Crónica de Santiago de Chuco. César Vallejo: al filo del reglamento

Entretenimiento – Turismo | Santiago de Chuco

Se sube para abajo o se baja para arriba, constantemente, sobre las calles de Santiago de Chuco. Trazado de casas a desnivel que ya de por sí explica la factura alegórica de algunos versos del autor de Trilce; mas no así, por cierto, el resto de sus posibilidades metafóricas. Amontonamiento ordenado en cúspide de más de 3,000 metros de altura, el pueblo de Santiago de Chuco, y tranquilo que pareciera maqueta de su propio cementerio puesto a orearse entre andrajosos apus y humildes iglesias. Trompo puesto a rotar en la ingravidez –incluidas sus desamparadas gentes– apoyado tan sólo en el monolito de su pequeña plaza de armas. Gordos brochazos de sol sobre tejas, burros y oferta de afamadas papas negras complementan la escenografía humana del paisaje –únicamente nuestra– porque aquel pueblo probablemente no sabe que es el mítico Santiago de Chuco. Tampoco, pareciera, que allí nació César Vallejo Mendoza –aunque ahora el blanco de su casa natal destaque entre el blanco de todas las otras– y que hoy por hoy lo habitan en su mayoría personas venidas de caseríos vecinos. Oleadas migratorias que llevaron también a uno de sus hijos a escaparse un buen día a París; a decir adiós para siempre al burro sensible y a la mujer estoica que mora entre aquellas escarpadas pendientes: la andina y dulce Rita de ahora que chatea encandilada con un ubicuo amor de neón.

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Trujillo: “candela errante en la oscuridad”

Nilo Gutiérrez Vargas, Cuentos de Trujillo. Trujillo, La Libertad, Perú: Reino de Almagro, [1941, 1989] 2024.

Según Ernesto Sábato en “Una opinión sobre el autor”: “En Cuentos de Trujillo hay que reconocer una saludable influencia de los cuentistas rusos, como Antón Chéjov y la técnica magistral de Guy de Maupassant”; y, respecto a la narrativa de nuestra región, acaso sea orientadora la siguiente sumarísima taxonomía:

Novelas de la tierra: La vorágine (1924), Don Segundo Sombra (1926), Doña Bárbara (1929).

El trompo: “Chupitos”, José Diez Canseco (1941)

Cuentos de Trujillo, Nilo Gutiérrez (1944)

Llano en llamas (1953)

Rayuela (1963)

El Boom Latinoamericano (1960-70)

Es decir, no todo constituiría positivismo en los textos de Gutiérrez Vargas (casi un perfecto desconocido, según prólogo de Luis Paliza Sánchez); es decir, no todo se explica en estos relatos por la  conjunción, al modo de Taine, de raza, ambiente y momento histórico; sino, además, existe un plus poético –a través de una meditada y meditante descripción– que emparenta Los cuentos de Trujillo no precisamente con lo Real Maravilloso, aunque sí con un Juan Rulfo o incluso un Juan Carlos Onetti.

La preocupación fundamental de nuestro autor no es la estampa ni el cuadro más o menos truculento de la migración aposentada en el barrio de “Chicago”; pero sí el destino de este pueblo, de aquí el lema de nuestra breve reseña: “candela errante en la oscuridad”.  Uno en simetría multinaturalista con el Sol y, en general, con toda la naturaleza.  Uno en búsqueda de justicia.  Pregunta por el destino –de Trujillo, del Perú, de nuestra región, del mundo entero– que para nada intenta trascender, sino ante todo incluir, lecturas y respuestas sociológicas, históricas o literarias.  No por nada, la frase liminar de esta colección de cuentos va como sigue:

“El rojizo disco solar sobre la risueña campiña de Moche”

Contemporáneamente, algo análogo ya se preguntaron sobre Trujillo o Chan Chan, en nuestra porción de esfera terráquea y genealogía local, en primer término César Vallejo desde un lugar tan opaco como la penitencería de Trujillo, donde el Sol era su más íntima compañía: “Cuneiformes” (Escalas).  Luego, José Eulogio Garrido (Visiones de Chan Chan), cuyas estampas, más  bien feéricas o hechizadas, están atentas a la batuta de Rubén Darío y, simultáneamente, a aquel semi enterrado  –aunque amplísimo como una ciudad– oráculo de barro.  Hasta estos Cuentos de Trujillo,  ¿tan sólo unos textos neorrealistas?  P.G.

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Momentos estelares de la poesía dominicana

 

“fi bá gallo/  dímele a tu mami que me mande un chin de tenteallá”

Enriquillo Sánchez

 

“vida de las islas, donde errar es lo correcto” 

Manuel García Cartagena

 

“Si pudiera, bailaría este merengue hasta la madrugada.

Descalza

[…] al convite de la tribu que grita y se emborracha

ahíta de ron y de desdichas;

ellos son el otro que no soy pero a ellos me arrimo

como el cachorro a la madre en busca de alimento”

Soledad Álvarez

 

CARNAVAL

trajimos el pasado con el alba

nos intercambiamos los rostros en el vacío

comimos pan de otro tiempo

aterradora melancolía

al iniciar la fiesta

desnuda la memoria hace alarde

de la lozanía de sus piernas

todo es real si la fantasía existe

ese hombre que soporta el peso de sus días

se mira hacia adentro

y se le queda pegada la mirada en el olvido

esa es la presencia del ser en la

razón

de parecernos a los colores

cuando nos disfrazamos de nosotros mismos

Pastor de Moya

 

“Afuera, una niña lame su paleta balanceando el panorama”

Natacha Baltle

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“Dibujos animados”: Pablo Salazar Calderón

Pablo Salazar Calderón ha logrado a sus cuarentaiséis años, la edad en que murió Vallejo, un gran poemario; el primero de ellos nació en París, el segundo falleció allí.  En medio y más allá de toda la parafernalia del vuelo espacial que aquí cunde, entre las luces fugaces y las tercas sombras,  hallamos –como en el cuento de Juan Rulfo, “No oyes ladrar los perros”– a un padre cargando sobre sus espaldas a un hijo.  En el caso de Rulfo, aquel padre está vivo y el hijo que carga hace rato que ya murió; mientras en Salazar Calderón, por el contrario, el hijo es el sujeto poético encaramado sobre un muerto, aunque este último se halle vivísimo: émbolo de amor y lucidez: auténtico Bus de la energía pura (Lima: Apogeo, 2024).  El presente entronque entre mejicano y peruano (aunque Salazar Calderón halla nacido en París) rebasa lo temático (la elegía al padre) y compromete, asimismo, la tesitura y calidad del monólogo transversal a todo el libro.  Otro autor que ha permitido a nuestro poeta liberarse de Antonio Cisneros (debemos huir de su trampa conformista: chamba no es chamba) son las estampas holográficas y minimalistas de 5 metros de poemas (Carlos Oquendo de Amat); es más, podríamos decir que Salazar Calderón interviene y continúa aquel poemario de 1927: “Porque sus ojos eran niños de Puno”, vale perfectamente para ambos poetas.  Julio Cortázar, Luis Hernández Camarero, ¿Pedro Granados? constituirían otros de los robots acaserados en aquella intrépida nave.  En síntesis, Pablo Salazar Calderón ha logrado invertir el concepto del poshumanismo cosmopolita; no se trataría de huir de este mundo, hostil o ultra contaminado (y ante todo injusto), sino de reapropiárnoslo vía la ternura y el cuidado (sobre todo si viene de Puno).  Son muchas otras las cosas a destacar de este  estupendo libro; el diseño del poemario (el control para ir revelando poco a poco, aunque cada vez más, al padre), los limpios aciertos metafóricos,  la idea misma del monólogo de un robot o Ikarus 10 absolutamente humano.  P.G.

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TRILCE EN CONVERSA

Me propongo un juego, se los propongo, aunque con inevitables consecuencias como todo juego. Consiste en extraer, entre las varias y distintas entrevistas que ya me han hecho sobre el tema Vallejo, aquello relacionado, más específicamente, con el poemario Trilce. Aprendo, me demudo, me sonrojo; pero allí está lo que en algún momento respondí sobre el asunto. Lo bueno es que, como toda entrevista, todo viene en empaque ligero; con el hilo de la hebra fácil de tomar y seguir. Aunque siempre queda la duda de hacia dónde nos conducirá. Vaya, pues, nuestro “Trilce en conversa”; cuyas respuestas, sin modificación alguna, hemos extraído de entrevistas a diferentes medios y, asimismo, de distintas épocas. Aunque, salvo en alguna excepción, no van a figurar las preguntas propiamente dichas, tampoco las fuentes; es decir, constan sólo las respuestas, a aquellos cuestionarios, enhebradas como si fueran una entrevista inédita. Sin embargo, la fuente principal es una colección titulada, Caja de resonancia: entrevistas a pedro granados (http://blog.pucp.edu.pe/blog/wpcontent/uploads/sites/97/2011/01/ENTREVISTAS.pdf;más una muy reciente, “Interviú con el poeta Pedro Granados” (https://eltrueno.com.py/2022/11/07/interviu-con-el-poeta-pedro-granados/). P.G.

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Piedad-Política-Poesía

A veces dedicarse a la poesía, a su cultivo y comentario, tiene asimismo estos retos; en lo básico, toparnos con gente que aduce confirmarla o celebrarla sin tener  la más puta idea de lo que hace; o, peor todavía, si lo hace adrede.  En general, España se ha tornado –bueno, desde hace por lo menos medio siglo– auto complaciente y ridícula con lo que ignora; inmune a la poesía, se atiene a los periódicos, y lo que mande la prensa (rosa o amarilla) eso se hace.  Los tiempos son duros no únicamente para los que nos jugamos la vida con el solo hecho de salir a la calle (Lima, por ejemplo), o para los que con muy poco dinero deben arreglarse —diariamente–  con el alivio básico de comer, sino también para aquellos iniciados en la necesidad cotidiana de la poesía.  No nos ponemos el bonete.  P.G.

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Lagunas, Mocupe, Lambayeque

A mi huaca me voy

Construyo sobre ella una casa

Ladrillos rojos cemento en venas

Y puños cerrados

Y un techo aligerado de cañas del lugar

Mi huaca de arena en la superficie

Aunque compacta y variopinta

Un  tantito más abajo

Como tu piel cuando la abren

Carne huesos tendones

Sangre ya lenta por tan antigua postración

A mi huaca me voy ya me he ido

A mi tumba o a mi cuna

A corta distancia de la mar

De espaldas a cuatro o cinco iglesias

Desde hace poco acaseradas allí

Aunque inevitablemente lejos

De aquella tan distante estrella enana

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Salsa peruana

Fotografía de Marina Herrera

Salvarse por la salsa

Encabúyalo y vuelve y tira.

Como tu paso que al calor

de los muslos de la hembra

va y viene. Sin amordazarla.

Permitiendo que se defienda.

Midiéndola sin medirla.

Un tirabuzón común descorchando

al pasito

las vastas ofrendas de la noche.

Una comunidad donde el error

se supera a punta de ritmo.

Y donde dos son uno:

hollándose y atravesándose

a pesar de las sombras.

©Pedro Granados, 2007

Primero es el ritmo

Primero es el ritmo. Enseguida, como montada sobre él o fundida con él, viene la palabra, el “verbo” (Génesis). Estamos en un momento cultural donde nos hemos extraviado y nos hemos desconectado del ritmo y, por lo tanto, es muy escasa la experiencia de bumerang. El ritmo atraviesa, oscila, envuelve, retorna y crea comunidad. No son las palabras, a las cuales se las lleva el viento. Y no arropan a nadie, empezando por quienes las pronuncian. Ni a cuadrúpedos ni a humanos. Sin embargo, sonámbula, la poesía hoy por hoy empieza por las palabras. Y acaso incluso con la mejor de las intenciones; se trataría de hacer filosofía con ellas. Aunque, con la peor de aquellas mismas, se trataría de establecer con las palabras un decálogo; unas nuevas tablas de auto-ayuda obligatorias para todo el mundo. La auto-ayuda como una nueva ley, sobre todo, post-coronavirus. Algo nada nuevo; sino que ya ha estado ensayándose y gestándose en toda nuestra región como mecanismo de control del imaginario y del deseo: Acción Poética. Poesía sin “patos” (en tanto catarsis y, asimismo, emblemático post-antropocentrismo) y sin “sombra” (Jung). Comer, oler, tocar, deslizarse, sumergirse, ni qué decir hablar, diseñados dentro del más lobotomizado protocolo. El verbo se ha trocado en puro significante o en algo más o menos así. Y la voz nos va resultando extraña en sí misma e incluso indeseable; hoy intentamos, mucho mejor, ser un palimpsesto, la más pulcra imitación de alguien. Toda la distribución de lo sensible (Rancière) contenida en un chip; aquel decálogo en tan acelerada construcción. Lo mismo en los States como en Bolivia. Un grifo que reposa al fondo del patio y que ya, teniendo cada uno agua en casa, ha pasado de cada vez más obscuro a prácticamente invisible.

©Pedro Granados, 2022

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Biografía “intelectual” de César Vallejo

 Carlos Fernández, El joven Vallejo (1905-1919).  Apuntes para una biografía intelectual.  Lima: MYL/Reino de Almagro, 2024.

“[Se trata de profundizar] en los distintos medios intelectuales en que Vallejo produjo su obra poética inicial” (Fernández 11). ¿El mito constituye un medio intelectual? Sostenemos que una biografía de Vallejo que no incorpore este aspecto cultural, simétrico o posantropocéntrico, en su relato, lucirá destrabada e inevitablemente parcelada y fragmentaria.   En la huella de los trabajos de Stephen Hart sobre César Vallejo, y con la salvedad de lo tan importantes que son este tipo de estudios académicos en aras de la fidelidad documental, algo de aquella plataforma neohistoricista británica, adicional a la rigurosa tradición filológica española[1], concurren en El joven Vallejo (1905-1919). Apuntes para una biografía intelectual del, asimismo, joven investigador español, Carlos Fernández.  Citamos:

El objetivo principal de este trabajo es contribuir a repensar, desde marcos de referencia fiables, ciertos hitos claves del desarrollo poético del joven Vallejo, poniendo en evidencia los principales vacíos documentales y los anacronismos en que incurre inadvertidamente incluso la crítica más cualificada [Por ejemplo] Nótese cómo, sin llegar a sostener que Vallejo haya conocido las prácticas dadaístas antes de julio de 1919, Michelle Clayton hace analogías entre las prácticas lingüísticas de Los heraldos negros y las de los poetas dadaístas en su etapa suiza inicial (Fernández 11).

El problema es que Vallejo no hablaba nunca de esto, ni con Georgette ni con nadie.  Su experiencia nada exclusivista o individualista del mito, sino más bien de vocación comunitaria y pedagógica (permanente), se tocaba con su radical experiencia de la poesía y para él, tal como en aquellos versos finales de “Huaco” (“[Yo soy]Un fermento de sol/ levadura de sombra y corazón”) (Los heraldos negros), le eran inherentes –acaso para ser más productivos en su obra poética — el pudor o el secreto.  Positivismo burgués y antropocentrismo cultural occidentales presiden entonces, todavía hoy, la elaboración de estos artefactos biográficos alrededor del poeta nacido en Santiago de Chuco (1892-1938).  Es decir, estos relatos: “no consiguen situarse en un nivel genealógico [no lineal, no unitario, no teleológico], en el cual el origen y la novedad se combinan dialécticamente (Didi-Huberrman).  Esto último, sobre todo, si puntualizamos que con Vallejo nos hallamos ante un poeta –de los márgenes del mundo conocido y acaso, como Pariacaca, nacido al unísono de cinco huevos– consciente de una vocación y voluntad de estilo tan prematuros: “En la actualidad, no tenemos constancia de que César Vallejo publicase poemas antes de los 19 años, aunque seguramente los haya escrito” (Fernández 13).  Sin embargo, esto sí podríamos considerarlo documentado, que hacia su último año escolar en Huamachuco: “Vallejo ya recitaba y tomaba copas” (Fernández 17).

En síntesis, el asunto no consiste –únicamente– en lo que Vallejo pudo haber leído: “La biblioteca familiar no se conserva y ningún investigador se refiere a una biblioteca pública en el pueblo [Santiago de Chuco]” (Fernández 22); sino, igualmente, en lo que no leyó con igual e incluso mayor provecho.  Que el mito en una obra literaria o artística no lo podamos identificar y mensurar, es un prejuicio.  Ahora mismo, por ejemplo, trabajamos en un ensayo titulado “Inkarrí: ¿Trilce o Poemas humanos?” donde analizamos “Terremoto” (6 Oct. 1937), poema póstumo de tan elocuente vocablo, en relación con el mito de Inkarrí (‘cambio radical o pachacuti’).  ¿Por qué aquella disyuntiva entre Trilce o Poemas humanos?  Porque deseamos abundar en el debate, para nada cancelado, de si Trilce es “mejor” que los poemas póstumos, o viceversa; obviamente, “mejor”, en términos de una específica y productiva respuesta a una coordenada local/ global.  Perspectiva de estudio, la nuestra, análoga a la diglosia “Paris/ París” que percibiera Enrique Ballón en la poesía de César Vallejo, una vez que el poeta ya residiera en Europa; y enfoque por el cual nos preguntamos cómo o hasta qué punto podríamos hablar, para el caso de la poesía del autor peruano, de “Desposesión y lenguaje en el exilio” (Niebylski).  Concluimos que, respecto a la más lograda “encarnación” de Inkarrí en su poesía, Vallejo optaría por Trilce y que, asimismo, jamás hubiera reunido el conjunto de su poesía europea, siempre y cuando en vida la hubiera publicado, o la hubiese querido publicar (Julio Ortega), bajo el lema de Poemas humanos; y sí, muy probablemente, bajo el título de Poemas “multinaturalistas” (Viveiros de Castro) o Poemas poshumanos.  En fin, a lo que vamos es que, para una más cabal biografía de nuestro amerindio autor (o de quien se quiera, amerindio o no), de modo paralelo a una rigurosa filología y documentación se debería ensayar una inspirada, de oportunos y sabrosos anacronismos, antropología (para no referirnos a la difusa o sospechosa mitología).  O acaso, también, ensayar un entripado entre ambas disciplinas, con el añadido de una lectura política resueltamente decolonial, muy en particular para honrar a César Vallejo.  El cual nos proporciona, más de una vez, pistas para su propia biografía, entre otras: “¡Indio después del hombre y antes de él! ¡Lo entiendo todo en dos flautas y me doy a entender en una quena!”; “la cólera del pobre/ tiene un fuego central contra dos cráteres”.

Por nuestra parte, creemos que los datos más fidedignos deben conducir, inevitablemente, a interpolaciones y, en consecuencia, a una –resulta deseable– consistente imaginación.  Por ejemplo, respecto a “Navidad”, poema hallado este mismo 2024 por Wilmer Cutipa Luque, publicado en el diario La prensa (25/12/1918), y no incluido en el presente estudio de Carlos Fernández, podríamos plantearnos la siguiente interrogante: ¿Por qué “Navidad” no figura en Los heraldos negros?  Ya que, tal como Alcides Spelucín fuera el primero que lo deslizara, este poemario esperó por casi un año listo en la imprenta (desde “junio o julio” de 1918) hasta su efectiva circulación en 1919, un prólogo de Abraham Valdelomar que no llegó: “En el período de espera, nuevas composiciones fueron enriqueciendo su obra” (Fernández 123).  ¿Es que “Navidad” fue escrito después de julio de 1919? O, más bien, fue excluido deliberadamente por el propio poeta.  ¿Por qué razón? Porque en última instancia se trataría de un villancico no en honor del nacimiento de Jesús; sino, al modo de los elaborados por Sor Juana, de uno teológicamente heterodoxo, y dedicado sobre todo a la excelencia de la Virgen María.

[1] Las muletillas de falsa modestia en su discurso: “ignoro”, “más de lo que yo lo hago aquí”, “no sé”, entre muchas otras, evitan a Fernández precipitarse en el vacío del autoritarismo en este tipo de acercamientos críticos.  Es decir, en cuanto a la tarea de proponer biografías, verbigracia, de César Vallejo; vicio donde se precipitan, estrepitosamente, varios vallejistas más o menos conocidos.

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