Archivo de la categoría: Poesía

Poesía

Dias plúmbeos/ Gerson Albuquerque

(para George Floyd)
Com o sangue
encharcado de revolta,
tingi os muros da cidade,
atingida por implacáveis vírus,
governantes mórbidos
e marchas neofascistas.
Há um vazio nas ruas,
vazio do medo
que isola abraços
e libera humanimaldades
Na tela da TV,
o abismo fita meus olhos fundos.
Sentada na calçada do chão,
uma jovem tariana
esmaga sua cabeça
na indiferença do Delphina Aziz,
o frio hospital de referência
da abandonada Manaus.
Nesses dias plúmbeos,
enquanto um cínico capitão passa a cavalo,
pás mecânicas nos soterram com os corpos mortos.
Debochado, ri o capitão,
brincando nos lagos do planalto central,
enquanto caminhões frigoríficos nos congelam nas filas de espera.
Nesses dias plúmbeos,
(im)potentes enfermeiras (re)humanizam nossos corpos anônimos
George Floyd,
tua esmagada voz
esmaga fronteiras e (in)consciências.
Eu não consigo respirar
Eu não consigo respirar
Eu não consigo respirar

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Daniel Beteta: Poemas

Navegando entre mis archivos, cuarentena covid de por medio, di con estos poemas de mi antiguo ex alumno de algún taller en EE. GG. Letras de la PUCP (no recuerdo las fechas). Luego, al curiosear por la Web para ver qué hubo de su vida, me doy con la grata sorpresa que –era de esperarse– ha llevado a buen puerto varias iniciativas artísticas, entre literarias y antropológicas, y que no ha menguado su dinamismo ni su exultante creatividad. Por ejemplo, que ganó unos importantes juegos florales de poesía en el Perú; que ha publicado varias novelas (ej. Leinad); que ha liderado un muy interesante proyecto integrador de las artes a nivel de la región (Cuaderno azul); que cultiva o cultivaba un blog desafiante: “La muerte miente”; o que tiene a su cargo, ahora mismo, la primera escuela de ukulele en su país. Creo, aunque acaso el propio Daniel una vez los vea publicados me desmienta, que los poemas que acompañan esta nota son inéditos (los pasé yo mismo, tal como estaban, de word al pdf). Entre el fervor por Luis Hernández Camarero (aquello de Cuaderno azul) y el que, asimismo, muy probablemente podría inspirarle a este último la poesía en universos paralelos del propio Daniel –y su don para mirar y escribir entre pliegues– un tanto por aquí se orienta la poesía de nuestro maestro del ukulele. Claro, esto sin dejar pasar por alto su vena satírico-costumbrista; la cual hecha sus raíces desde la época de la colonia (Caviedes o Rosas de Oquendo), se reinventa en el siglo XX con Nicolás Yerovi y Juan José Flores (Huambar poetastro acacautinaja) y se actualiza, con su propio escabeche, con la poesía-performance de Frido Martin (1963) y del mismo Daniel Beteta (1988). La diferencia entre estos dos últimos estriba en que Frido y su vena erótico-socarrona-escatológica viene –y deviene performer tecnológico– desde la poesía del Barroco, es decir, desde la literatura. En cambio, en Daniel, desde un principio serían decisivas la oralidad, la mixtura de plataformas artísticas, el ubicuo performance cotidiano (calle, casa, universidad), la gravitación de las ciencias sociales y, otra vez, la fidelidad a la obra de Luis Hernández, aunque más al de los sublevados silogismos que al de la ternura y la psicodelia. El techo o legado de Daniel Beteta no sería el absurdo, sino, más bien, algo así como entregarnos la primicia de una liberación y alegría venideras. Esto último, asimismo, algo muy semejante a la proyección del trabajo de Frido Martin. Aunque en Daniel sin exoesqueletos o traje de luces electrónicos y tampoco, resulta paradójico, apoyarse en el verso como en el caso de Frido (“máquina” que recita o modula su voz hacia la estratósfera); sino, más bien, en un concepto (y práctica) post autónomo de la literatura y de la poesía. En ambos se trata, eso sí, de humanizar el absurdo, tal como Borges lo hiciera con el concepto, y procurar socializarlo; he aquí el largo y el ancho de la propuesta de ambos. Absurdo en tanto y en cuanto, ciertamente, la realidad no constituye lo sensato esperado: “Absurdo, sólo tú eres puro” (Trilce LXXIII). Y, precisamente por este motivo, por el afán de compartir dicha primicia es que ambos poetas han necesitado difundirla, repartirla, socializarla por doquier y a través de distintos soportes o formatos. De este modo, en específico en Daniel Beteta, desde la lógica del derroche y el gozo, en pro de un arte y unas ciencias sociales que den la talla y no cercenen o moldeen un cuadrado de lo que fuera un círculo o acaso una circunferencia. P. G.

P[1].Daniel Beteta

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OBRA NEGRA

“De tanto quejarnos del aislamiento de la literatura dominicana en el Universo no se sabe quién envió a Pedro Granados, el poeta peruano, a Santo Domingo, por allá por los años 90 del siglo pasado. Granados se encandiló con la poesía y con la gente dominicana y se jodió para siempre, que está preso por la guardiemón”

Clodomiro Moquete (Revista Vetas)

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La ra ra ra ra ra ra (Bola de nieve)

I

Entre la bruma del 2006
Que ahora mismo empieza
Te escribo
Para no perderte de vista
Y para saber de mí
Te procuro
Probablemente no pase nada
No acierte
A exponer ninguna cosa
Y no me alcance
El sentido
Pero debes saber
Aunque todo aparentemente
Luzca lo mismo
Que he descubierto
El nudo en el globo rojo
La costura
Que nos mantiene a flote
Y me apetece
Decírtelo
A ver si de una vez
Cortamos por lo sano
Y escapamos volando
Más libres que los pájaros
De lo que aún tenga ojos
Y sin duda mirada
Para algo que no seas
Únicamente tú
Nomás. Para algo distinto
Y por lo que valga la pena
Escarbar y escarbar
Hacia lo alto
Y por lo que se nos han gastado
Ya las uñas de los dedos
Ya en su totalidad las manos
Ya el goloso sentido

II

Voz y teclados
Para esta aventura
De la una viene el aliento
De los otros, el sentido
Lo humano no dice
Sino apenas sus instrumentos
La voz anda confundida
Con otra voz
Y por eso está muda

III

Los instrumentos
Inertes amigos
Fríos maestros
Descorazonados
Invitados
Mientras nosotros
No sabemos siquiera
Si somos los mismos
O si olvidarte podremos

IV

Cosas de enamorados

V

Tengo 50 años y estoy vivo.
Devoro café y galletas
con apetito.
Y hace algunas pocas horas nomás
con apetito
también te devoraba.
Que eres negra
hasta el café
rezumante y azucarada.
Tengo 50 años
Y sin trabajo permanente
Ni tarjetas de crédito
O algo parecido
Que deberías ser muy cara
Pero la poesía a veces
Da sombra a los nómadas
A mí
Y al que dentro va conmigo

VI

Jenjibre. O algo más fuerte
Para recuperar
El aliento. Y la cordura
De no verte
De no tenerte
Y no poder olvidarme de ti

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Samaypata en prosa y en verso

La fortaleza de Samaypata, una especie de Machu Picchu en miniatura, también permanece en su recuerdo. A menos de dos horas subiendo desde Santa Cruz se percibe la típica atmósfera incaica que, como sabemos, no la brindan las edificaciones en sí, sino todo lo que está en su contorno. Los incas supieron construir un paisaje, humanizar un vasto espacio y tiempo; sus construcciones son al mismo tiempo miradores privilegiados; los pasos que damos entre sus edificios se dejan sentir al exterior y al interior de la tierra; su arquitectura es apenas, y esto es ya muchísimo, hacerle sentir la presencia humana al paisaje; todo lo que a uno lo rodea está subordinado y contenido en sus piedras cinceladas, en la sabia disposición de sus sensibles muros. El exacto conocimiento, nos dice el Inca Garcilaso, ya se ha perdido; pero cuando uno se haya en Samaypata es lo mismo que estar sobre la cima del adoratorio de Pachacámac, una escondida fuerza nos invita a adoptar la posición fetal, el irresistible escorzo de lo pre-natal o del sueño. Melting situations, es un poemario en inglés que ensaya ahora mismo el limeño, y aquí se ventilan algunas de aquellas cosas, los estados de envolvimiento o identificación con diferentes seres, objetos, situaciones o lugares. Según esto, Juvenal Agüero, aparte de ser la fotografía de un feto ensimismado, es un lobo de mar varado en orilla ajena; esto último, en particular, fue una revelación que tuvo a los veinticinco años en La Mina, playa cerca a Paracas, como a doscientos kilómetros al sur de Lima.

Prepucio carmesí (New Jersey, USA: Ediciones Nuevo Espacio, 2000)

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La forma del confín/ Carlos Eduardo Quenaya

Desde el 2008 (Elogio de otra vana invención) seguimos de cerca la poesía de Carlos Eduardo Quenaya (24 años en aquel entonces); allí decíamos  lo siguiente: “no escribe de antemano como peruano y ese es su primer y gran acierto, un peruano de utilería –progresista o reaccionaria– nos referimos; y más bien lo hace como un ser de otro planeta que, sólo por principio de analogía, está próximo a nosotros”.  Luego, al arribo de su segundo poemario: Los discutibles cuadernos (Lima: Praracaídas/ Tribal, 2012), nos reafirmábamos en nuestras palabras de aliento al joven poeta y filósofo peruano; “Canción”, llevaba por título uno de sus textos:

Procuro grabar aquí una canción parecida a la calma

que hay dentro del pozo. Una quietud de aguas y flores

negras, una sombra rota en miles de jirones, una voz de

mujer rebotando en las paredes, una forma que el tiem-

­po ha detenido y queda abierta. Una permanencia que

es como el corazón. Una estridencia, un resquicio, una

visión. Una alegría. Una espuma lenta cayendo sobre las

cosas que atestiguan que además de mí, el mundo eres

tú el bólido apagando y encendiendo cada día y cada

noche. Lo más negro y lo más hondo que es apenas una

velita delante de tu cara.

Los discutibles cuadernos, a modo de una crítica a la poesía pura, a la poesía acabada o sin fracturas o, incluso, sin desniveles.  O crítica a la poesía, a secas. Boutade, palimpsestos, homenajes en sotto voce a poetas de pocas aunque hondas palabras (Rafael Cadenas, Eielson, Luis Hernández).

De modo complementario, toda crítica a la razón poética, y acaso de modo muy particular en América Latina, es también una crítica cultural.  Y, así sucesivamente, una crítica de la educación, una crítica política y, paulatina aunque  cada vez más enfática en la poesía de nuestro autor, una crítica ontológica.  Desde que, y sin entrar en detalles, por ejemplo para Heidegger el mundo que encontramos sería pre-interpretativo:

“A ti no te gusta cómo nos lame la luz. En el viento arden pestañas devorando la órbita que secuestró la magia”

En algún lado Quenaya ha declarado, asimismo, que sus versos: “Son un recordatorio radical de la escritura como un acto del cuerpo”

Hoy, en La forma del confín (2020), donde: “Jeringa patalea frente a la noche que abastece la complejidad”.  Se trata de nuestro Niño Goyito (aquí “Jeringa”, en tanto lúdico protagonista de todo el presente poemario), el cual ahora enrumba decidido, ¿desde el Perú, desde Arequipa?, hacia el vastísimo espacio ontergaláctico.  De modo previo –tratándose de un relato  “de costumbres”–, su “peruanidad” o su “humanidad” y, con ello, el mismo “Jeringa” (Niño Goyito) viajan reducidos y confinados a un “grumo”.  Aleación  de insumos básicos, este último.  Radical materialidad que torna equivalentes, y no sólo análogos, tanto desechos y secreciones como los más atesorados recuerdos: “el torcido lomo de lo íntimo”.  Goyito entonces, en un embate no exento de sátira e incluso auto-ironía, emprendiendo este definitivo viaje: ¿Ulises de regreso al útero materno?; o, lo que pareciera constituir aquí algo semejante: ¿al reencuentro del tacto?

Tacto

hermoso tacto

escúchame:

Gracias

por siempre gracias

Ni una gozadora entrada a la madera (Neruda) ni un ascético Altazor (Huidobro) que fuera liberándose, cada vez más extasiado, de sucesivas y yuxtapuestas capas de cebolla; nuestro Niño Goyito (“Jeringa”) viaja, por el contrario, desconcertado y cagado en los pantalones.  El humor, entonces, tornando más humano el presente “ascenso” o  “descenso” y desinflándole oportunamente la llanta a la abstracción.  Un vocabulario denso, barroco (casi alucinado) y con puntual peso específico –a lo Adán, a lo Vallejo–da cuenta y colabora en que reparemos y nos solacemos de esta particular búsqueda o hallazgo “del sentido”, el cual, aquí se nos testimonia: “En el cordel borracho las palabras lustrosas se aburren, pero de modo artístico reclaman una venia. La música que en el dolor transcurre se pone de pie.  Atípico de furor, verídico de saltos, Jeringa enrolla sus papeles mágicos”

Carlos Eduardo Quenaya ha encontrado finalmente, en La forma del confín, el tono exacto de su decir –ni Rebelais ni Rilke, solos, sino ambos simultáneos– y el punche que para esta jornada requerían sus palabras; en suma, todos y cada uno de sus aparejos de faena.  Pero el viaje continúa.

Pedro Granados

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