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Narrativa

Deslumbramiento/ Guadalupe Ángeles

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verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo
Piedra de Sol, Octavio Paz

Hay algo que agradezco a esta ciudad, después de todo: el olor del azar. En algunas calles que camino, por estas fechas, los árboles tienen pequeñas flores blancas que despiden un perfume que ha llegado a ser un deleite percibir. Cuando al andar me sorprende ese aroma dulce, doy gracias por tener un cuerpo todavía para disfrutarlo; yo, que tanto he dicho no querer un cuerpo, agradezco por el que tengo al tiempo, al azar.

Pero ¿cuándo nació esta oscura ocurrencia de no querer un cuerpo? Fue aquella mañana fría cuando nos miramos a los ojos, agotados, dejando tras nosotros, para siempre, al palacio blanco.

Ambos estamos fuera y quizá jamás debimos penetrar en las doradas estancias de aquel palacio donde por un instante fuimos lo que no seremos jamás, para siempre ajenos el uno al otro, voluntariamente solos después de la vasta furia de ese instante cerrado en el tiempo, para siempre fugaz.

Aquel día irrepetible te esperé caminando bajo el luminoso sol de una tarde de febrero, preparaba mi corazón para el silencio último o para la primera palabra. Yo estaba allí y tú llegarías; fui donde no supieras encontrarme y regresé y partí y tuve frío y dormí y esperé hasta escuchar que tocaban a la puerta y abrí: entraste, conversamos largo rato hasta que decidimos salir, y tras andar breves calles, fuimos a caminar sobre la arena, a sentir el viento a la orilla del mar.

Nuestras palabras iban limpiando el camino hacia cada uno de nosotros, quise ser clara como el cielo donde la luna se reía de nosotros.

Llegamos entonces al palacio blanco, poco antes lo habíamos visto de lejos, era una construcción imposible a la orilla del mar: sobre rocas oscuras elevaba su deslumbrante presencia. Había luces encendidas dentro, pero el silencio lo envolvía, sólo se escuchaba el romper de las olas contra sus paredes de piedra. Entramos por una puerta apenas insinuada en uno de sus flancos, subimos por una escalera tallada en roca y nos encontramos con el palacio totalmente deshabitado: lujosos muebles, adornos de acero y cristal sobre mesas de mármol, todo era blanco, sólo algunas figuras y paredes doradas hacían el conjunto más sobrio, elegante, claro.

Vimos una amplia escalera al fondo de la estancia, ascendimos hacia las habitaciones donde edredones blancos cubrían enormes camas, alfombras mullidas; pasillos donde espejos reflejaban nuestros gestos de asombro, nuestras manos tomadas a la espera de alguna clave para huir; pero nada, sólo el rumor del mar y nuestros pasos sobre el mármol entre las plantas dispuestas junto al umbral de puertas desmesuradamente altas.

Y fue en una habitación rodeada de espejos donde decidimos quedarnos a esperar, quizá seducidos por aquella mesa de cristal sobre la que esperaba un tablero de ajedrez. Por jugar, apagamos la luz y vimos la estancia iluminada por el brillo de la luna, pues justo a un lado de aquella mesa se abría un enorme ventanal que daba al mar; encendimos la luz y con apenas una mirada nos pusimos de acuerdo: yo tomé asiento frente a las piezas doradas; tú, dueño de las figuras de cristal cortado iniciaste la partida; aún me río de mí: vergonzosamente perdí al tercer movimiento y tomé tu mano izquierda, sobre su palma recosté mi mejilla sólo un instante… antes de que penetrara por el ventanal un gigantesco ángel moreno de cabello lacio, cuya armadura lanzaba destellos bajo la blanca luz. No hubo tiempo de nada: desde su enorme estatura nos miró en medio del batir sereno de sus alas abiertas, suaves, y nos tomó como a muñecos de trapo, no dijo una sola palabra, atravesó nuevamente el gran ventanal quizá con la firme intención de arrojarnos al mar, pero tras mirarnos un segundo decidió llevarnos de regreso al palacio, a una de las salas donde paredes de mármol gris reflejaban la imagen de una orquesta inexistente que interpretaba un aria poderosa; nos lanzó con fuerza hacia dentro, pero sonreía; sin dejar de mirarnos se acercó lentamente y ante el fuego encendido en una chimenea al fondo de la sala, donde tú y yo, agazapados esperábamos, temblando; nos miró sonriendo de mala manera, luego nos tomó con una sola mano, se ovilló a un lado del crepitar de las llamas, sobre la blanda alfombra, y se dedicó a observarnos hasta que cesó la música. Luego, en medio del silencio, sin soltarnos, pasaba sus dedos sobre nuestros ojos cerrados de angustia, nos tocaba el pelo, el rostro; nuestros brazos parecían de acero, pero tu corazón y el mío manteniendo un ritmo acelerado expresaban un temor tan grande como sus alas, que tras él, quietas, abiertas, nos fascinaban.

Y así estuvimos, presos de su curiosidad un largo instante, un breve segundo intacto que parecía inacabable… hasta que se oyeron voces, gritos… él se puso de pie, y olvidándonos, salió tranquilamente por el gran ventanal, desplegando sus alas e iniciando un majestuoso vuelo hacia la noche.

Inmóviles, lo vimos traspasar el umbral de la ventana y poco después se apagaron las voces.

Salimos de prisa sin ver a nadie, al fondo del pasillo encontramos una escalera de caracol por la que descendimos directamente hacia la playa, justo tras el palacio, donde rompían las olas.

Sin volver la vista corrimos por la orilla del mar hasta que los primeros rayos del sol iluminaron el cielo.

Muertos de cansancio nos miramos a los ojos y en un abrazo último, sin decir nada, envueltos en el frío de la brisa marina, nos despedimos para siempre, incapaces de vernos otra vez, después de haber sentido la cruel belleza del ángel que para siempre permanecería en nuestros sueños, mirándonos mientras aquella música indescriptible nos aterraba y seducía al mismo tiempo… fue entonces que quisimos ya no tener cuerpo, nunca.

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Comida zombie

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La comida de Anna era zombie. Todo lo cocinaba en el espacioso micro-ondas; jamás en la poderosa cocina con finos acabados de cobre y listones de tocuyo que venían acaso del tiempo en que la compró, hacía años. Filetes enormes de pescado, brócolis gigantes, tomates enteros, granos de pimienta con vida autónoma, harta mantequilla. Y en todo esto, lo de cocinar mientras contemplaba por minutos cada una de las piezas de carne e incluso la aún dormida especería, pasaban horas. No me creerá el boquiabierto lector, pero estas invitaciones de Anna a cenar –en nuestro propio apartamento– podían comenzar a las 7 pm y terminar a la una de la mañana del día siguiente. Eso sí, junto con la película estelar o la pelea más nocturna del programa de box. Se apagaba el televisor y se daba por concluida la cena. Donde, por lo general, no había podido avanzar más que en su cuarta parte… y las zanahorias casi enteras y los tabiques de cebolla que hacían como una maqueta dentro del plato –con su tan característico y homogéneo tono pálido– habían ido a parar al tacho de basura que yo tenía siempre camuflado para la ocasión.

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Sutil assento/ Izabela Fernandes de Souza

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Espaçoso, antigo e útil. Revestido, entalhado e aperfeiçoado. Seguro e estranho, não, estranho é o adereço que o envolve. Um banco percorrido por traçados convertidos, analógicos, com agudas arestas que ofuscam os olhos cansados de quem se atreve interpretá-lo. Bravio, fruto de trabalho antigo, suado e feroz que esplandece seu valor. O vento toca carinhosamente os detalhes evoluídos daquele grande e vazio assento.

Não entendo o porquê daquele adereço, as pessoas passam vagarosamente, sem se quer reparar aquele enigma. Um banco vazio, antigo e pesado, não ultrapassa a imaginação de quem viaja em sua intensidade.

Espaços vazios? O que representaum assento vazio?Porque se questionam?

Sim, algo quebra a perfeição do momento planejado, uma grutesca senhora senta-se. Senta-se ao lado do banco sobre os pedregulhos entalhados pelo piche amigavelmente repousados sobre o chão. Delicadamente tece uma trança e os olham, possui ventania em seu olhar, deve ser bruxa, ou um nada jogado ao lado de um exuberante banco. Não parece saber ler, alias não parece enxergar. Isso explica sentar-se no chão?

Sem ser inibida e enfeitiçada pelo que não viu, saboreia o prazer de usufruir aquele próximo repouso. Excelentíssimo assento, seria uma prazer o usufruir porém esse trapilho dependurado em vós, nos impede. Quem por ousadia lhe pendurou essa estranheza; “senta-se, caso for convidado!”. Distintas organizadas palavras que inibem o olhar admirado daqueles que atravessam a movimentada avenida e se depara com um banco embrulhado por olhares vigiantes no meio da pista, travando e impedindo todo o livre arbítrio do transito caótico, do andar distorcido, daquele pensar convertido, do trafegar cansado, do sonhar embriagante…
Deliro absurdo te ver, te admirar e,e,e… Cadê? Deixa? Ó assento cruel e magnifico, que não nos liberta dessa delirante orgia, ultrapasse os limites da confusão e nos desvie dessa angustia azucrinante.

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Veterano marine

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-!Buenos días, Anna!
-Buenos días, Padre John
-Créeme que siento mucho, Anna, lo que pasó con Joe.
-(….)
-Pero mira tu ojo, es una barbaridad lo que ese pobre hizo.
-Ya va mejorando.
-Sin embargo, debes saber que si lo denuncias… que admito de sobra se lo merece… sería enviarlo directamente a la cárcel de donde ha salido con libertad condicional. Nosotros, la comunidad de esta Iglesia, hemos actuado como sus fiadores o su garantía. Por eso es que nos ayuda, junto a los demás voluntarias y voluntarios, en atender las mesas a la hora de la colación. Nosotros, cada semana, damos un informe puntual y directo al juez que ventila su caso.
-(Anna, sin bajar la mirada ante el presbítero, se quedó meditando )
-Joe podría quedar en la cárcel, y sin posibilidad de fianza, por unos cinco o seis años más. Me ha dicho que está arrepentido, Anna. Que lo hizo en un momento de máxima ofuscación porque te negabas, al filo del cierre y cuando ya todos habían entregado sus platos, a levantarte de la mesa. No lo disculpo, por el cielo, pero debes de reconocer que tenemos el tiempo medido y que para una persona como Joe, tu demora lo puso nervioso hasta hacerle perder los estribos y, sobre todo, el respeto que te mereces.
-No voy a denunciar a Joe, Padre John.
-Muchas gracias, querida Anna. Y, recuerda, debemos procurar apurarnos un poquito más y terminar nuestra colación dentro del tiempo estipulado… de 7 a 8pm es más que suficiente para compartir la comida y dar gracias a Dios por los bienes recibidos. Otra vez, recibe nuestras disculpas y agradecemos tu cristiana decisión.

Anna se levantó y estrechó brevemente la mano del Padre John. Lucía, sobre su ojo derecho, una aureola espesa entre morada, rosada y verde. Su amigo Robert Staton, un parroquiano de la Swedenborgian Church y ex matón arrepentido de la célebre mafia de South Boston, iba literalmente a asesinar a Joe. Pero Anna, con mucha dificultad, logró disuadirlo contándole su breve entrevista con el Padre John.

Conservo, hasta ahora y no sé cómo, una fotos de aquel terrible trance de Anna. Recuerdo haberme ido de Boston por algunos días y, al volver, encontrarla de repente en aquel estado. El rostro más neutro del mundo, un neumático de rostro, y en su parte superior una gran sombra oscura… Como el camuflaje de un recio y veterano marine , ni más ni menos.

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Ben

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Para G. A. B.

Ben hacía cola a un costado de la iglesia del barrio para, a través de una angosta puerta de madera, ingresar al amplio recinto de la colación. Shorts cortísimos, de motivos caribeños; aunque, eso sí, altas botas de cazador de osos y una casaca o una morsa completa sobre los hombros para sintonizar con el recio frío bostoniano. Mirando a Ben, como a otros y otras que una media hora antes constituían las estatuas o los árboles o los mismísimos edificios alrededor del Commonwealth, me atreví a imaginar que el invierno del norte era benigno, refrescante, aliado y alegre a pesar de estar ya varios grados bajo cero y con sol únicamente algunas escasas horas.

Los homeless de Boston tienen sus alfas. Y como grupo humano padecen de hiperkinesia. En cualquier momento algo está por estallar. Desde un intrascendente lío por la mantequilla, que por lo demás abunda sobre las bien provistas mesas de la colación, hasta un crimen atroz –aunque siempre impune– porque se cometió con el ojo, la pestaña y la ceja. Los voluntarios que atienden estos losergardens vespertinos –hacendosos muchachos, a veces señoras, todos gente de bien– deben aplicarse al máximo… adelantarse a lo que haga falta sobre las mesas de tan excesivos personajes. E incluso anticipar, atinando con un escueto saludo o una conversación relampagueante, lo que ocurra en la inquieta imaginación de los líderes o alfas … nice jacket, Nancy; do you like more lettuce, Anna?; time to repeat!… y otras frases por el estilo que se aplican como un fierro sobre los carbones ardientes de una chimenea. Ora se aparta un carbón por aquí; ora se atiza algún otro por allá… para mantener equilibrado el fuego.

No me atrevería a decir si existe o no promiscuidad sexual porque no me consta. Lo que sí hay es amor o, al menos, posesión sumisa y elocuente. Las mujeres reclinadas a sus alfas como San Juan, hacia Jesús, en La última cena. Pero los olores sí que son sexuales. Aunque cuál aroma podría faltar entre estos vecinos que rara vez se bañan. Salvo Anna o yo. Y acaso aquella digna señora, tan venida a menos la pobre, que de inmediato –cada vez que me la topo– la relaciono con los días que pasara Georgette de Vallejo en el Perú. Viuda célebre y no menos polémica dama a la que, a decir de un ocasional y casi secreto entrevistador, tan sólo le alcanzara para comprar 50 centavos de bonito durante doce años.

Me alegró mucho encontrar a Ben en aquella entretenida película de ladrones y policías. En algunos comedores de homeless no es extraño aparezcan cartelitos solicitando extras para la boyante industria cinematográfica local. Ben, entonces, no era una excepción; me dicen que antes, otros, ya habían aparecido también sobre la pantalla gigante. Llevaba sus habituales pantaloncitos calientes y, como siempre, sus hombros sobrecargados con pelo de animal más su propia copiosa y enmarañada melena. Por coincidencia, la película transcurría durante el invierno y estaba ambientada sobre la ciudad. A trechos, la nieve aparecía congelada y sucia; en otros, era blanca, blanda, brillante e incluso se me antojaba podría tener agradable sabor.

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Cápsulas de Copacabana/ Diana Araujo Prereira

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Alguém, um empresário de visão, deveria pensar em vender cápsulas de Copacabana: instantes de tempo e sonido congelados para serem colocados no micro-ondas e impregnarem de cheiro salobre, ruído de ondas e sensação de horizonte até os apartamentos mais cinzentos e distantes.

Cápsulas saudáveis, prescritas pela medicina (a alternativa já serviria) e empacotadas em pequenas caixinhas verde amarelas com tucanos e coqueiros em primeiro plano.

“Cápsulas de vida”, diria a propaganda. “Cápsulas de esperança, sustentabilidade e conexão com a natureza”. E quem sabe assim, pouco a pouco, poderíamos ir fabricando cápsulas de saúde turística: Machu Picchu, Corcovado, praias caribenhas, etc., que seriam enviadas para todos os destinos do planeta, nessa abençoada empresa global…

Por fim, economizaríamos tempo e seríamos, então, muito mais produtivos!

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El ángel de arriba

Para Charito

Echo de menos Boston, a pesar que allí recibí la noticia –desde Lima, Perú– del fallecimiento de dos de mis queridos hermanos: Germán y Eduardo. Agobiado y sin dinero y como estudiante graduado, la única que compartió esas definitivas noticias, distantes una de otra en poco más de un año, fue Anna Brown… de quien no sé nada hoy en día… la conoce alguien… me ayudan a ubicarla.

Anna era excéntrica, no sé si millonaria; pero algunos en el barrio de Beacon Hill cotilleaban aquello. Algo de su padre, distinguido economista y republicano en los años 50, que le dejara una cuantiosa herencia administrada, para el año 2000, por una abogada con la que sólo una vez me topé en el departamento que compartíamos –mejor dicho, donde tenía mi cuarto– con Anna. Por otra parte, era como para no creer aquello. Con ella aprendí a cenar, literalmente, en todas las iglesias de downtown Boston. Teníamos los horarios de cada una. Al principio iba con ella; pero luego lo hacía solo y allí nos encontrábamos y regresábamos juntos a casa con panes y frutas y, no pocas veces, más comida que conseguíamos igualmente gratis… y que se amontonaba y podría fuera de las dos enormes refrigeradoras de la cocina porque, sin exagerar un ápice, no cabía guardar ni un trozo más de comida allí. Algunas veces, incluso, tuve que ayudarla a deshacerse de conservas –por décadas vencidas–; lomos de salmón intactos, de olor y color ya desconocidos; panes, chapas, pepas, cáscaras antiguas, periódicos, etc…. Porque la gente de nuestro respingado edificio ya no le perdonaba una más. Uno más de aquellos aromas que se filtraban hasta el corredor y las escaleras de, repito, más bien encopetados vecinos.

Pero no solo esa extraña complicidad nos unía; aquello de tener que deshacerse, en enormes bolsas de negro polietileno, de toda la basura acumulada por meses o años. No, no era lo único. Porque los residuos que no iban en aquellas oscuras bolsas los conducíamos y guardábamos, por cada estación del año, en los lockers –diecisiete en total y del tamaño de un cuarto pequeño– que Anna había rentado justo para este propósito. Que ella era tacaña y adicta a guardar cosas, como dicen por allí anal, no me atrevería a sostenerlo. Varias veces, me consta, los cartones y algunos diarios (pocos más bien ) cuando se nos hacía tarde los llevábamos en taxi –pagando siempre una pequeña fortuna– al centro de reciclaje más cercano. Eso sí, y quizá ahora no tanto a su favor, en el supermercado usaba por meses las mismas bolsas de plástico degradable que allí le dieran. Que ganaba un mínimo descuento por ello, no me cabe duda. Pero que le pagaran algo por rescatar y devolver –también conmigo– los carritos del supermercado que nos encontrábamos tirados a lo largo del camino… Ella no daba un paso más, incluso en pleno invierno y con la nieve hasta los tobillos, si no hacía retornar –a veces toda una piara de estos carritos– a su exacto lugar de pastoreo. ¡Ah, querida Anna, quién me podría hacer saber algo de ti!

El cuarto que alquilé en su casa estuvo ofrecido, vía la Off-Campus Housing Listing Service, para cualquier estudiante de la Universidad de Boston. El detalle es que, contra todo pronóstico –tratándose de alquilar algo barato en aquella carísima ciudad y más en una zona como en la que Anna vivía– cuando miré aquella lista, a incluso un mes de haber empezado las clases, la oferta seguía en pie. A decir verdad, era ya la única opción en toda aquella oficina dedicada al servicio de alquileres para los estudiantes.

A mi entrevista me acompañó el Perry, otro peruano amigo, pero con mucho mejor inglés y más sentido común. A Anna, de setenta años a la sazón, le encantó el Perry por su elocuencia con el idioma; pero el que fue su room mate fui yo. Yo, a quien dos años después ella dedicaría una frase inexplicable: “-eres un ángel”. Era el apartamento 1206 de un edificio en cuya planta baja funciona una sucursal de la Swedenborgian Church. Iglesia en la cual mi amiga fungía, invariablemente, de ayudante de cocina los domingos y se encargaba de que, luego de la comidera en el refectorio, todo quedara impecable. Lógico, la iglesia abajo, la institución. Y el ángel de Anna arriba.

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Passagens do dia/ Henrique Santana C.

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O celular vai cantar três vezes antes de você acordar e, quando o fizer, vai quebrar o silêncio. Nada de novo vai acontecer. O lençol vai escorregar até os seus pés, para serem resgatados até o alto de sua cabeça, enquanto seus olhos, de novo, fitam o relógio.

Hora de acordar, você se diz. Mas não levanta. Ao invés, vai permitir que seus pensamentos afundem no sono, e que sua mente deite um pouco mais na dormência. Nada de novo vai acontecer. E é lutando contra essa vontade louca de ficar ali sem fazer nada, que se levanta. Olha ao redor, e os outros dois estranhos ainda roncam – não se importe, você pensa. Desliza os pés por entre os chinelos e apenas com a luz que invade o pedaço da janela não ocultado pela cortina do quarto, se arrasta cambaleante e morto-vivo até o chuveiro.

– Hoje vou dormir mais cedo, você mente.

E quando piscam os olhos, o ambiente mudou, o tempo passou, e seus sentidos nem perceberam – é o efeito da rotina. Enquanto finge com seus amigos uma piada qualquer do café-da-manhã, ergue o cartão e a primeira passagem se faz: hora de entrar em uma viagem rápida, para um lugar rápido.

– Se estiver com sorte, vou ter um lugar para sentar, você pensa. E isso acontece.

Nos seus fones de ouvido há um silêncio tumultuoso, enquanto a voz de um ser distante vem até a sua consciência em forma de deja vu… “I believe i can see the future, cause I repeat the same routine”. E ele está certo, você se diz. E aos poucos você se recorda de quando tudo ali era novidade, e de como o novo te fazia querer acordar cada vez mais cedo para abraça-lo. Mas agora o novo se tornou um desejo gritante por novidade. E nem faz tanto tempo assim e…

E antes de poder pensar seus olhos piscam. O céu escureceu, nada de novo. Hora de voltar pra casa. Você ergue o cartão enquanto ri com seus amigos de uma piada feita durante essas horas e horas do dia que passou e ninguém percebeu. Se estiver com sorte, vai ter um lugar pra se sentar no ônibus, mas isso não acontece.

– Hoje eu vou dormir mais cedo, você mente.

Passagens de um dia qualquer.

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Saturno/ Alejandro Alonso

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II
Deshonrado por una violenta violación sucesiva a manos de su propia prole/ Saturno paga caro el precio de su osadía en pos del infinito/ Aúlla ciego de ira con el dolor causado a su integridad colosal/ La locura explota en sus pupilas/ La acidez de la rabia le cuece el paladar/ El escalofrío del ultraje corroe sus entrañas/ Tirita por la fiebre de la virginidad perdida/ El silbido de la violencia orada el laberinto de su espíritu/ Abandona la caverna donde resguarda el diamante de su alma/ Oculta su vergüenza con el sudario del holocausto/ Asoma a esa otra caverna que cobija las estrellas/ En la bóveda fulgura la eclosión de un cuerpo celeste al momento de abrir un hoyo negro en el plano multidimensional/ La muerte del astro es protagonista en el tatuaje hiperbarroco de centellas/ Inconmensurable la boca de Saturno exclama su estupefacción/ Su prole extiende una cola de cometa tras aquella hecatombe a millones de años luz/ Los vástagos proyectan su fuga hacia la dimensión del universo que inaugura la muerte de la estrella/ Esperan un asilo divino luego de saciarse con su progenitor/ Sin demora Saturno alarga su zancada de estrella fugaz es pos de los culpables/ Sus ojos despiden el furor de la venganza/ Ascenso en descenso/ Absoluto en el vacío/ Todo en la nada/ El látigo de la antimateria golpea las espaldas de Saturno justo cuando esquiva la relatividad/

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Crónica/ Bruno Eliezer Melo Martins

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Vou lhe dizer o que é milagre. É você tomar banho com um minusculo sabonete ou melhor um resto de sabonete, uma folha de sabonete e ainda não deixa-lo cair. É entrar num onibus lotado e ainda sorrir para todo mundo. É vender uma cesta de doces debaixo do quente sol de verão. É dar um dia o osso ao cachorro e no outro comer a carne. Milagre é ver o sol nascer sem ter sono e ir dormir sem ele. É escrever a crônica do dia seguinte para o jornal local no sacolejo do ônibus lotado distribuindo sorrisos e vendo os que entram e saem. É dar ao cobrador o endereço e descobrir que ele é vizinho de sua pretendente. É dar asas a um grito e corta-las de passáro, sem que com isso deixe-o de fazer voar. Milagre é antes de mais nada sobreviver os anos da infância e os anos da juventude sem nada de espetacular, sem nada que marque a face ou o peito com uma ou algumas cicatrizes para toda vez que se ver refletido perceba sua história e deixe lembranças tristes mais belas, ou belas mas tristes ou ainda simplemente tristes. Como aquela da primeira namorada, da segunda e da terceira. Milagre é não ter essas lembraças infelizes e escrever para o jornal local. É usar o papel e a caneta como quem usa o martelo e a talhadeira. Milagre é ser o anti-milagre de morrer jovem mas num gozo, num pleno e verdadeiro gozo E ter uma profunda esperança de continua-lo por toda a eternidade.

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