
Pedro Granados, El fuego que no es el sol (Lima: Ediciones de los Lunes, 1993). “Prólogo” de Pablo Macera.
“[La poesía de Pedro Granados] Lengua de animal puro con que habla mientras la palabra es una bala certera al corazón” P.M.

Pedro Granados, El fuego que no es el sol (Lima: Ediciones de los Lunes, 1993). “Prólogo” de Pablo Macera.
“[La poesía de Pedro Granados] Lengua de animal puro con que habla mientras la palabra es una bala certera al corazón” P.M.
El Queirolo, Pueblo Libre, 11/12/2024
En la estratósfera con animales
Blancos oscuros y transparentes
Animales de mi alma empozada
De nuestros juegos de la infancia
Un desfile de soles como escarabajos
O viceversa
Leones tal como hormigas
O mis padres viejos ya y cansados
Semejantes a moscas jóvenes
Recientemente venidas de larvas
Múltiples ojos de luz
Ánimas en exceso
Amamos nos morimos
Seguimos compartiendo con nuestros compañeros
De promoción
Amigos por más de cincuenta años
Unas manos como antenas
Como garfios de inofensivas uñas
Como humanos frágiles
Cercanos ya a desaparecer
Tal como pulgas lombrices
Dioses encantadoras divas
Niños despreocupados comiendo
De su sabroso helado
inicio de una saga intensamente solar que incluye varios poemarios; la cual se inicia con este poemario, sigue con La mirada y Amerindios/ Amerindians y, por ahora, se cierra con Inkarrí. Libro, este último, situado, acontecido, manifiesto sobre la playa de Lagunas (Mocupe, Lambayeque). Un paisaje, un mito y un mediador.
“fi bá gallo/ dímele a tu mami que me mande un chin de tenteallá”
Enriquillo Sánchez
“vida de las islas, donde errar es lo correcto”
Manuel García Cartagena
“Si pudiera, bailaría este merengue hasta la madrugada.
Descalza
[…] al convite de la tribu que grita y se emborracha
ahíta de ron y de desdichas;
ellos son el otro que no soy pero a ellos me arrimo
como el cachorro a la madre en busca de alimento”
Soledad Álvarez
CARNAVAL
trajimos el pasado con el alba
nos intercambiamos los rostros en el vacío
comimos pan de otro tiempo
aterradora melancolía
al iniciar la fiesta
desnuda la memoria hace alarde
de la lozanía de sus piernas
todo es real si la fantasía existe
ese hombre que soporta el peso de sus días
se mira hacia adentro
y se le queda pegada la mirada en el olvido
esa es la presencia del ser en la
razón
de parecernos a los colores
cuando nos disfrazamos de nosotros mismos
Pastor de Moya
“Afuera, una niña lame su paleta balanceando el panorama”
Natacha Baltle
A mi huaca me voy
Construyo sobre ella una casa
Ladrillos rojos cemento en venas
Y puños cerrados
Y un techo aligerado de cañas del lugar
Mi huaca de arena en la superficie
Aunque compacta y variopinta
Un tantito más abajo
Como tu piel cuando la abren
Carne huesos tendones
Sangre ya lenta por tan antigua postración
A mi huaca me voy ya me he ido
A mi tumba o a mi cuna
A corta distancia de la mar
De espaldas a cuatro o cinco iglesias
Desde hace poco acaseradas allí
Aunque inevitablemente lejos
De aquella tan distante estrella enana
Fotografía de Marina Herrera
Encabúyalo y vuelve y tira.
Como tu paso que al calor
de los muslos de la hembra
va y viene. Sin amordazarla.
Permitiendo que se defienda.
Midiéndola sin medirla.
Un tirabuzón común descorchando
al pasito
las vastas ofrendas de la noche.
Una comunidad donde el error
se supera a punta de ritmo.
Y donde dos son uno:
hollándose y atravesándose
a pesar de las sombras.
©Pedro Granados, 2007
Primero es el ritmo. Enseguida, como montada sobre él o fundida con él, viene la palabra, el “verbo” (Génesis). Estamos en un momento cultural donde nos hemos extraviado y nos hemos desconectado del ritmo y, por lo tanto, es muy escasa la experiencia de bumerang. El ritmo atraviesa, oscila, envuelve, retorna y crea comunidad. No son las palabras, a las cuales se las lleva el viento. Y no arropan a nadie, empezando por quienes las pronuncian. Ni a cuadrúpedos ni a humanos. Sin embargo, sonámbula, la poesía hoy por hoy empieza por las palabras. Y acaso incluso con la mejor de las intenciones; se trataría de hacer filosofía con ellas. Aunque, con la peor de aquellas mismas, se trataría de establecer con las palabras un decálogo; unas nuevas tablas de auto-ayuda obligatorias para todo el mundo. La auto-ayuda como una nueva ley, sobre todo, post-coronavirus. Algo nada nuevo; sino que ya ha estado ensayándose y gestándose en toda nuestra región como mecanismo de control del imaginario y del deseo: Acción Poética. Poesía sin “patos” (en tanto catarsis y, asimismo, emblemático post-antropocentrismo) y sin “sombra” (Jung). Comer, oler, tocar, deslizarse, sumergirse, ni qué decir hablar, diseñados dentro del más lobotomizado protocolo. El verbo se ha trocado en puro significante o en algo más o menos así. Y la voz nos va resultando extraña en sí misma e incluso indeseable; hoy intentamos, mucho mejor, ser un palimpsesto, la más pulcra imitación de alguien. Toda la distribución de lo sensible (Rancière) contenida en un chip; aquel decálogo en tan acelerada construcción. Lo mismo en los States como en Bolivia. Un grifo que reposa al fondo del patio y que ya, teniendo cada uno agua en casa, ha pasado de cada vez más obscuro a prácticamente invisible.
©Pedro Granados, 2022
Manuel García Cartagena, Los cantos de la ceniza (Santo Domingo, R.D.: Manuel Editor, 2024)
“vida de las islas, donde errar es lo correcto […]
si has nacido allí, no has nacido todavía” ¡Antillas!, M.G.C.

No creo en gelman
No creo en kozer
No creo en zurita
Menos en milán
Tampoco en otro garcía
Aunque sea montero.
El maquillaje
Los traiciona. La mirada
Los delata.
No son poetas. Jamás
Lo han sido. Su obra
Es un desperdicio del tiempo.
No sus mañas.
Políticos, funcionarios,
Árbitros y racioneros
De la imaginación
Por estos feudos.
Te descuidas y te endilgan
Alguno de sus halagos.
Y entonces,
Escapas de la caverna
De la opinión para figurar
En el entremés como telonero.
Voceadores profesionales
Demiurgos al centavo.
Preferible creer en la antipoesía
Pero no de don de Nicanor Parra.
Creo en Rafael Cadenas
Creo en Alejandra Pizarnik
En varios versos de Javier
Sologuren
Que hasta el día de hoy me acompañan.
Durante el III Festival de Poesía en Medellín (Junio de 1993), escuchamos por primera vez a Raúl Gómez Jattin. Este fue de chanclas coloradas y sin libro alguno a su propio recital, lo acompañaban Javier Sologuren, Juan Manuel Roca, y otro poeta del que ahora no nos acordamos. El público –que adoraba a Raúl – abarrotaba el céntrico auditorio. Llegado su turno, y después de dar muchas puyas a Roca, advirtió que no podía leer sin espejuelos; de aquella sala tipo anfiteatro fueron descendiendo, entonces, anteojos de diferentes formas y colores. Con el abracadabra de sus pesadas manos Raúl fue probándose cada uno; desdeñó inmediatamente el primero, unos cristales de marco grueso y de aspecto muy intelectual; lo mismo hizo con el segundo y con el tercero, discretos lentes de empleado, de disciplinado y tímido ganapán; finalmente, eligió unos de formato más bien estrecho, pero que quedaban flameándole de modo muy vivo en cada cien. Con estos leyó, mejor dicho, este poeta de casi dos metros de alto y de supersticiosos lentes de gatúbela, quiso empezar a cantar, preguntó sobre las preferencias del público que en ese preciso momento ya lo observaba atónito. P.G.