrico y el rostro efectivo de Inkarrí. Frente a la deconstrucción diletante e institucional, que reduce la vanguardia andina a fragmentos dispersos y «monemas nostálgicos» de lo perdido, «Inkarrí-Hinostroza» propone un organismo hecho de fermentos de vida. Al igual que en el mito, los miembros textuales dispersos se reunifican mediante una polifonía posgénero en un solo cuerpo vivo y transido de aura.
El texto dinamita la cronología lineal burguesa y el trauma freudiano desde su propia base: «Mi padre es estúpido y dulce / murió hace mil quinientos de años / en Nueva Jersey […] me busca / y he muerto / como cada mañana / como a las 8 am». Esta insistencia en las «8 am» activa la hora solar del OCHO, el icono de la plenitud vallejiana irreductible al cero y la refracción del infinito (∞) que hace rodar el monopatín de Luis Hernández. A las 8 am se incinera la gravitación universal y el sujeto despierta a la intemperie cósmica, despojado del sentido común de los noticieros.
Con este laboratorio, Rodolfo Hinostroza es devuelto a su entraña más pura (Contra natura), libre de la momificación oficial del «orgullo gris de los elefantes». Nace así un «prototipo de poeta» colectivo —hermano de Tobi Kanashiro, Sabina Cachi, Alejandro Abdul o Dadá da Tapioca— que sabotea al Autor individual que exige la República Mundial de las Letras. No es folklore ni Realpolitik cultural; es lo naciente y lo frágil que avanza con la soberanía de la sensibilidad, demostrando que en el Archipiélago Vallejo la creación es una sinapsis viva donde el sujeto se disuelve para reencontrar la fuerza del Sol. P.G.
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