
En cada fosa
caben miles de palabras
que la tierra roe como huesos
sacos de la pena
carrera de la especie descendiendo
hacia el hilo de la ausencia
Los cadáveres brotan como dorsos
entre la espuma rabiosa del mar
y ascienden por la falange del olvido
a impregnar de élitros el aire
Tu cuerpo es un cadáver
cada día despuntando hacia la distancia de una noche
infinita
espejo de una lágrima cosida al párpado
de la muerte
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El libro se abre con un discurso universal y ubicuo sobre la muerte; se cierra, contextualizando ésta entre las exhumatorias audiencias públicas que patrocinó, en el Perú, la denominada Comisión de la Verdad. De la letra herida y escéptica del Barroco, pues, a una mano campesina de mujer que escarba en la dura tierra tras los restos de su esposo desaparecido. Y en medio de la recreación de todo esto, una persona ensayando también re/crearse a sí misma, conectarse a una historia, a una peculiar sensibilidad o modo arcaico de ser. Discurso honesto, en medio de un tema tan espinoso, espinoso por políticamente correcto; por lo general, asumido entre poetas o intelectuales de cara, digamos, a una agenda teórica competitiva. Aquello de ganarse, dentro o fuera del país, un sueldo (mejor si es rentable) hablando sobre la violencia en el Perú… Pero Susti sabe sortear estas retóricas u obligaciones u oportunismos de nuestra clase letrada porque, en realidad, no habla de la muerte ajena sino de la suya propia: no denuncia, más bien, sosegadamente expía. Como Dostoievski o Vallejo o Borges –¡pero, por favor, no como Kozer!– cada uno de nosotros, y no los otros, figuramos entre los primerísimos asesinos; y hasta el alba resulta ser, en esta poesía, guarida de la muerte. Pleno de hallazgos metafóricos (como aquella lágrima cosida al párpado de la inevitable) distribuidos con sabiduría y cautela; este libro es, por ahora, quizá el más logrado de su autor. Ha conseguido plasmar aquí, lo antes postergado quizá por temido o incómodo, la intensidad. No la del efectismo publicitario, desparramada por doquier, no la del patetismo, ni la de la mala conciencia o de la espurea filantropía; sino la de nuestro sencillo y acaso trascendental coloquio: el de una sombra hablando, parsimoniosamente, con otra incluso mayor.
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