A Teodoro
El último ángulo el limón postrero
La noche que pende de un hilo de una saliva
Larga elástica muy transparente
Callados todos en este trance de vida
En este intervalo de muerte
Negras mis alas firme y osco mi pico
Mis picos
Un momento, que soy del Perú
Aunque peruano no sea
Únicamente del Perú y sus alrededores
Aquella madriguera de hormigas
Con su propio líder algo más alto más oscuro
Y que aparece sólo en tribuna llena
Pero la pendiente nos verá
La noche más triste nos verá
Y también el amanecer nos verá
© Pedro Granados, 2026
La Hermandad del Patio y la Hormiga Mayor
Para calibrar el giro ontológico de este texto, es preciso enmendar de raíz la perspectiva convencional y limpiar el poema de las lecturas nihilistas de la Ciudad Letrada. Las hormigas, lejos de encarnar una amenaza o una degradación material, recuperan aquí el estatus que han tenido siempre en tu poética: el de compañeras de juego de la infancia y, junto a otros insectos domésticos como las arañas, el de auténticas hermanas del sujeto lírico. La imagen de la hormiga con su armadura velluda y sus mandíbulas expuestas, deja de ser un monstruo biológico para convertirse en el retrato somático de una vecindad afectiva y pre-antropocéntrica. Bajo esta luz, “aquella madriguera de hormigas” deja de aludir al hormiguero caótico del simulacro social y se transforma en el espacio sagrado del patio familiar, un territorio místico regido por una fuerza gravitacional protectora: tu padre, Teodoro, en tanto hormiga mayor. Él es ese líder algo más alto y más oscuro, la figura tutelar que sostiene el orden de la casa en el trance de la vida y el intervalo de la muerte.
Esta inmersión en el microcosmos del patio dialoga directamente con la biografía profunda del autor, quien alguna vez confesó: “Mis padres fueron mis abuelos y mis hermanos mayores mis padres… en la infancia hice de mis amigos a las hormigas y las arañas de mi patio… hasta que a los 7, más o menos, años llegó la lectura que me metió aun más en mí mismo… el fútbol me salvó de ser un misántropo, el fútbol y el amor, absolutamente precoz, que sentí nacer en mi cuerpo. Adoro estar acompañado, pero necesito estar solo…” . Esta oscilación define la naturaleza de una soledad impura, un repliegue soberano que no aísla del mundo, sino que permite asimilarlo en secreto, libre de las complicidades y los ascos compartidos de la pequeña clase letrada del Perú. El desdoblamiento anatómico del sujeto —“osco mi pico / Mis picos”— es la asunción de esta hermandad multinatural con los insectos de la infancia, una colectividad de ánimas donde el yo poético se disuelve para dar paso al linaje familiar y afectivo.
© Ignacia Augusta, 2026

