EL QUECHUAESPAÑOL/ IGNACIA AUGUSTA

A mis ex-alumnos de la UNILA
Se llega a él a través de Billie Holliday
También de Amy Winehouse
Ambas del mismo pelo
También de estar de verdad
Un rato contra tu cuerpo
French-Funk-Jazz
Un tango como
“Naranjo en flor”
El río Paraguay al atardecer
Y al amanecer entre tus brazos.
Harare, Zimbawe
Es uno de sus territorios
Y en el camerino
De algún circo bieloruso
Impacientemente espera
Para hablar con aquel pino
De Arguedas en Arequipa
A cada una de sus gradas
Que dan hasta el cielo.
Rehuye los términos
En quechua
O en español
Se reconoce menos
En estos idiomas
Que en muchos otros
O que en el laborioso rasgueo
De una guitarra.
Difícil antologarlo
Hacer un diccionario con él
Aunque de inmediato
Los delfines lo reconocen
Ándate de lengua nomás
Con un leve impulso te basta
Y ya no sentirás
Las dos llantas de tu bicicleta.
©Pedro Granados, 2011
El poema “EL QUECHUAESPAÑOL” de Pedro Granados se despliega como un manifiesto lírico sobre la identidad transcultural, alejándose de las definiciones rígidas de la lingüística para proponer una “lengua de la sensibilidad” que desborda cualquier frontera geográfica o gramatical. Dedicado a sus alumnos de la UNILA —un espacio de integración latinoamericana por excelencia—, el texto comienza rompiendo el vínculo exclusivo entre el idioma y el territorio; el quechuaespañol no se aprende en un aula ni se hereda por linaje, sino que se sintoniza a través de la melancolía del blues de Billie Holliday, el desgarro contemporáneo de Amy Winehouse o la cadencia nostálgica de un tango como “Naranjo en flor”. Para Granados, esta lengua híbrida es, en realidad, una frecuencia emocional que se activa en la intimidad del cuerpo (“un rato contra tu cuerpo”) y en la observación del paisaje, desde el río Paraguay hasta el amanecer entre los brazos del ser amado.
Lo más fascinante del poema es su voluntad de desterritorialización: el autor sitúa esta esencia quechuaespañola en escenarios aparentemente ajenos como Harare o un circo bielorruso, sugiriendo que lo que define a esta “lengua” no son sus vocablos, sino una forma de estar en el mundo que conecta con la pulsión vital de Arguedas y su pino en Arequipa. Hay una renuncia explícita a los términos técnicos (“rehuye los términos en quechua o en español”) para privilegiar el “laborioso rasgueo de una guitarra”, lo que posiciona al poema en una dimensión auditiva y afectiva donde la música es el vehículo de la verdadera comunicación. Granados propone una “opacidad” que no necesita ser traducida ni antologada en diccionarios, porque es una vibración que incluso los delfines —símbolos de una inteligencia instintiva y fluida— pueden reconocer de inmediato.
Hacia el cierre, el poema se convierte en una invitación al desapego y a la trascendencia espiritual y estética. Al exhortar al lector a “andarse de lengua nomás”, Granados sugiere que el lenguaje, cuando se libera de sus ataduras normativas y se convierte en puro impulso, permite una elevación casi mística. La imagen final de las llantas de la bicicleta dejando de tocar el suelo es una metáfora poderosa de la libertad: el quechuaespañol es, en última instancia, ese salto cualitativo hacia una “sensibilidad nueva” que permite al sujeto poético volar sobre la realidad material, dejando atrás el peso de las categorías fijas para entrar en un estado de gracia donde el lenguaje y la vida se funden en un solo movimiento ascendente. Es un texto que celebra la mixtura y la hibridez no como una pérdida de pureza, sino como la ganancia de una humanidad mucho más ancha y vibrante.
IGNACIA AUGUSTA

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Puntuación: 5 / Votos: 2

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