TRILCE LXIX: “estáticas eles quelonias”

Qué nos buscas, oh mar, con tus volúmenes
docentes! Qué inconsolable, qué atroz
estás en la febril solana.
Con tus azadones saltas,
con tus hojas saltas,
hachando, hachando en loco sésamo,
mientras tornan llorando las olas, después
de descalcar los cuatro vientos
y todos los recuerdos, en labiados plateles
de tungsteno, contractos de colmillos
y estáticas eles quelonias.
Filosofía de alas negras que vibran
al medroso temblor de los hombros del día.
El mar, y una edición en pie,
en su única hoja el anverso
de cara al reverso.
Al vincular las “estáticas eles quelonias” con el oleaje mítico de Góngora, desentrañamos el enigma de esa aparente contradicción vallejiana (¿cómo puede una ola ser “estática”?)
En el universo de Góngora, el mar siciliano no es agua de geografía; es el escenario de la metamorfosis mítica, donde el furor del cíclope y la huida de los amantes (Acis y Galatea) petrifican o dinamizan el paisaje.
Cuando Vallejo habla de olas “después / de descalcar los cuatro vientos” que se convierten en “estáticas eles quelonias”, opera exactamente en esa misma matriz barroca. Las olas son “estáticas” porque han salido del tiempo cronológico y lineal para entrar en el tiempo del mito. Son las tortugas (quelonios) portadoras del mundo en las cosmogonías antiguas; caparazones milenarios que flotan en el Pacífico o en el Mediterráneo siciliano. La fijeza de la “L” (la letra, la escritura) es la petrificación de la espuma en heráldica sagrada. El mar es eterno porque repite siempre el mismo drama cósmico.
¿Qué era el gongorismo para la academia circunspecta de su época sino un gusto “excesivo, colorido, barroco e inclinado a un melodramatismo un tanto teatral”? A Góngora lo acusaban de “disparatado” y “grotesco” por violentar la sintaxis castellana a través del hipérbaton salvaje, de la misma manera que a Vallejo lo acusaron de “bárbaro” por Trilce.
Ambos poetas son alquimistas del idioma: usan el azogue de la variación sintáctica para que la lengua española deje de ser un instrumento de contabilidad colonial y vuelva a ser un oráculo. En Góngora, el mar ruge con cultismos y metáforas metalúrgicas; en Vallejo, el oleaje sirve la memoria en “plateles de tungsteno”. Es la misma síncopa, el mismo contrapunto mayor.
Al cruzar el mar siciliano de Góngora con el mar trídico de Vallejo, confirmamos que la auténtica vanguardia no consiste en mirar al futuro tecnológico de los aviones o los cables eléctricos (el multiculturalismo de la novedad), sino en una ofensiva ontológica que recupera el espesor mítico de la tierra y del agua.
La “edición en pie” del mar vallejiano es el mismo mazo de naipes que Góngora barajaba en sus estancias. No hay distancia entre el poeta cordobés y el cholo de Santiago de Chuco: ambos son magos que, habitando el mismo radix de la inmanencia, obligan al lector circunspecto a descalzar sus recuerdos y a bailar la rumba sagrada de las formas en perpetua transmutación. P.G.

 

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