Trilce VI podría constituir el otro comienzo de aquel poemario de 1922. Ya que tal como para Trilce I (“DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES”) hallamos también, en Trilce VI, un muy significativo verso puesto en mayúsculas y en negrita (“CÓMO NO VA A PODER”); aunque sin soslayar las mayúsculas del corolario de Otilia: “MADRE” del poema XXVIII (v.23). En otras palabras, que a partir del poema VI los dos fundamentales ejes temáticos de Trilce (Inkarrí y Otilia) empiezan a perfilarse más nítidamente y a trenzarse con mayor claridad hasta el final del libro. Ejes, ambos, de ningún modo separados; sino, más bien, complementarios e interdependientes.
En el último crepúsculo
de mis veintisiete años
estuve cruzando el agua hirviente de mi ciudad,
inexperto entre otros pelagatos,
me sorprendí ante el nacimiento
de una muchacha
y sentí el lento rodar del mundo,
el lento rodar de las muchachas,
el lento rodar de las instituciones,
mi lento rodar
mirón
roedor de migajas.
A Tilsa Tsuchiya
No hay color que no palpite
y no nos abra a la vida,
no hay rosa, no hay oficio conocido
o desconocido
que no nos diga de detrás, de siempre,
que no nos llame discretamente
en las sienes.
Hay rosas, hay sensaciones extrañas
como un collar radiante,
como un abrigo tibio,
como una precipitada cascada
que persigue a los peces más jóvenes
para acariciarlos.
No hay extremo, no hay orden
ni desorden ni aventura
ni recuerdos,
todo es un solo oficio,
todo es un solo puente,
todo es un solo brillo de sol en el agua,
en la lengua, en los dientes.
No hay partida, no hay retorno,
no hay lejanía.
Sólo una hermosa col
con sus hojas frescas y calladas.