Novela breve, de autor numeroso y colectivo (estudiantes y profesor de Estudios Generales-Ingeniería), donde un animal, Perro Vaca, genera ciudadanía: compromiso y permanente ternura para con su comunidad. En este caso la UNMSM y, a la larga, el Perú. Breve relato muy bien posicionado argumental, estructural y filosóficamente; post-antropocéntrico, por cierto. Nuestro protagonista no habla, tampoco es un dechado aerodinámico ni un arma que hallamos entrenado como extensión de nuestra propia violencia. Es simplemente Olga o el valiente Perro Vaca; el cual se nos fuera, bajo esta apariencia, en 2019, pero que permanece encarnado en la memoria viva de nuestra cuatricentenaria. P.G.
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27/12/22: A Enrique Bustamante, i. m.
Vivió en el París de la época de Picasso toda su vida. El arte era su externo e íntimo culto. Transitaba, como aislado o protegido dentro de un fanal, por las calles malolientes de Chacra Colorada. Vivía en su atellier de París, de la época de Picasso, situado sobre el jirón Morona adentro; o un Perú, a su modo, profundo o de avispero. Un Perú simétrico donde un perro sin dueño disputa con una libélula y con seres humanos, asimismo, sin dueño. Desprotejidos todos ante el estallido de la Bomba o del cornetín de D’Onofrio o del señor aquel que, como a las seis de la tarde, ofrecía mudo su pescado y siempre vendía. Así era la Breña en los años 60 y así es como sus estudiantes, hoy por hoy con sesenta años largos, lo recuerdan. No necesitó ni necesitaba absolutamente nada, le bastaba su riqueza interior. Sin embargo, tampoco dejó de ser un enorme pícaro, acaso todos los angeles lo sean.
16/12/22: Raúl Gómez Jattin, veinte años después
El siguiente texto fue publicado, por primera vez, hace exactamente veinte años; el cual, asimismo, de algún modo hace ya parte de la tradición oral sobre el poeta. Es decir, vive por ahí al margen de aquél que lo firmara.
“Si yo lo escribí”, la poesía de Raúl Gómez Jattin (Testimonio)
Durante el III Festival de Poesía en Medellín (Junio de 1993), escuchamos por primera vez a Raúl Gómez Jattin. Este fue de chanclas coloradas y sin libro alguno a su propio recital, lo acompañaban Javier Sologuren, Juan Manuel Roca, y otro poeta del que ahora no nos acordamos. El público –que adoraba a Raúl– abarrotaba el céntrico auditorio. Llegado su turno, y después de dar muchas puyas a Roca, advirtió que no podía leer sin espejuelos; de aquella sala tipo anfiteatro fueron descendiendo, entonces, anteojos de diferentes formas y colores. Con el abracadabra de sus pesadas manos Raúl fue probándose cada uno; desdeñó inmediatamente el primero, unos cristales de marco grueso y de aspecto muy intelectual; lo mismo hizo con el segundo y con el tercero, discretos lentes de empleado, de disciplinado y tímido ganapán; finalmente, eligió unos de formato más bien estrecho, pero que quedaban flameándole de modo muy vivo en cada cien. Con estos leyó, mejor dicho, este poeta de casi dos metros de alto y de supersticiosos lentes de gatúbela, quiso empezar a cantar, preguntó sobre las preferencias del público que en ese preciso momento ya lo observaba atónito.
-“¿Qué canción de Joan Manuel Serrat querrían escuchar primero?”, y ahí mismo empezó a tararear la primera cuando poco a poco todo el mundo advirtió –antes nosotros– que no tenía entre sus manos texto alguno para leer. Seguidamente preguntó, ya habían pasado algunos desconcertantes minutos, si había alguien entre la concurrencia que tuviera un libro suyo. Silencio, risas, mayor perplejidad todavía. Por último, desde el fondo del auditorio, fue descendiendo a tumbos un único ejemplar que llegó con éxito hasta su mesa.
“Me dejaste en el momento en que más te necesitaba”, leyó, o creemos que leyó, y con esto se instaló en la sala una incontenible gravitación que lo tenía a él como eje, exclusivamente a él. “Despreciable y peligroso/ Eso han hecho de mí la poesía y el amor”, fueron otros versos ahora inolvidables. Sin embargo, todavía muy poco se conoce la poesía de Raúl Gómez Jattin (desaparecido trágicamente en 1997), apenas se ha difundido fuera de Colombia, y mucho menos se la ha estudiado. Extraordinario poeta celebrativo, con su Machado, Vallejo, Borges, Whitman, Paz y Lorca bajo el brazo, pero de catadura muy propia, su obra posee la frescura y vitalidad sólo comparable a la de otro de sus contemporáneos, el peruano Luis Hernández Camarero (Lima, 1941-1977). En ambos poetas, tan inteligentes y no menos cultivados, lo primero de lo primero es el gozo, esa ave rara hoy en día y a la que supo convocar siempre, por ejemplo, nuestro maestro Rubén Darío. Marginales y centrales a su modo –y tan latinoamericanos– a sus obras no las coactó la racionalidad política, ni tampoco la cobijaron bajo oportunista teoría literaria alguna; fieles siempre a su corazón, entendieron la poesía ante todo como dignidad –propia y ajena– que es, a la larga, la que nos pone a la altura de aquel chimpancé que aspira arrobado una pequeña flor del iluminado jardín (foto en la National Geographic en Washington).
“El putas”, algunos en Colombia denominan así a nuestro poeta; nombre cariñoso que no lo define por entero, pero que quizá ayuda a entendernos, sobre todo si nos circunscribimos a aquellos poemas que más fácilmente (de facilismo, de comodidad) lo identifican; por ejemplo, el famosísimo:
Te quiero burrita
Porque no hablas
ni te quejas
ni pides plata
ni lloras
ni me quitas un lugar en la hamaca
ni te enterneces
ni suspiras cuando me vengo
ni te frunces
ni me agarrras
Te quiero
ahí sola
como yo
sin pretender estar conmigo
compartiendo tu crica
con mis amigos
sin hacerme quedar mal con ellos
y sin pedirme un beso”.
Sin embargo, Raúl Gómez Jattin, cuenta con un repertorio más vasto que el aludido, aunque igualmente concentrado (los suyos no son más de un centenar de poemas). A la vertiente, digamos, narcisista –al antes y después de la juventud y la belleza– que ilustran también otros textos admirables:
En este cuerpo
en el cual la vida ya anochece
vivo yo
Vientre blando y cabeza calva
Pocos dientes
Y yo adentro
como un condenado
Estoy adentro y estoy enamorado
y estoy viejo (“De lo que soy”)
Sucede una poesía histórica, recreación o diálogo que entabla el poeta con algunos personajes universales de la historia o de la fábula, Hijos del tiempo es el libro al que nos referimos:
No volverá a ver la Alhambra en su esplendor
…
Tantos siglos construyendo pueblos y ciudades
irrigando llanuras
cultivando frutales
enseñando la Alquimia y el Algebra
la Poética, la Astronomía y la Música
Y todo se ha perdido en unos cuantos años
En unas pocas batallas todo se esfumó
como un espejismo en medio del Sahara (“El rey moro”)
En el mismo año de 1993, cuando lo conocimos en Medellín, tuvimos la oportunidad de revisar –acompañando a la pintora Bibiana Vélez Cobo, persona excepcional y entrañable amiga del poeta de Cereté– lo que sería, no estamos seguros, su último libro de poemas, Esplendor de la mariposa; edición reducidísima de la que escribimos una reseña para un periódico de Barranquilla y detectamos, nos entristeció comprobarlo, cierta pérdida de rigor en la estructura de sus textos, ciertos versos de menos o de más, cierto exceso de lugar común en sus imágenes, pero jamás la ausencia, y esto harto nos alegraba, de auténtica poesía. Era el ramalazo lúcido –luz o sabiduría– en medio de su tenaz adicción. De modo análogo a lo que señala Ángel Rama respecto al maestro, en el Prólogo a su edición de la poesía de Rubén Darío para la Biblioteca Ayacucho, el estilo, el vocabulario, los temas, la estética de Raúl Gómez Jattin podrá pasar de moda, pero su poesía y la pregunta por su poesía –y por la persona de Raúl– tendrán vigencia permanente.
Volviendo a la anécdota. Luego de leernos tres o cuatro poemas, y todavía mientras su voz de ángel crecido en las calles –entre gritos y puñetazos– resonaba en la platea, el poeta se despojó solemnemente de sus gafas celestes y las colocó abiertas sobre la mesa. De un momento a otro, sus espaldas alcanzaban ya la puerta más cercana mientras los otros poetas aún estaban en sus lugares respectivos y el público continuaba como hipnotizado, embebido. Mas, repentinamente hubo alguien que reaccionó, y después otro y otro, hasta que el reclamo, aunque cortés, se hizo general y unánime. ¡El libro, el libro!, comenzaron a vociferar en toda la sala. El poeta giró una sola vez la cabeza, efectivamente, entre sus manos enormes sostenía un pequeño y trajinado volumen, y antes de abandonar definitivamente el lugar respondió al coro: “Si yo lo escribí”.
04/09/22: “Juvenal Agüero es de largo el mejor poeta dominicano actual”
De Una ola rompe. Cuarta novela breve –luego de Prepucio carmesí (2000), Un chin de amor (2005) y En tiempo real (2007)– que tiene a Juvenal Agüero, todavía, como protagonista. Las posteriores son: Prepucio carmesí y otras novelas cortas (Lima: Tribal, 2012), !Fozi Lady! (2014) y Poeta sin enchufe (2018).
Juvenal Agüero es de largo el mejor poeta dominicano actual; totalmente andino/ criollo, de piel y corazón. Porque en Lima también se ha interpretado, de algún modo, desde siempre la bachata y me temo que mi hermano está ahora mismo como mimetizado y en la cima de aquel baile. En el estertor por constricción. Que en la República Dominicana equivaldría a montao o asfixiao.
Sin embargo, por su moda en las discotecas y urgida por la insólita aceptación que este ritmo dominicano ha ganado entre las calles del Perú, la bachata también ha entrado de lleno en el salón de baile de mi gimnasio. Gente de clase media, la mayoría; eso sí, absolutamente andina allí, por torpe o desorejada, ya que pareciera en este escenario amilanarse. Aunque el profesor nos anime siempre, con lánguidos y aterciopelados pasos, a que se trata de algo suave nomás; de un juego de piernas y brazos en alto bien acompasados… y sonrisa permanente.
¿La distinguida Sra. Yamamoto cómo será? Esposa actual, aunque no sabemos si en firme, de un mayor del ejército peruano, ¿qué le habrá visto a mi viejo brother?
-Es un cojudo, murmuró ante su foto mientras cachábamos.
¿Por qué, de pronto, Juvenal abandonó sus guisos que tanto le gustan? ¿Sus ya como quince años tranquilos desde su algo precipitada jubilación? ¿Aquellas palabras a mi oído, en una de mis visitas recientes a su nueva y más ventilada casa?
-Llevo, lo que se dice, una vida tranquila.
No voy a intentar ninguna explicación de fondo aquí porque ésta no existe. Los antecedentes de la ficción los dejamos justo detrás de la puerta del taxi. Encaramados en el asiento delantero, solemos platicar de cualquier cosa con el chofer. Y esta novela es, ante todo, una de estas ocasionales y espontáneas pláticas. Algo ligero de puro hondo. Nada personal de tan íntimo. Absolutamente público de tan privado.
28/08/22: “Al Santo Domingo que viene”
“[Puntualiza Don Emir, amigo fortuito de Ludwing] -¡Záfese de
este ambiente!- susurró con dramatismo-. Ahora quien importa es
usted. ¡Záfese! -exclamó de pie-. ¡No permita que esta se
convierta en la ciudad de sus ruinas!”
Nan Chevalier, El Viaje sin retorno desde un puerto fantasma
17/08/22: !Fozi lady! o La agonía de César Vallejo
“Pero lo que en realidad pugnaba por salirle del alma era de que si se acostaba o no con aquella hipnotizante muchacha. Dieciocho años, esbelta (es natural) y cuidadosamente descuidada, aunque de modo leve, en el aseo personal. Le olían las axilas y los pelos de la chucha de un modo tal que a Juvenal lo traían loco. Loco de arrechura y, contra todos los pronósticos para su edad, maravillosamente in parodi. Saludar a esta muchacha, sobre las calles del secreto y mojigato Foz do Iguaçu, era literalmente quedar untado por un buen rato en vagina. Tragarse –entre los tumultuosos y enceguecedores flaches del deseo– desde sus pies divinos, un tanto manchados de tierra; hasta el yuyo de su entrepierna probablemente con imperceptibles restos de caca. Enamorado andaba Juvenal de esta literatura; y esta misma literatura decía que aquella muchacha había sido hasta hace poco alumna suya y que todo el mundo se le abalanzaría encima si la tocaba. Si la desvirgaba, acompasadamente y en postas, con la lengua, la nariz, la pinga y hasta con cada uno de los hirsutos pelos de sus erectas orejas. Yo pecador. Aunque ella para nada se hacía la invencible, la delataba cierta mirada. Y una suerte de recónditos hipos cada vez que saludaba o se despedía de Juvenal. ¿No habría estado César Vallejo, en la Clínica Arago y antes de morir, tal vez, arrecho por alguna de sus jóvenes enfermeras?”
Novela breve sobre el poeta César Vallejo, esta vez en Foz do Iguaçu (Paraná, Brasil); y también, paralelamente, sobre Juvenal Agüero. ¡Fozi Lady! continúa la saga de Prepucio carmesí y otras novelas cortas (Lima: Tribal, 2013). ¿Las últimas palabras del poeta fueron, realmente, las dedicadas a España (“-Me voy a España”)? Postrado en su lecho, próximo a la muerte, aquéllas -y reiterativas- fueron más bien otras; para disgusto de Georgette y su venganza contra la máscara mortuoria del poeta a la que hizo pedazos. Hace unos años se publicaron unos muy pocos ejemplares de ¡Fozi Lady!, de modo artesanal (Guardanapo Editores) y en versión bilingüe, traducidos magníficamente al portunhol selvagem por Bruno Melo Martins. Aquí les va el pdf –por gentileza de “Vallejo Sin Fronteras Instituto” (VASINFIN)– con la versión íntegra en español.
http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/wp-content/uploads/sites/97/2016/04/Fozi_Lady.pdf
12/08/22: Convalecencia/ Paranaländer*
No es tan fácil, mi querido rumano, dejar de pensar, me quedan muchos vicios, restos de aporías frívolas, largas sombras de dudas intrascendentes proyectadas sobre los muros del día: ¿Tupa miri debe ser traducido como pequeño dios, diosito o semi-dios? ¿Mobutu, privilegiando el lingala antes que el francés, influyó que llegará a la composición de mil canciones el Hechicero de la guitarra: Franco? ¿Terminó el autentical indie rock (“Fuck and run”) con el embarazo de Liz Phair? Los haikus de Sologuren -como ese que graba mi memoria destruida por la plaga “Nada me apura/la página en blanco/ rezas sus soles de muchacha”- son mejores que los de Silva Santisteban: “Corre el río en el sueño/eres mi pensamiento/ señora magnolia”? ¿Es el ser del signore Vattimo -ese filósofo hoy olvidado con merecimientos- más una boleta de ANDE que hay que pagar en tiempo antes que el vacío delirante de los espacios estrellados sobre mi cabeza inmoral?
25/07/22: Crónica de Santiago de Chuco. César Vallejo: Al filo del reglamento
Se sube para abajo o se baja para arriba, constantemente, sobre las calles de Santiago de Chuco. Trazado de casas a desnivel que ya de por sí explica la factura alegórica de algunos versos del autor de Trilce; mas no así, por cierto, el resto de sus posibilidades metafóricas. Amontonamiento ordenado en cúspide de más de 3,000 metros de altura, el pueblo de Santiago de Chuco, y tranquilo que pareciera maqueta de su propio cementerio puesto a orearse entre andrajosos apus y humildes iglesias. Trompo puesto a rotar en la ingravidez –incluidas sus desamparadas gentes– apoyado tan sólo en el monolito de su pequeña plaza de armas. Gordos brochazos de sol sobre tejas, burros y oferta de afamadas papas negras complementan la escenografía humana del paisaje -únicamente nuestra- porque aquel pueblo probablemente no sabe que es el mítico Santiago de Chuco. Tampoco, pareciera, que allí nació César Vallejo Mendoza -aunque ahora el blanco de su casa natal destaque entre el blanco de todas las otras- y que hoy por hoy lo habitan en su mayoría personas venidas de caseríos vecinos. Oleadas migratorias que llevaron también a uno de sus hijos a escaparse un buen día a París; a decir adiós para siempre al burro sensible y a la mujer estoica que mora entre aquellas escarpadas pendientes: la andina y dulce Rita de ahora que chatea encandilada con un ubicuo amor de neón.
Acabamos de visitar Santiago de Chuco, entonces, y nos cuesta creer que allí haya nacido César Vallejo -un ser tan heterodoxo en medio de cualquier grey- mucho más incluso que imaginarnos a García Lorca emergiendo del desierto de Fuente Vaqueros; pero no se nos ha mezquinado, al visitar su casa, la intimidad del poeta ni la de su familia. Ellos siguen allí, alrededor del pozo de agua, al interior del sencillo oratorio y entre el capulí del patio central y el cuarto de amasar el pan; hecho todo aquello de adobe, eso sí, como la pasta del corazón mismo del autor de Los heraldos negros. Lo más destacable en el contexto, además, es el eco de los juegos que aún impregna todo lo que soportan aquellas columnas de esmaltado palo de eucalipto. Puertas adentro sin duda allí se sabía reír, pero puertas afuera -por el puro pudor de la felicidad- quizá la imagen que transmitía más inmediatamente aquella unida familia era la de rezar. Y así lo ha entendido, de este modo unilateral, mucha de la crítica sobre la vida y obra de nuestro poeta; sobre todo aquélla surgida desde el mundo culturalmente anglo que tiende a dividir -de modo puritano y tajante- lo malo de lo bueno, lo correcto de su inalienable opuesto. No de otra manera es como quizá hemos de entender, por ejemplo, un significativo artículo académico reciente; se trata de “César Vallejo y sus espejismos”, firmado por Stephen Hart y publicado en Romance Quarterly (49, 2:111-118, 2002).
En este artículo el conocido estudioso inglés se propone desentrañar algunos supuestos de la vida y obra del autor de “España, aparta de mí este cáliz”; de algún modo desmitificar las imágenes que nos hemos hecho del poeta, y a éstas Hart las denomina “espejismos”. Uno de los que ventila en su artículo, si no el más importante, al menos el más pertinente a nuestros fines, es el conectado al rol de Vallejo en la revuelta callejera que aconteció en Santiago de Chuco el 1 de agosto de 1920 y que costó la vida a dos policías y a Antonio Ciudad, amigo de la familia Vallejo; aparte del incendio de la casa de la familia Santa María (donde hoy día funciona un hotelito del mismo nombre) y el confinamiento de nuestro poeta por ciento doce días en una cárcel de Trujillo. Ante el peso de lo escrito, el estudioso inglés -desenmascarando la ideología de El proceso Vallejo con que su autor, Germán Patrón Candela, supuestamente pretende demostrar la innegable inocencia del poeta, y ateniéndose a los partes legales- se anima finalmente por su fragrante culpabilidad: “es legítimo plantear que la supuesta inocencia de Vallejo es otro espejismo inventado por críticos que han yuxtapuesto el hombre y el poeta” (112). Hasta aquí -datos manejados y lógica expositiva parecen sólidos por parte de Hart- el discurso legal ensombreciendo implacable al del mito.
Pero lo más interesante a puntualizar es el paso siguiente en el razonamiento de este reputado vallejista respecto a lo que denomina “espejismo de la personalidad de Vallejo tal como se proyecta en su poesía” (116). En este sentido, basándose en algunos versos de Trilce y Poemas humanos donde se alude reiteradamente, según este mismo estudioso, al “caso de su autoproyección despersonalizada [ejemplo: “César Vallejo ha muerto”]” (116); técnica del doblaje que anima a Hart a concluir que “Vallejo, con gran lucidez, se veía a sí mismo como un ser misterioso, un fantasma, en fin, un espejismo” (117). Es decir, el profesor inglés discrimina tajantemente este hombre (taimado, culpable y prófugo) del poeta Vallejo. Suponemos que este tipo de zanjas ayuda, sobre todo a algunos críticos más que a otros, a orientarse con más comodidad entre anecdotario tan heterodoxo (nieto de curas o, según Hart, impune incendiario y asesino) y una poesía de por sí tan compleja como es la del autor de Trilce. Mas no todo lo informan los legajos o partes legales, sobre todo en el Perú, y es preciso tener idea más aproximada de la secular injusticia y arbitrariedad aquí reinante. No es este el contexto para entrar en detalles sobre el Caso Vallejo; sin embargo, queremos rescatar una vez más, aunque sea muy de pasada, el sentido de la complejidad y entramado de su vida y su obra. Por ejemplo, en el capítulo “La cárcel” del libro de Ernesto More, Vallejo, en la encrucijada del drama peruano (Lima: Bendezú, 1968), no percibimos para nada, a través de las cartas que el poeta dirige desde París al que fuera su abogado, Dr. Carlos Godoy, que Vallejo se halla desentendido o se oculte de su situación legal en el Perú. Más bien pareciera ser todo lo contrario y, para tranquilidad del poeta y la de su familia, haber desembocado aquello en un positivo colofón: “¨[París, 15 de agosto 1926] Mi querido doctor: Agradezco a usted mucho su cablegrama y su atentísima carta en que me dice que no tenga cuidado sobre el juicio de Santiago de Chuco. Sus noticias han venido a calmar mi inquietud, pues estaba yo muy atormentado” (83). Entonces, informados por esta misiva, si Vallejo no regresó al Perú no fue en primer lugar por temor a su situación legal -a pesar de los ires y venires de la justicia en el Perú-, sino por otros factores, adicionales incluso a la desagradable memoria del calabozo trujillano. Estos quizá se puedan sintetizar en uno fundamental, y aquí retomamos de algún modo la crónica de nuestra visita a Santiago de Chuco, en palabras de Jorge Aguilera Mora: “Vallejo exploró incansablemente todas las posibilidades trascendentales del estar aquí, en este mundo, de las ilusiones del sujeto, de los espejismos de la moral cristiana, de la negación de la esperanza y de la alegría fundamental de estar vivo” (“Buscar a H: poesía y posmodernidad”, Hispamérica 1999, 84, 13-22). Es decir, el poeta se apropió -no sin las tan conocidas carencias- de otros contextos y entornos; no era un peruano “profesional”, no creía en la vuelta o el retorno; no era oficiante de esta clase de melancolías. Culpable o no -u oximorónico en su vida también, mejor- no existían ya Ithacas que lo reclamaran de modo exclusivo. ¿Cómo iba de volver a Santiago de Chuco? Metonimia del Perú, aquel pueblo, es desde antes -y como sin duda hasta ahora mismo- un lugar del que se debe partir.
20/06/22: UNMSM: NO ES LO MISMO SER CACHIMBO SIN TI
Novela breve, de autor numeroso y colectivo (estudiantes y profesor de Estudios Generales-Ingeniería), donde un animal, Perro Vaca, genera ciudadanía: compromiso y ternura para con su comunidad. En este caso la UNMSM y, a la larga, el Perú. Breve relato muy bien posicionado argumental, estructural y filosóficamente; post-antropocéntrico, por cierto. Nuestra protagonista no habla, como en las novelas ejemplares de nuestro padre Cervantes, tampoco es un dechado aerodinámico ni un arma a la que hemos entrenado como extensión de nuestra propia violencia. Es simplemente Perro Vaca u Olga. La cual se fue el 2019 y cuyo ejemplo ha calado entre los estudiantes, el resto de perros (¿acaso un par de docenas?) y los profesores en el campus de la cuatricentenaria, Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
05/05/22: NO ES LO MISMO SER CACHIMBO SIN TI
Novela breve, de autor numeroso y colectivo (estudiantes y profesor de Estudios Generales-Ingeniería), donde un animal, Perro Vaca, genera ciudadanía: compromiso y ternura para con su comunidad. En este caso la UNMSM y, a la larga, el Perú. Breve relato muy bien posicionado argumental, estructural y filosóficamente; post-antropocéntrico, por cierto. Nuestra protagonista no habla, como en las novelas ejemplares de nuestro padre Cervantes, tampoco es un dechado aerodinámico ni un arma a la que hemos entrenado como extensión de nuestra propia violencia. Es simplemente Perro Vaca u Olga. La cual se fue el 2019 y cuyo ejemplo ha calado entre los estudiantes, el resto de perros (¿acaso un par de docenas?) y los profesores en el campus de la cuatricentenaria, Universidad Nacional Mayor de San Marcos.










