César Vallejo y el “Chulo de la Muerte”

En Los detectives salvajes (1998), San Epifanio, uno de los tantos personajes de la novela, señala que la poesía “distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, ninfos y filenos”.

Según el personaje de Roberto Bolaño, los maricones y maricas tenían la mayor categoría y en Latinoamérica, los dos únicos poetas “maricones” eran los peruanos “César Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez?”.

Citamos la novela:

22 de noviembre (pp. 82-85)

Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas […] Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillen, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica, respectivamente. […] De hecho, la poesía mexicana carecía de poetas maricones, aunque algún optimista pudiera pensar que allí estaba López Velarde o Efraín Huerta. Maricas, en cambio, abundaban […]

El panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la palabra. Los mariquitas, según San Epifanio, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban —aunque no siempre— los parámetros estéticos y vitales de los maricas. En España, en Francia y en Italia los poetas maricas han sido legión, decía, al contrario de lo que podría pensar un lector no excesivamente atento. Lo que sucedía era que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimodo, el trío de la muerte.

Y en Latinoamérica, ¿cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez? El resto, maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque éste tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León de Greiff, ninfos abujarronados tipo Pablo de Rokha (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora, y junto con Lezama todos los poetas de la Revolución Cubana (Diego, Vitier, el horrible Retamar, el penoso Guillén, la inconsolable Fina García) excepto Rogelio Nogueras, que es un encanto y una ninfa con espíritu de maricón juguetón. Pero sigamos. En Nicaragua dominan mariposas tipo Coronel Urtecho o maricas con voluntad de filenos, tipo Ernesto Cardenal. Maricas también son los Contemporáneos de México…

—¡No —gritó Belano—, Gilberto Owen no!
—De hecho —prosiguió imperturbable San Epifanio—, Muerte sin fin es, junto con la poesía de Paz, La Marsellesa de los nerviosísimos y sedentarios poetas mexicanos maricas. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita con algo de maricón, Westphalen, loca, Enrique Lihn, mariquita, Girondo, mariposa, Rubén Bonifaz Nuño, bujarrón amariposado, Sabines, bujarrón abujarronado, nuestro querido e intocable Josemilio Pe, loca. Y volvamos a España, volvamos a los orígenes —silbidos—: Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Ya está todo dicho. Y ahora, algunas diferencias entre maricas y maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con sus padrotes del alma [“chulos de la muerte”]. Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una estaca removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que aman y odian con toda su alma) descubren en sus propios ojos hundidos la identidad del Chulo de la Muerte. El chulo, para maricones y maricas, es la palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada (o del silencio o de la otredad). Por lo demás, y con buena voluntad, nada impide que maricas y maricones sean buenos amigos, se plagien con finura, se critiquen o se alaben, se publiquen o se oculten mutuamente en el furibundo y moribundo país de las letras

Ergo:

-Entre poetas maricones y poetas maricas mucho más prestigio, superior cualitativamente (“aunque algún optimista pudiera pensar”), tienen los primeros frente a los segundos.  Y que, en la guerra subterránea permanente entre ambos grupos: “por hacerse con la palabra”, Bolaño toma definitivo partido por los maricones.

-“Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones”; permite dar a nuestra lectura un giro “místico” y empaparla, digamos, en  la tradición de lo anónimo, inmerecido o “dictado” [por los padrotes del alma o “chulos de la muerte”] versus aquello individual, consciente u elaborado, culterano y elitista del Barroco (Góngora y Quevedo).  Mística “para todos”, aunque no implicaría carencia de sutileza  para aquellos públicos considerados más “selectos”.

-Dos poetas peruanos maricones (Vallejo, Adán) y otro probable, argentino (Macedonio Fernández), en todo el concierto de  la poesía de nuestra región.  Es el modo íntimo como concebía Roberto Bolaño su particular “infrarrealismo” y su militancia en él; mientras ensayaba descubrir, también en la novela, si era maricón o no lo era.

Puntuación: 5 / Votos: 3

Comentarios

  1. Beto Rudas escribió:

    Buenas noches.De pura casualidad tropecé con esta página y me sacudió. Se blasfema contra muchos de los íconos de mi altar personal. Entiendo que se está transcribiendo párrafos de una pretendida obra literaria (para mí ese material no lo es en modo alguno); pero no entiendo el fin de divulgar alusiones tan aventuradas por no decir infamantes, de un escribidor desconocido. Considero respetuosamente, que sería necesario precisar el punto de vista de su blog, para no confundir al inadvertido lector.

    1. PEDRO GRANADOS AGUERO Autor escribió:

      Sr. Beto Rudas. Siempre me ha interesado la mística y leo este pasaje de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, quien no es ni mi poeta ni mi narrador favorito, como una reflexión que intenta implicarla para entender no sólo aquella novela, sino también –y acaso sobre todo– el movimiento Infrarrealista del que Bolaño formó parte y, no menos, buena parte de la poesía que tenemos –o que quiere pasar por ésta– desde los años 70 hasta hoy en toda nuestra región. Ni epítetos ni nombres, por lo demás, son “ciertos”; se trata de literatura. Y la reacción que ha causado en Ud. dice mucho, más bien, de la eficacia de aquella novela: sigue produciendo emociones, afinidades o sentidos desacuerdos.

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