Comida zombie

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La comida de Anna era zombie. Todo lo cocinaba en el espacioso micro-ondas; jamás en la poderosa cocina con finos acabados de cobre y listones de tocuyo que venían acaso del tiempo en que la compró, hacía años. Filetes enormes de pescado, brócolis gigantes, tomates enteros, granos de pimienta con vida autónoma, harta mantequilla. Y en todo esto, lo de cocinar mientras contemplaba por minutos cada una de las piezas de carne e incluso la aún dormida especería, pasaban horas. No me creerá el boquiabierto lector, pero estas invitaciones de Anna a cenar –en nuestro propio apartamento– podían comenzar a las 7 pm y terminar a la una de la mañana del día siguiente. Eso sí, junto con la película estelar o la pelea más nocturna del programa de box. Se apagaba el televisor y se daba por concluida la cena. Donde, por lo general, no había podido avanzar más que en su cuarta parte… y las zanahorias casi enteras y los tabiques de cebolla que hacían como una maqueta dentro del plato –con su tan característico y homogéneo tono pálido– habían ido a parar al tacho de basura que yo tenía siempre camuflado para la ocasión.

De “El ángel de Anna”, nueva novela breve (la quinta) en plena elaboración.

Este microrelato participa en:
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Puntuación: 5.00 / Votos: 3

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