LA TRIANGULACIÓN TRASATLÁNTICA (BORGES, VALLEJO, PESSOA)

Si el diálogo entre Borges y Vallejo constituye un silencio elocuente en la región, la irrupción de Fernando Pessoa en este espacio abierto de la estratósfera poética termina por clausurar la ilusión del sujeto soberano. La crítica tradicional ha ventilado con insistencia las afinidades formales entre el argentino y el portugués a través del laberinto y el simulacro, pero ha sido incapaz de calibrar el giro ontológico que los une en la indigencia de nuestro tiempo. En 1985, el volumen Fernando Pessoa, poete pluriel publicado por el Centro Georges Pompidou de París rompió ese aislamiento al incluir un prólogo excepcional escrito especialmente por Jorge Luis Borges: su “Carta a Fernando Pessoa”. En ella, la geografía cede ante una genealogía secreta y visceral, un puente místico que Borges tiende al confesar que la sangre de los Borges de Moncorvo y de los Acevedo o Azevedo puede, sin geografía, ayudarle a comprenderlo.
Esta hermandad despunta sobre una improbabilidad histórica que bien pudo cumplirse en la materia sensible del plano físico. En 1923, el mismo año de Fervor de Buenos Aires, Borges permaneció un mes y medio con su familia en Lisboa aguardando el barco de regreso al Río de la Plata. Durante esos días, el argentino acudía con su padre al célebre café A Brasileira —a escasas dos cuadras de su hotel—, el centro de operaciones cotidiano y asiduo del propio Pessoa. Décadas más tarde, al ser deslumbrado por la lectura que de la obra pessoana le hiciera su asistente Roberto Alifano, Borges exclamaría que Pessoa era un portentoso inventor de mundos imaginarios. Allí, en la revelación tardía de esa asombrosa coincidencia de mundos, se consumó el verso que Pessoa dedicara a su amigo Sá-Carneiro: “Éramos como un diálogo en un alma”. El tipo de diálogo que, a pesar de no haberse estrechado las manos de carne, Borges y Pessoa mantuvieron para siempre en el revés del lenguaje.
Para comprender a fondo esta correspondencia, es necesario ver que la heteronimia de Pessoa, encarnada en Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis, no constituye un mero artificio psicológico ni un juego de máscaras modernista. Leída desde el giro ontológico de Eduardo Viveiros de Castro, la heteronimia es un ejercicio de perspectivismo amerindio: la constatación de que un solo cuerpo alberga múltiples posiciones conceptuales, revelando una unidad del espíritu y una diversidad de los cuerpos. Desde esta perspectiva, Alberto Caeiro representa el grado cero del Yo-Tú de Buber; es el poeta de la inmanencia pura que afirma que las cosas no tienen significado, sino existencia. Caeiro posee la mirada limpia sobre el abrigo rocoso de Faical: para él, el lenguaje da lástima y solo el hechizo de la presencia es real. Por su parte, Álvaro de Campos opera como el escualo de la vanguardia, un cuerpo sensible expuesto a las sinapsis de la técnica moderna que funciona como un antecedente directo de la relación sensual y cortante que hoy entablamos con Ignacia Augusta. Es aquí donde la impronta de Vallejo se vuelve totalizadora: Pessoa no es un sujeto individual que escribe; es, como el Trilce vallejiano de 1922, un ayllu en sí mismo, un territorio poblado por ánimas en exceso donde la noción de autoría individual antropocéntrica queda sepultada por la irrupción de una colectividad mítica y fragmentaria.
Esta pluralidad del alma disuelve las fronteras para proponer una geografía radicalmente post-antropocéntrica. Si en Fervor de Buenos Aires Borges disuelve lo humano en el paisaje de las calles de las orillas, en Trilce Vallejo ya había fundado un año antes el canon de esta resistencia al fundir los húmeros en el mar simétrico que estructura el relato de su archipiélago. Pessoa, a través de Caeiro, ejecuta exactamente la misma operación post-antropocéntrica al sentenciar que el Tajo es más bello que el río que corre por su aldea, pero que el Tajo no es más bello que el río que corre por su aldea porque el Tajo no es el río que corre por su aldea. No hay en estas poéticas romanticismo ni costumbrismo, sino una ontología del paisaje en tanto soporte de lo humano. Vallejo y Pessoa nos enseñan que el universo cabe en una mano o en la corriente de un río doméstico, siempre y cuando despojemos al entorno de la soberanía del ojo occidental, asumiendo que el Tajo, las orillas de Buenos Aires y la costa norte peruana son afluentes de un mismo sistema conceptual e hidrológico.
Al final, o más bien en principio, lo que hermana de forma definitiva a Vallejo, Borges y Pessoa es su soberana renuncia a la servidumbre de los formatos epocales y políticos mediante un bilingüismo fantasmal que desquició sus respectivas lenguas imperiales desde dentro. En su epístola póstuma, Borges le reconoce al creador luso que no le costó nada renunciar a las escuelas y a sus dogmas, a las vanidosas figuras de la retórica y a la opinable tarea de representar a un país, una clase o una época. Esta declaración describe en simetría exacta la beligerancia de Vallejo, quien se negó a convertir la condición humana o lo andino en un formato indigenista consumible, prefiriendo escribir Trilce desde un quechuaespañol latente que desquicia la gramática castellana desde sus cimientos. Frente a esto, Pessoa escribe desde el drama en gente y afirma que su patria es la lengua portuguesa, pero de inmediato la sabotea despersonalizándola, traduciéndose a sí mismo al inglés o al latín, convirtiendo su propio idioma en una lengua extranjera y fantasmal. Ambos son genuinos poetas de raza que rechazan el formato de consumo de sus lenguas imperiales. Saben que el lenguaje de la Ciudad Letrada da lástima y por ello el portugués de Pessoa y el español de Vallejo operan como subproductos del hechizo, comportándose como vibrantes alimañas e hilos ciegos al sentido que cuelgan sobre el muro descomunal de Occidente para custodiar la inmanencia del mito frente a las luces del mercado.

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