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Poesía

A propósito de Carlos Llaza

Acierta Julio Ortega, en sus oscilaciones críticas[1], sobre la poesía peruana que viene desde los años sesenta hasta, añadiríamos nosotros, incluso nuestros días:

Me doy cuenta ahora de que cada tanto yo cambiaba de opinión, y me llenaba de remordimientos: después de preferir la poesía de Rodolfo [Hinostroza], me resultó algo sobrescrita; después de preferir la de Antonio Cisneros, me pareció algo astuta; y después de preferir la de Lucho Hernández, me sorprendió la candidez de su ingenio (La comedia literaria)

No existe sobrescritura ni astucia en ningún poema de Martín Adán.  Tampoco en Vallejo; aunque, sí, acaso algo de sobrescritura en sus dos extremos: Los Heraldos negros y España, aparta de mí este cáliz ya que,  en ambos a veces, lo excede o el drama de su orfandad o lo humano de su emoción.  Tampoco es para nada astuto, aunque sobrescriba por exceso de virtuosismo, Jorge Eduardo Eielson.  Wetsphalen sobrescribe por doquier.  Varela es la soberana astucia porque siendo una auténtica poeta, en realidad, no le interesó la poesía; se conformó en representar, por primera vez en el Perú, a una mujer burguesa, educada e insatisfecha.  La prudencia encorsetó sus naturales alas; Varela daba para muchísimo más.   Watanabe, en cuanto se acordó de su fe o se reconcilió con su cristianismo patinó hacia aquellas dos falencias; cuando estaba desde ya henchido de Dios a través de la sabiduría de su pueblo (Laredo) que su poesía con brillo extraordinario ventilaba.  Watanabe como gozne o a mitad de camino entre los poetas políticos o civiles –todos, necesariamente, van a ser astutos y sobrescribir; sino contemplémonos en José Santos Chocano– tipo Antonio Cisneros (muy pronto prescindible para la poesía) o Rodolfo Hinostroza que confundió el tono o la tonada de época (verso proyectivo o composición por campos en su versión latinoamericana) con la poesía y de él va quedando, más bien y entre líneas,  el auténtico y hondo fervor por su padre.  Y los poetas que Julio Ortega describe aquí, aunque sólo refiriéndose a Luis Hernández,  con la palabra “candidez” (léase, histórica o política).  Entre esta última, y en tentativa urdimbre: Eguren, el primero de todos, Chariarse, Sologuren y, claro, el mismo Luis Hernández Camarero conformando tal una asordinada continuidad[2].  No se trata aquí de distinguir, como en los 50′, entre poetas “sociales” y poetas “puros”; sino únicamente advertir que tanto “sobrescritura” como “astucia” pertenecen a un campo semántico distinto al de “candidez”.  En el primer caso se trata de la carpintería o formato de los poemas que, obviamente, implica asimismo un sujeto poético detrás, más bien taimado.  En el segundo caso, el de “candidez”, no aludiría a la factura de los textos; Eguren ni sobrescribiría ni precisaría ser astuto, sino a la mirada.  Ergo, a juicio de Ortega, “candidez” alude sobre todo a la mirada; acaso naif o por lo menos poco crítica.

            Pues desde los años 60 (Cisneros, Hinostroza), pasando por Hora Zero (70) y Kloaka (80), hasta el presente, los poetas peruanos constituimos una verdadera bola de taimados; es decir, creemos que con el lenguaje supuestamente basta –el formato, el tema, lo referido– y no reparamos en la calidad de sujeto que proponemos al lector.  En otro lado, “Aguas móviles de la poesía peruana: De los formatos a las sensibilidades”, ya lo hemos puntualizado:

acaso es tarea de la academia, hoy más que nunca, intentar superar –a modo de un salto cualitativo– las clasificaciones y taxonomías y atrevernos a evaluar la “poesía nueva” en cuanto y en tanto “sensibilidades nuevas” en o para un contexto determinado.  Y, asimismo, atrevernos a trabajar  en el aspecto cultural con opacidades (mixturas, hibrideces, simultaneidades) ya que, de modo casi unánime, partimos de esencialismos o privilegiamos temas o motivos: esta poesía es andina — incluso ‘quechua’– porque habla de determinados temas o con determinado vocabulario; esta otra es del “lenguaje” porque es más o menos metalingüística; o esta otra es “meramente” coloquial o anticuada; etc.  Así no llegamos a ninguna parte

Es decir, y si cabe, hoy por hoy añoraríamos un Eguren lúcido  –no alienado ni evadido de la realidad– frente a la legión de sobrescribas (charlatanes)  y astutos que por oleadas nos asolan.  Charlatanes o bobos (aquellos del close up de Hernández sobre la remera de moda) para ser más exactos.  Es decir, constatamos ahora, y en toda nuestra región, una suerte de sed de fantasía, pero de no ficción .  Por cierto, Borges o Vallejo, solos o actuando en dupla, constituyen una espléndida alternativa.  Sin embargo, y justo desde los poetas con más potencia creativa, se ensayen éstas u otras opciones ante la noria de los que no tienen absolutamente nada que decir, pero escriben.

Uno de estos nuevos poetas peruanos es, sin duda, Carlos Llaza.  Acaso de modo prematuro, nació en 1983, desviscera pulcramente a la poesía o al animal elegido; es decir, sin revolver o dañar la entraña.  Arte decididamente simétrico o posantropocéntrico.  Por lo tanto, donde el parentesco:

no es esencialmente un fenómeno social; por medio de él no se trata exclusivamente, o siquiera primordialmente, de regular y determinar las relaciones de los seres humanos unos con otros, sino de velar por lo que podría llamarse la economía política del universo, la circulación de las cosas de este mundo del que formamos parte (Eduardo Viveiros de Castro, Metafísicas caníbales.  Líneas de antropologia postestructural. Stella Mastrangelo (ed.).  Madrid: Katk Editores, 2010. 195)

Cultura, sensibilidad, lenguaje, política, pedagogía, se conjugan y reúnen –jamás ingenua o inocentemente– sobre la piel:

La piel es nuestro punto

de encuentro.

Aquí venimos a parir.

En este acantilado

compartimos la lengua.

(“Hueso y pellejo”)

El habitáculo es un cajita

de cartón en que no hay sitio

para mis alas de cuervo.

El cofre mágico, baúl de abuelo

féretro de niño según

quien desempolve las esquinas.

La calle se retuerce ante el silencio

de los gatos y se eriza

con la luna de los huérfanos.

Anoche renunciaron las ventanas;

dicen que hay sol en el país de los espejos,

que el mundo no tiene cortinas.

(“Concierto vagabundo”)

Carlos (“Cae”) Llaza o, también, Carlos Quenaya o Sasha Reiter; todos ellos en sus veintes o en sus treintas.  Las nuevas generaciones de poetas peruanos tienen muy poco que aprender de su tradición desde los años 60′ para acá, mejor remitirse a las fuentes.  O, tal como también lo hicieron aquellos mismos maestros, catalizarse con otras tradiciones u otras culturas.  No para inventarse o militar en una globalización que, además, con esta crisis del coronavirus ya fue; sino más bien, a contracorriente del espejismo de lo centrífugo, multiplicar las patas y alargar el hocico.  Alimentarse por dentro.

NOTAS

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Once titular: Poetas peruanos siglo XXI (Segunda llamada)

Once titular: Poetas peruanos siglo XXI saldrá por VASINFIN/AMAZON este mismo año.  El concepto que sustenta nuestra selección se halla sucintamente expuesto en este video; aquello de escribir, tal como en el caso de la poesía de César Vallejo, aunque no igual que él, integrando el mayor número posible de nociones de las Humanidades. Nos proponemos algo distinto a evaluar plataformas, riqueza de canon o estilos; antes que la factura o el empaque de los textos, nos interesa identificar y antologar sensibilidades. La poesía rezuma al lenguaje empleado, como diría nuestro finado hermano Germán (obrero y poeta), constituye su “humito”. Once titular: Poetas peruanos siglo XXI, la elabora un único individuo, un tal Pedro Granados, por lo tanto todos los acuerdos y desacuerdos que pueda esta antología posteriormente suscitar, desde ya, los asume íntegramente aquél; es decir, ni grupos ni consorcios. Son bienvenidos poetas impresionistas, analíticos, venecianos o místicos, y de otros distintos pelajes, que hayan publicado su primer poemario en lo que va de este siglo. Nos hallamos en pleno proceso de lectura, probablemente de lo más conocido, pero siempre queda gran margen por explorar. En este sentido, convocamos a los autores interesados en que leamos sus textos a escribirnos a este correo: vasinfin@gmail.com

SOBRE EL ANTOLOGADOR:

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Myra y “Carlo”

El recorrido de Myra Jara, en La destrucción es blanca (2015), aparece enmarcado entre este texto liminar, dedicado a Carlo Bordini:

PIENSO EN UNA MUJER que besa un hombre

el hombre es un anciano alto y macizo

en su barba blanca he depositado mariposas puras

esas mariposas tienen pies de agua, piel de agua

 

y el final mismo del poemario donde un amado, denominado “Carlo”, se tornó:

”un perro blanco caminando en mi alma…

en la nube no tendrá ni edad ni sexo

será un cielo casado con una niña” (“Carlo un día”)

Es decir, sublimado o no, ennoblecido o no, nos hallamos ante un elocuente encuadre constituido por poemas de amor –de secular y multicultural tradición– entre una joven y un “hombre anciano alto y macizo”; propiamente, diríamos, el de una princesa y, como mínimo, el chamán de la tribu o, nada menos, aquel “dios parapléjico” que la autora convoca en el poema “Infancia: “Tengo que hablar con alguien, pero tiene que ser un/ dios” (“Infancia“)

Sin embargo, qué ocurre entre este “dios” y el sujeto poético; lo que encontramos en el mesocarpio de La destrucción es blanca van a ser gestos entre narcisistas, destructivo/ auto-destructivos y, más bien, carentes en absoluto de amor.

… Cuando hay pánico él me mira, él

me mira.  Es un hombre viejo y suave que se mueve.  Se

equivoca, se resbala.  Cae en la habitación todos los días.

Voy a su habitación a obsesionarme.  Estar obsesionada

en su habitación es imperfecto.  (“También cuando”)

 

lo más importante que una persona puede hacer

por mí es limpiar…

los limpiadores están llenos de instinto

(“Aquí sólo llegan”)

 

El movimiento es blanco

la destrucción es blanca.  (“Me interesan”)

 

¿La destrucción a la que somete la autora a “Carlo” es blanca, o a la inversa?

Este pantano en “mí” que, en un primer vistazo, semeja un resplandeciente estuario; estas ideas fijas embozadas tras un cuento de hadas; esta “suave” manipulación  van a reincidir en Catedral Italiana, poemario multilingüe de 2023, aunque con el añadido que incluso  ira a relajarse aquí  el rigor en el cuidado de la fabulación:

en mi vida todo es una caída. los poemas son caídas, el abismo. esa es la belleza que he podido almacenar en treinta años; una vez caí por años, caer es imitar a los pétalos, o las arenas (https://formavera.com/2023/07/04/catedral-italiana-myra-jara-toledo/)

Efectivamente, la poesía de Myra Jara, con lo difundida que está o estuvo a nivel internacional, no amerita –aunque parecerían brotarle a sus textos  algunas yemas o muñones– socializar una red que podría serle afín: la auto-fruición de los primeros poemas de Magdalena Chocano, la  indeterminación fetal de los gemelos en Cuarto mundo (Damiela Eltit) o la inteligencia emocional de una Alejandra Pizarnik; para no referirnos, asimismo, al glamour de una Ana Rossetti o los audaces y hechizados hallazgos metafóricos De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall.   Tampoco nos esmeraríamos en dedicarle un Aprendizaje de la limpieza.  Nada de eso.

Ahora, y como siempre, el “problema” no es del autor o de la autora que publica un libro; lo es, en primerísimo lugar, de la institución literaria que levanta la figura –a nivel local y, luego, a través sus contactos, overseas— y la mantiene a puro aire comprimido para que flote.  En este sentido, cabe encontremos  a la madre del cordero que parió La destrucción es blanca, primer libro de Myra Jara.  En el Perú, porque en principio este poemario surge en este país, habría que situarnos en el debate ideológico-político/ literario-artístico y generacional, aunque todavía en pañales en el Perú,  del cual aquel poemario es mero síntoma (reiterativo).  Pero este tema es un tanto más vasto para desarrollarlo aquí, prometemos retomarlo en una próxima oportunidad. P.G.

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Poesía y filosofía (y viceversa)/ María Rosa Maldonado

Acaso el problema universal con este binomio, Poesía/ Filosofía, sea una cuestión de empaque o mera convención; algo semejante a lo que cuando se trata de graficar el vuelo humano, según Gastón Bachelard, inevitablemente recurrimos a dibujar alas.  Ergo, ambos términos o esferas van juntos o, mejor dicho, andas siempre intersecados.  Si cito a Aristóteles, mi poema no se hace necesariamente filosófico; peor si hecho mano de una entomología de conceptos, por lo general, mi texto se tornará intransitivo y aburrido, por no decir ridículo.  Pero cuando con la poesía toco, de una manera aquí un tanto pedagógica, las diferentes nociones de las humanidades puestas en concertado juego, la chunto, acierto, tanto de cara a mi ser más íntimo (haya o no haya ser) como ante  el público (el cual jamás es un convidado de piedra).  María Rosa Maldonado atraviesa aquí, transversalmente, el canon (literario y filosófico), aquel que prestigia la exactitud y fruición por la palabra (Borges, Cortázar, Pizarnik); deconstruye la narrativa platónica o metafísica occidental; y, de modo simultáneo, enarbola una perspectiva multinaturalista: tal como sucede en los cuadros de Gauguin, no hay entorno, el todo es el protagonista.  La naturaleza en “Las hormigas” no es aquello superior o desconocido, tipo Horacio Quiroga, ni enemigo (novela “de la tierra”) ni enarbola primordialmente una perspectiva feminista o ideológica, a modo de “El árbol” (Elena Garro); sino que constituye, más bien, un guiño que nos pasa desapercibido o hemos olvidado. Y que los animales bien recuerdan. P.G.

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Manuel Fernández: La marcha de un poeta

Un tanto a modo de cierre de una reseña que hiciéramos del primer poemario del autor, Octubre (2006), decíamos:

pensamos que falta investigar en torno a la más adecuada edición o formato de sus versos en un futuro libro; la actual luce demasiado trajinada (moldes que, para el mundo hispano, vienen de la adaptación masiva del verso proyectivo anglosajón desde los años 60). Asimismo, acaso sería interesante templara un poco más las cuerdas de su vihuela y nos regalara un poco más de sí mismo; es decir, a alguien menos velado por la literatura… , a alguien más osado entre los ruidos ciertos de su ciudad natal (Granados 2006)

Respecto a este inicial reparo, y luego de siete años (2006 – 2013), podríamos decir que su siguiente poemario,  La marcha del polen, aunque en el mismo formato, en algunos aspectos constituye un salto cualitativo; sobre todo, en la seguridad del pulso de la escritura y la nitidez de la propuesta.  Épico, como en el caso de Octubre; aunque ahora en busca de “reconstruir la historia de su terruño, es decir, Breña” (Fernández Cozman 2013).  Su terruño que no es el Perú ni Lima, salvo por analogía, sino un barrio popular y adyacente a la capital como es Breña.  Lugar de intensa migración ya desde comienzos del siglo XX: provincianos que se aposentaban en los extramuros de la costosa y xenófoba Lima, capitalinos pobres desde antaño, negros y mulatos apiñados en el callejón, algunos extranjeros (aparte de los consabidos chinos, sobre todo, italianos, judíos y japoneses) tratando de salir adelante con lo suyo: altura y “buena” presencia o, si no fuera el caso, una tenaz voluntad de trabajo.  Claro, distrito lleno de vagos también (aquellos “Sampietris” de la tira cómica) o de lleno gente de “mal vivir” (inconmensurablemente cívica frente a la violencia de ahora mismo).  Breña que, si lo observamos en detalle, la constituyen asimismo variados  núcleos o discretas cuencas culturales: Nosiglia, barrio mulato, un tanto marginal dentro de lo marginal, donde encontramos la Gran Unidad Escolar Mariano Melgar; Chacra Colorada, provincianos agrupados alrededor de su tan imantado y desbordado mercado de abastos; la zona adecentada de sus avenidas (Alfonso Ugarte, Brasil, Venezuela, Bolivia o Arica); y un zona industrial colindante con la Av. Tingo María, y ex guarida de fumones, la cual era el límite natural del distrito hasta los ríos, mosquitos y potreros que luego constituirían otras nuevas urbanizaciones del Cercado de Lima.  Breña evangelizada, en general con éxito, por laboriosos salesianos, hermanos de la Salle y jesuitas; no iríamos a encontrar en su contorno la zamacueca desenfrenada de La Victoria ni los valses y polcas por varios días consecutivos de los Barrios Altos.  En su “relato” o  puesta en escena, Manuel Fernández parte y se orienta desde Nosiglia hacia el resto del distrito; en específico, desde una piscina (a la que nosotros mismos asistimos de escolares); es decir, pareciera que el autor hubiera vivido por aquí, y estudiado en el colegio Salesiano (primera cuadra de la Av. Brasil).  Ahora, abundan las anécdotas sabrosas y también las calculadas infidencias, como aquélla en que el sujeto poético filtra que se apoya sobre “tres piernas”; indicio de carácter sexual que condice significativamente con el lema del libro, La marcha del polen.  Aunque, en modo alguno, nos hallemos ante Arcadios y Remedios de una Cien años de soledad.  La nostalgia se impone e incluso ahoga la crítica socio-política.  En otras palabras, un sujeto poético sin nítidas convicciones ni resoluciones debilita, también, la ambición  argumentativa del poemario; al final, los problemas o las injusticias únicamente se exponen.  Un dron, a bajo vuelo, observa, gira y otra vez se pierde.  El niño Jesús de Chilca no es lo más adecuado para auscultar el sedimento de un barrio pobre, arrecho y violento como Breña; tanto la mirada burguesa de Antonio Cisneros como la crítica tan elogiosa de La marcha del polen por parte de José Carlos Yrigoyen (dueño de El comercio) no dan para esto.  Aquí se precisaba del aguafuerte de los versos de Pablo Guevara, no del pastel o la acuarela.

Sin embargo, y a muy buena hora, esta mirada tenazmente tímida o conciliadora va a resquebrajarse y estallar (sin alienar cultismos ni buen humor) en los siguientes libros de nuestro autor; por ejemplo, en El hombre (2024).  Diez años después de La marcha del polen y casi veinte desde Octubre, Manuel Fernández irá a constatar –junto a Carlos Germán Belli, George Orwell y Franz Kafka– aquella osadía que reclamáramos a su primer poemario y que en El hombre luce cumplida y tan persuasiva como en el siguiente poema:

Poema para ser leído cada 1 de mayo

Yo

Manuel Fernández

ex colaborador

a tiempo completo

padre de dos

con condición

sobrepeso

e hipertenso

declaro:

que habiendo pertenecido al sector formal

privado

asalariado

no hube alcanzado la felicidad

jamás

ni la seguridad

ni la tranquilidad

que prometen

el sistema

y su bien diseñada

publicidad

pese

a los quince sueldos

seguro y escolaridad afectos

pues

las vísceras

se me desacomodaron

siempre

obligado como estaba

al empleo geométrico de mi tiempo

y por tener que vestir

siempre

de camisa

y pantalón

y saludar

siempre

a todos con una sonrisa

y dispuesto

siempre

a llevar como un estandarte

la camiseta de la empresa

su misión

su visión

a todas partes

mi sumisión

a todas partes

como horas extras

que no figuraron

nunca

en ninguna boleta

obligándome siempre y

por contrato

a retener la micción

la defecación

un poco más de consideración

y a poner

siempre

la otra mejilla

si así lo requerían

los que ocupaban

los pisos de arriba

cuidándome

siempre

de reservarme mis opiniones

pero registrando todo

sin soltar palabra

para que aquel que nos vigilaba

no se enterara

del sentido

y la urgencia

de sustraerse un poco

del evangelio

de la excelencia

de la productividad

y la proactividad

que tanto

de las testes

me tenía inflamado

porque el verbo

empresarial

nunca

se hace carne

en la mesa

de nadie

acostumbrado

como está

a la inflación

y a la fluctuación

permeable

como es

también

a la valía y

plusvalía

a crisis y pullas

y políticas represivas

que dejan en claro

que hay que ser

tremendo cojudo

para creer

que el mercado tiene vida

que existe

y transpira

y que por sus propios principios

se disciplina

cuando más bien

son los trabajadores

los que sacrifican

sudor

energía

los que ofician el milagro

por el que

la rueda

todos

los días

gira.

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“Todas las batallas perdidas”/ Joaquín Juan Penalva

“Todas las batallas perdidas” nos remite a la proyección de un mural cultural, aquí, película, episodio histórico, otra vez una película; ante la cual, una vez concluida, quedamos tan tranquilos como desollados.  Jirones de cultura de los que Penalva ha rescatado un enésimo, aunque entrañable, personal anacronismo.  Proceder de la inteligencia y de la poesía que se hacen urgentes.  Deconstruir sin sustraer a la cosa su cuerpo; filosofar sin que en nuestro tamiz se excluya la sangre; en fin, recordar aquello que continúa vivo y presente.  Tratar una puesta en escena cotidiana desde las tablas y hacia el espectador y, de modo simultáneo, socializar aquello que sucede entre bambalinas.  Este ejercicio de autonomía y gracia lectora, creemos que debería fomentarse como  una práctica ciudadana de hoy y hacia el futuro.  No creer de buenas a primeras en ninguna de las múltiples aristas de lo que vemos o que nos dicen (que veamos), previo a nuestro soberano desmontaje.  Sobre todo, si se guarda la propia temperatura de las cosas que se desmontan; es decir, si nuestro procedimiento nos es mero eslabón de una agenda teórica más, y mayor manipuladora todavía.  P.G.

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[Moro y Led Zepellin]

Moro y Led Zepellin

Un mismo neumático quemado

Al sol expuesto

Moro no se entregó a Moro

No se animó a dejarse llevar y fluir

Tal como César Vallejo

El Vallejo escondido y reptante dentro de la serpiente

Moro pensó cayó en la cuenta

Tal como el mar partido partió su pensamiento

Y esto mismo lo escindió

La tortuga ecuestre va de visiones a silogismos

Y viceversa

Otea fragmentos y añade pliegues

No es una piedra que luego es el mar y luego

Un inmenso y suculento repollo

Moro dio crédito a E. A. Westphalen

Y por eso dejó de dar oídos a César Vallejo

Lo cual le hubiera ahorrado torturantes cambios

De género de luz de sujeto poético

Vallejo que no es Zepellin salvo

Por aquella Jimmy Page’s guitar

Westsphalen el más indigente de los poetas urbanos

Del Perú el más extraviado de todos

Desubicado aunque influyente como es lo usual

Y hasta el día de hoy

¿Hablo de Moro hablo de Vallejo hablo de MVLL

Que siempre desconfió del Cholo

Porque le fueron mucho más asequibles

5 metros de poemas y La tortuga ecuestre?

Hablo de mí y de la alegría que me toca

Y del dolor que se me avecina

Dolor en tanto ozono

Que se disipa cuando acaba la madrugada

Mario Vargas Llosa y José María Arguedas

El astuto y el cándido

El prudente y el confiado

Uno que ha regresado hoy y el otro que parte

Vallejo era el fin y el principio

 

©Pedro Granados, 2025

 

Vallejo:17 de diciembre de 1930*

Vallejo serpiente

Entre chofer de camión

O boxeador de provincia

Únicamente las putas

Y la policía te miran tal como eres

(Adolfo Venegas dixit)

Jesucristo camino del Gólgota

O un parpadeo de Inkarrí

Un momento de desánimo

Parapetado bajo tu camisa

Detrás del nudo de tu corbata

Tu cuerpo apanado en harina

Para freírte mejor

Para comerte para beber de ti

Todavía no nos han dado de alta

Convalecientes eternos

De un mal que ignoramos

O que tercamente negamos

Y dejamos pasar de centuria a centuria

Que desde la garganta anudada hasta los pies

No somos de este mundo

Y esto constituye el verdadero secreto

Nuestro problema secular

La incógnita que nos desvela

Qué hemos hecho de nuestro vientre

De nuestro sexo

De nuestras piernas debajo de aquella lanilla

Cómo caminamos y lo que somos mientras comemos

Y cómo se manifiesta aquello que engullimos

El cuerpo de aquel boxeador, nuestro gran desconocido

Los genitales del poeta sin responder

Todavía

Los golpes del corazón el calibre de sus nervios

Las tamañas fauces del canto

 

©Pedro Granados 2025

 

“Según explicó Gianuzzi en su muy informada exposición, ambas fotografías fueron tomadas en París, en diciembre de 1930, cuando Vallejo tenía 38 años. Y corresponden a un episodio muy particular: mientras andaba por las calles de la capital francesa junto a unos amigos, el poeta fue detenido por la policía, que lo acusaba de pertenecer a un grupo comunista”

*FOTOS DESCONOCIDAS Y ENCONTRADAS POR VALENTINO GIANUZZI

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TALLER DE GEOPOÉTICA

Taller online de poesía.

Caribe, para sacudirse de una vez por todas de Pablo Neruda.

Cono Sur, para que en nuestro contrato con el lector no intentemos, desde un principio, pasar por individuos listos.

Brasil, para que nuestro performance (cuerpo y ritmo) aterrice mejor en nosotros mismos y luego, y con más potencia, en el papel u otro soporte a través de la escritura. No estamos conminados a la poesía mural y de autoayuda (“acción poética”); ni, tampoco, limitados a trascribir en portunhol selvagem.

Andina, para que leamos en su real expresión, de modo gozoso, a nuestro César Vallejo.

Amazonía, para liberarse del espejismo y culto de los medios –exotismo, multiplicidad de lenguas u otros mimetismos locales– y optemos siempre, más bien, por las sensibilidades (ejemplo, los relatos en un cuidado “español” de Luis Urteaga Cabrera); las cuales constituyen nuestra verdadera lengua común.

Latina (USA), para, a ejemplo de Tino Villanueva, dialoguemos más fluidamente con las demás cuencas culturales; y encontremos que nos ligan más afinidades que nos separan diferencias.

España, para que una vez superadas la “poesía de la experiencia” y la “poesía de la conciencia” y la “poesía de la chocolatina”, etc., percibamos todo ello como desde otra margen, la de América Latina; para, luego, permitir filtrarse mejor y a borbotones toda esa oralidad y poesía –a cada paso y a cada minuto y a cada lectura de los clásicos– del territorio de España.

México, porque no todo fue Octavio Paz ni todo debe ser ahora afectado infrarrealismo o un Bukowski, no de sótano, sino de vitrina. Porque en nuestro contrato con el lector no empecemos por apuntarle con un revólver.

En español, portunhol selvagem, spanglish y un largo etcétera.

Taller permanente.

Contacto:

vasinfin@gmail.com

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