Archivo por meses: abril 2008

Lucho Hernández/ Alberto Villalobos Farfán*

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RECUERDO DEL POETA

A Luis Hernández Camarero

Ahora viejo Lucho,
ahora que no estás
ya nunca más,
para ilustrar mi angustia .
Ahora que no rompes
la monótona existencia
con tu cara de hurón adormecido,
te digo : vamos a tocar el obóe,
a cantar madrigales
( a tirarnos una tranca )
a recordar la alegría que tuviéramos,
cuando hollábamos las calles y los parques
y reíamos en compañía
de mujeres rozagantes,
de amigos más que amigos, del futuro que era nuestro
y un pasado recordado alegremente .
Cuando no sabíamos de nada
y la torva sombra de la vida,
no acechaba detrás del calendario .
Cuando las playas
( que tú evocas numerosas )
eran olas prístinas,
luz, sol, estrellas de mar, bronceadas ninfas .
Ahora que no hay alguien como tú,
encantador de aburrimientos,
palabra luminosa, increíble hermano,
siémbrese tu esperanza en las conciencias,
recorra el universo tu poesìa,
y, al final,
guarda un rincón para nosotros,
en las lejanas tierras, junto a Ezra.

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Tony “Bachata”

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La conveniencia de introducir un diálogo a estas alturas del relato no debe
dilatarse una página más. Es imprescindible figure escrita una conversación, entre dos o más personajes, para que el lector no desespere con la misma cantaleta de la prosa. Idealmente, el coloquio debería entablarse entre gente del llano, aquélla con la cual Juvenal interactúa diariamente. Memorable es el habla dominicana, memorables las personas que la representan, que la montan en ese gran teatro del mundo que es, por ejemplo, el parque Enriquillo o la transitadísima avenida Juan Pablo Duarte no lejos ambos, a su vez, de la concurrida Zona Colonial. Alucinantes diálogos le ha tocado presenciar a Juvenal, suculentos piropos, desproporcionadas y proliferantes disputas por un quítame estas pajas. Agüero ahora mismo piensa comprarse una pequeña grabadora para registrar el habla y, luego, tratar de reproducirla en la casta e indiferente pantalla de su computadora. Mas, por otro lado, piensa también que ésta es una tarea condenada al fracaso. Por lo tanto, el reto de su trabajo no sería el de transcribir sobre la página –amputando un brazo de más o añadiendo un diente de menos– el habla cotidiana capturada en su grabadora, sino, más bien, recrearla de una vez y de sopetón para que brote fresca y espontánea, tal como habitualmente figura sobre las musicalizadas calles de aquella hipnotizante república.

Es por este motivo que Juvenal no va a imitar, por ejemplo, el habla de su buen amigo Tony “Bachata”. Sería imposible reproducir las frases de éste y, menos, su acento brotado de las más puras cepas del populoso distrito de Villa Mella. Es mucho mejor que el lector todo se lo imagine. Taxista y camuflado policía, “Bachata” –que es más popular que el síndico de su municipio– recibe este sobrenombre por ser amigo personal de casi todos los bachateros reconocidos, llámense éstos Anthony Santos, Raulín, Chicho Severino, Frank Reyes o Félix Cumbé (“el haitianito que canta”). Y porque, además, muchas veces les brinda protección en las concurridas fiestas que se llevan a cabo en los alrededores de la ciudad capital; desde “El Blanco” de Boca Chica hasta una terraza enclavada, por ejemplo, a orillas del acogedor río Yamazá. Muy concurrido éste –especialmente los domingos– por variopinto tipo de personas. Están allí la voluminosa matrona, atornillada a la orilla, al cuidado de sus bulliciosos críos; la muchacha bella y como suspendida en el aire por la fuerza, al unísono, de incontables y fervorosas miradas; los novios tímidos –y ceremoniosos– chapoteando junto con todos, y aquellos algo más audaces que toman distancia del grupo –con sus cuerpos forman una sola quilla contra la corriente– y ávidos se internan entre las rocas grandes, entre los árboles frondosos.

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