Canon literario lambayecano, por Diego Portilla Miranda

Ayer asistimos  a esta conferencia en el Colegio San José de Chiclayo.  El público lo constituían, en su mayoría, estudiantes de la carrera de educación (área de literatura) de alguna universidad local.  Contra lo acostumbrado, el conferencista –maestro por la PUCP– no repasó nombres y semblanzas de obras; sino que se centró en lo concerniente a la creación del canon literario lambayecano.  Asunto, este último, de por sí pertinente y necesario en vistas a enriquecer nuestra conciencia de la complejidad del fenómeno de la literatura, en concreto en lo que toca a su recepción.  En definitiva, ¿por qué figura este autor y no otro en la lista?  ¿quién decide estudiarlo o incluirlo en aquella antología creativa o crítica?  ¿por qué es tan renuente, a pesar del peso de nueva información, el cambio o renovación de dichos nombres?  Y otras preguntas más aplicadas al contexto de la historia literaria de aquel departamento norteño.  La conclusión a la que se arribó, o al menos al que este asistente arribó, es que podríamos ampliar perfectamente el concepto de corrupción, mafia incluso , asimismo a este campo.  No existe una auténtica crítica literaria porque, dado el ínfimo y precario campo laboral,  donde todos se conocen, ejercerla sería hacerse de enemigos y afectar –en primerísimo lugar– el bolsillo propio.  No resulta lo de menos que, en cuanto a la consagración y circulación de los libros (poemarios, novelas, textos críticos) en nuestro país, ocurra algo muy semejante que en nuestra política nacional: Dina Boluarte en auxilio de su hermano Nicanor, Pedro Castillo y toda su familia metida en palacio de gobierno, los tapers de los Fujimori únicamente para sus súbditos (amas de casa, jueces, empresarios, profesores universitarios).  Si se trata de dirigir un haz de luz sobre un punto del escenario, no resultará improductivo iluminar también el resto del teatro.

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“Spasmo-Dolviran”: ¿el último cuaderno de Luis Hernández?

Resumen

Nos hallamos ante un magnífico documento artístico –la denominada “libreta Bayer”, publicada en sus páginas escritas (96 de 172)– anexa a La harmonía de H; y que nosotros, de acuerdo a lo que se resalta en la página liminar de dicha libreta, vamos denominando más específicamente “Spasmo-Dolviran”. Ésta, tal como nos lo advierte la nota del editor, le fue regalada por un amigo en 1964 (año en que Hernández estaba de estudiante en Alemania), pero es recién en 1976 (uno previo a su voluntaria desaparición en Buenos Aires) cuando el poeta la utiliza para dibujar su ¿última poesía?

Palabras cave: Poesía de Luis Hernández; Luis Hernández y César Vallejo; poesía peruana.

https://www.academia.edu/114298330/_Spasmo_Dolviran_el_%C3%BAltimo_cuaderno_de_Luis_Hern%C3%A1ndez

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AGÜEROS PARA ARMAR

Micro novela del 2020, publicada por entregas a través de este blog. La décima, luego de Prepucio carmesí (2000), la primera novela del siglo XXI –escrita por un migrante peruano– trasandina, archipiélica o multinaturalista. Sin melancolias ni con el espíritu –típico o, peor todavía, profesional– de un sujeto andino damnificado. Post-exótica y post-indigenista (Indigenismos 1 y 2); la cual, como también en el caso de Agüeros para armar, apostó más bien por la complejidad desde el origen, por la opacidad.

AGÜEROS PARA ARMAR (Nobloga I al X)

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Desaparecer un cuerpo

Desaparecer un cuerpo es lo más semejante a escribir un poema.  Este protocolo vuelve al poema semejante a ejecutar un crimen y desaparecer el cadáver.  Ata la cultura a la incultura, la paz a la violencia, la vida a la muerte.  Ácidos y otros insumos aplicados rápido sobre la piel, músculos, órganos, cartílagos y huesos hasta verlos deslizarse —juntos e indistintos–  en el alcantarillado de la regadera.  Aunque todo esto auto-aplicado, en primer lugar, contra quien escribe el poema; con análoga medida y similar efecto corrosivo sobre cuerpo y alma.  Sobre los recuerdos más tiernos o aquellos más humillantes.  Contradicciones y antítesis las cobija por igual la escritura.  Diluye la especificidad de lo humano en otra y mayor dimensión. El aroma del mar o el verde amarillo de la retama en primavera.   Luego de aplicarme a pensar, parsimonioso y concentrado, no hallo otra cosa que mis ideas ensopadas entre los resbaladizos meandros  del cerebro.  ¿Qué joya me llevo sino el deseo de ser todavía más humano?  Olas, lluvia, desierto, noche y tempestades.  P.G.

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Trilce IIIVXX/ Manuel García Cartagena

IIIVXX

De aquella época solo conservo
una madre y un padre pequeñitos y planos,
una foto dos por dos de cariño fiero.
A tazón alzado, como en la misa de la mesa, ondea la bandera de frijoles, arroz y carne,
y un café lento, como el recuerdo,
de vez en cuando se cuela entre los días.

No habrá nunca mejor escuela
que aquella mesa de la que un día me ausenté.

A ese yo que ya no está allí,
a ese que un día se fue y que aún no regresa,
ahora que la mesa se quedó sin geografía,
qué manera de madre le va a decir de nuevo sírvete;
con qué boca comería solo un chin
de aquel hogar que ya no está.

Alguien borró mi cara de todas las fotografías
en las que aparece Dios a la hora del sacrificio,
y ahora es esa ausencia mi único don:
soy yo quien falta
y es mi propia falta la que me hace,
pero mi madre aun me espera
y los días me desllegan.

Desde esa mesa, mi padre me dibuja imágenes de un tiempo en que era bello vivir.
Levito en el sopor de aquellos mediodías:
una escoba de suspiros barre los montones
de mi propia ausencia acumulada,
mientras mi padre borda el aire con un hilo
de palabras.

Si no me hubiera ido, estaría ahora sentado
en esos recuerdos que nunca tuve.
Ahora que ya no tengo madre, ni padre,
ni recuerdos, ni mesa,
soy mi propio almuerzo
y me lo como.

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CUADRO LIMEÑO/ Israel Tolentino

Mariella Agois (1956 – 2024)

Guardo de Lima una botella/ Llena de lluvia/ Y un puñado de arena/ En el pañuelo. A veces recuerdo/ La luz de su nublado cielo/ Y la acaricio/ Como se acaricia una perla/ En el bolsillo (Jorge Eduardo Eielson).

Murió Mariella Agois, artista de voz y mirada tiernas, recuerdo que en la exposición en la galería Lucía de la Puente en Barranco compró dos de mis cuadros. Alegría pospuesta en estos días mientras reviso fotos y leo las cariñosas publicaciones sobre ella.

Murió mi concuñado Juan López, de muchos amigos y amante de los Volkswagen. En cada encuentro me ofrecía un par de cervezas heladas; la noche de su velatorio chacchamos y bebimos hasta el amanecer saciando sus ofrecimientos.

Murió Inés, amiga de un curso en Bellas Artes, conservo su autorretrato y su gusto por coserse corazones en las chaquetas.

Murió el artista Carlos Bernasconi, con una obra en contracorriente, trabajaba silbando con la sonrisa de oreja a oreja.

Murió el actor Diego Bertie, de abatimiento íntimo. Siempre jovial y deportivo.

Murió padre Ugo de Censi, también artista; a Elita y a mí nos casó en la iglesia San Francisco, esa tarde mirando la arquitectura interior decía: lindo templo, lindo.

Murió Pablito Macera, tenía todo preparado para su sepelio, su rostro respetable y la sabiduría de sus manos nunca le dejaron.

Murió el narrador de quien admiraba la blancura de sus cabellos, la sobriedad con que lo encontrabas en una mesa del Queirolo del centro y la gentileza con que respondía los saludos.

Murió Juanja, habíamos quedado en comer algo en el chifa Viet Nam. Se fue a Bogotá, yo a Chacas; para el siguiente encuentro en noviembre solamente quedaban carrizos dibujando lágrimas.

Murió Jorge, otro amigo del curso en Bellas Artes, siempre de buen humor, una vez me recomendó ver al Dr. Francisco Soriano.

Murió el pintor admirado en mi juventud, atesoro un catálogo donde escribe con su fuerte caligrafía: ¡Israel, no dejes que ninguna pesadilla ni nadie interrumpa tus sueños!

Murió don Jesús Urbano Rojas, le puse de cabecera luego de leer “Santero y caminante”. La única fotografía que nos tomamos fue a su salida del Gran Teatro Nacional, tarde en que mamá Genoveva le llamaba “maestro”.

Murió Jorge Eduardo Eielson, todos, esa noche esperábamos ansiosos verlo, se presentó con una máscara cósmica, hermoso objeto azul donde brillaban las estrellas sobre el mar empañado de Lima y el mar Mediterráneo. Los aplausos surgieron del corazón.

Murió Sato, amigo querido en las buenas y en las malas, de nobleza y sencillez inigualables, admirador de Condemayta de Acomayo.

Murió Felipe Ehrenberg, si bien no en esta ciudad, quedó pendiente viajar hasta su tierra y conocerlo y traer “Manchuria” autografiada. No todo, la eternidad te concede.

Murió Cristóbal Campana, la última caminata fue desde el Istituto italiano di Cultura hasta no recuerdo que lugar yendo hacia Miraflores. Me dio un abrazo como los daba mi abuelo.

Murió el autor del impávido título: “Un iceberg llamado poesía”, yo llegaba a Lima, él esperaba un autobús entre Benavides y Panamericana Sur.

Murió Adriana Dávila, actriz en la película “Sin compasión” junto con Diego Bertie. Parte de su vida fueron los andes y la poesía.

Murió Víctor Churay artista Ivá Wajyamú (clan Pelejo) luego de una fiesta pollada, su cuerpo golpeando entre el acantilado se soñaba en una hamaca de serpientes blancas.

Murió mi promoción Willy Astuvilca, dejó el pueblo buscando un mejor destino y en una primera trifulca sus ojos se cerraron para siempre.

Murió el poeta que empezaba a leer los libros desde atrás por su afición a la sección deportes de los diarios. Hoy soy hincha de su equipo, del otro lado del río.

Murieron las madres Paulina y Josefina, dos monjitas maternales que nos servían cafecito con panes hechos en casa y cantando nos enseñaron a leer y escribir.

Murió la señora Isabel, mamá de Sato, incontables veces almorcé con ella. Sus viandas eran contundentes, sazón huamanguina. El día de su entierro viajaba de Incahuasi a Andahuaylas.

Murió mi suegro cuando aún no nos habíamos reencontrado con Elita su hija y, él no suponía que ese muchachito parado cerca de su Ford le llamaría papá Visho.

Murió mi abuelo, papá Miguel, nunca termino de hablar de sus ocurrencias, de darme cuenta de lo aprendido de él.

Murió César Vallejo en 1938. Todos estos recuerdos nacen a partir de su poema “la violencia de las horas” incluido en un librito comprado a un sol y preparado por Roberto Marroquín Peña en 1992, año que llegué a Lima (Lima, enero 2024).

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DICHOS DE MIQUE

Lo que tenemos en común con mi perro es apenas la cola y el apellido los dos la tenemos colorada y nos reconocemos mulatos fray martines de porras arriba y porras abajo con espinas gemelas y almas puestas a batirse al aire del universo que a veces entrevemos visitarnos en nuestra habitación compartida hasta el extremo que uno de los dos queda mudo hasta el extremo que ninguno de los dos va fuera sin el otro hasta el extremo de que les abro las fauces y les hundo las uñas y les mal digo como perro y no menos lo estropeo todo como humano

De “Dichos de Mique”

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Voltas e Revoltas do Barroco

Mesa 1 – Arquipélagos Barrocos Vozes do barroco: o arquipélago em movimento Amálio Pinheiro (Brasil) Falar com os animais Francisco Soares (Portugal) Jogos sonoros no barroco brasileiro Francisco Topa (Portugal) As poéticas do múltiplo no provérbio e seus operadores transversais Abreu Paxe (Angola) Mediação: Luís Fernando Pereira Mesa 2 – Voltas e Revoltas do Barroco Vallejo e barroco: Vallojo Pedro Granados (Perú) Escribir es salir del idioma. A propósito de Vallejo y lo que pasó en el Hotel Negresco Carlos Eduardo Quenaya (Perú) Cervantes y los dos barrocos. A vueltas con las tesis del hispanobrasileño Américo Castro José Antonio González Alcantud (Espanha) Revueltas de lo barroco en Haroldo de Campos Max Hidalgo Nácher (Espanha) Mediação: Amálio Pinheiro

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