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Narrativa

Microrrelato de Armando Almánzar Botello

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Al despertar Gregorio Samsa -aquella otra mañana-, de su programado y letárgico sueño habitual, alumbró de improviso su conciencia la maravillosa noticia… Por la radio matutina una voz entusiasta le decía, de un modo familiar, personalizado y convincente:
-Ya no eres un monstruoso insecto, ni el burlado empleaducho público, ni el pobre viajante de comercio, sino un cyborg postmoderno beneficiario de los Programas Privados de Asistencia Social…

Restregándose lentamente los ojos y escéptico al mirar el espejo, Gregorio se sentó trabajosamente en el borde de su cama. Escuchó de inmediato en su mente, por telepatía nano-robótica y con invasivo pavor, la voz plutocrática de Bill Gates que decía, en sesión extraordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas:
-¡Vean ustedes, señores estadistas, qué filantrópica forma tenemos los puros estetas, de fraguar convincentes negocios con la hermosa Eternidad!

Agosto de 2010
Santo Domingo, República Dominicana
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Presentación de la novela de Juan Carlos Mústiga ‘Prisionero en la calle’

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“Espacio Cultura Editores” es un nuevo proyecto editorial que ve la luz, sin urgencias y en tiempos de crisis, producto de la pasión por el arte, la creatividad y la edición, de un grupo de autores provenientes de campos tan diversos como la literatura, la fotografía, la música o la arquitectura. Nuestro fin es editar proyectos en los que creemos, fomentando el largo recorrido y la apuesta por el autor, antes que el éxito inmediato.

Nuestra carta de presentación bien quisiera parecerse a aquello que dejó dicho Goethe en una de sus cartas a Schiller: “Cuando no se habla de los escritos, como de los actos, con afectuosa simpatía, con un cierto entusiasmo fanático, queda tan poco que no merece la pena hablar de ellos; la alegría, el placer, la participación en las cosas es lo único real, que a su vez produce realidad; todo lo demás es vano y sólo obstaculiza”.

Proponer obras que tengan consecuencias, evidenciar talentos y disfrutar con la no siempre fácil relación autor-editor son nuestros presupuestos de partida. Es por esto que poder contar con la generosa participación de Juan Carlos Mústiga, editando su nueva novela “Prisionero en la calle” es para nosotros suerte y privilegio a partes iguales.

Tienen que saber que el que suscribe conoció a Juan Carlos por medio del gran poeta peruano Pedro Granados, al que, por cierto, también queremos editar más pronto que tarde. El caso es que gracias a una conferencia internacional que lo trajo a España, me regaló una tarde de sábado inolvidable. Porte criollo y sonrisa de paseante viajado del Callao, me recibió en el umbral de su hotel para contarme de su afán. Largo y prolijo afán, la Moleskine, que no grabadora, las grabadoras resultan inoportunas y poco veraces, echaba humo. Así, entre las líneas de Vallejo y la poesía de mi hermano Pedro Granados, Juan Carlos Mústiga tienta a la vida probando mil maneras de vivirla, la docencia universitaria, la edición, el publicismo, el negocio de la pesca en la generosa plataforma litoral peruana, donde —nos dice— las licencias debiera concederlas Neptuno y no el gobierno; el periodismo y, naturalmente, la escritura, que es su mayor gloria, aunque Mústiga, como todos los grandes, no se concede ni un instante de egolatría.

Escribe a vuelapluma sobre cualquier cuaderno que le viene al paso, ni tiembla ni duda, la caligrafía —cómo le gusta el trazo— corre libre para decir, por ejemplo: “Soy peruano y viajo siempre a través de mi lenguaje, prisionero voluntario del habla de mi país”. Me contó entonces que preparaba una nueva novela urbana, “Prisionero en la calle”, allí impostaría algunas voces de su “Manual de pistola automática”, desde un punto de vista tal vez más amable, aunque igual de necesario. La tristeza endémica —nos decía— por la conciencia del paso del tiempo, el viaje permanente, la infancia evocada; en fin, literatura, que es de lo que se trata. En el ínterin hablamos de aficiones comunes, los hijos, el cine, los amores perdidos, el mar, la caza, que no pesca, submarina; sus tiempos como depredador a pulmón, junto a los viejos “rascaplayas” del Perú, pioneros del submarinismo en aquel luminoso país, todo ello reflejado en un libro delicioso: “Cuadernos submarinos”, que apenas ha subsistido un par de días sobre la mesilla de noche.

Quedamos entonces en pergeñar algún proyecto común y miren ustedes por donde, hoy “Prisionero en la calle” ve la luz en edición conjunta con la editorial limeña Arcadia, pronto lo hará aquí, al otro lado del charco, para que el lector español pueda disfrutar de la grandeza literaria de Juan Carlos. Les puedo asegurar que con este proyecto se fragua uno de nuestros mayores deseos. Desde este Viejo Continente miramos con admiración pasmada, perpleja, la energía creativa de este Nuevo Mundo tan fértil en talentos y en desdichas. Y es en la literatura donde esa creatividad se muestra más generosa, la lengua castellana se enriquece y se cuaja de matices, de palabras, de vida. ¡Qué hermosa aquélla frase de la liturgia, “El verbo se hizo carne…”! El verbo se hace carne en la novela de Juan Carlos. Manfredi, Petra, La Profe, Miles y Lunfucker, vida, carne, violencia y ternura. También Giovanni, y Liuba y los hermanos Torres, los pobrecitos. Y, sobre todo, la libertad ¿quién más libre que nuestro prisionero? Una voz cargada de la libertad que dan las pasiones, los recuerdos, los amigos, la literatura y la supervivencia.

Juan Carlos es un francotirador de las palabras. Cada una de ellas, certera como la honda de Manfredi, nos va desgranando la vida del prisionero a golpes, a flashes, al ritmo exacto en que el corazón bombea la sangre al cerebro. Del corazón al cerebro, ideas, imágenes que se agolpan y atropellan impulsadas hacia el texto como en una estampida. Aquí aparece en todo su esplendor y crudeza el ser humano, el hombre como aquel mono desnudo de Desmond Morris que al final somos todos cuando nos quitan los aparejos y las cosméticas del cuerpo y de la mente. ¿Dónde termina Juan Carlos y comienza Manfredi? El prisionero en la calle respira realidad, una realidad tan alejada de otras realidades inventadas, que nos acaba doliendo. Porque nos reconocemos ahí, en el Colegio Luciérnaga al que todos hemos ido, porque es el lugar de todas las infancias y pobres de los que no lo recuerden. Y porque Rilke nos reveló que la patria del hombre es la infancia y no hay nada más cierto que eso.

Estamos convencidos de que a la novela de Juan Carlos le saldrán patas para caminar el mundo asombrando con pura literatura, tan peruana por el vocablo y tan universal por la potencia literaria. Deseamos que la paladeen y la disfruten, al rematar verán que Juan Carlos deja poso y pertinencia, ni siquiera puede evitarlo, lo suyo es el acto literario.

Hoy estás de enhorabuena “my friend” o como tú dices en la novela: . Sonrió al recordar el sobrenombre que le habían puesto los muchachos en la oficina, My friend. Maifrén, como sonaba. “Mi amigo”, pero en inglés, porque también le decían gringo, a él que era más peruano que la pobreza y la mala reputación y el color guinda del pasaporte nacional.”

Muchas gracias y un abrazo fraternal desde España.

Juan Granados

Cristóbal Crespo

Espacio Cultura Editores

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Una visita inesperada/ Carlos Enrique Freyre*

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A pesar que el mar embravecido roncaba en las orillas, pegaba duro contra el acantilado avezado y hacía espuma rabiosa atemorizando a los cangrejos, el general no lo oía. Simplemente había decidido no hacerlo y descansar y olvidarse de los ajetreos de diciembre. Pronto estaría nuevamente al frente del monstruoso aparato del estado, del cual sujetaba parte de las riendas, cual si se tratara de un animal enorme y siempre a punto de desbocarse. Vería a sus edecanes y al presidente y la ruma de papeles y decretos diarios por firmar y el mundo ancho y ajeno que era todo de él, pero que no le pertenecía. Ni siquiera él mismo sabía si era dueño de su propio cuerpo. Sentía que sus actos eran en realidad de otros; su agenda siempre estaba recargada, sus ceremonias se llenaban cada vez de más tedio y necesitaba un poco de soledad para dirimir esos aspectos que en los que no cabía un consenso, ni con su conciencia, ni con su alma.

Por eso decidió no oír el mar, ni su fiesta de mareas altas y bajas. La playa de Hondable era perfecta para cumplirse ese deseo de olvidarse del mundo. Alejada de una capital que todavía no absorbía –como hoy- a sus provincias más cercanas, la carretera estaba lejos y sólo se animaban a llegar hasta allí los que pudieran tener automóvil, que en el Perú de 1972 no eran demasiados. Entre las cuatro paredes del bungalow y el desierto que lo rodeaba el vacío estaba bien definido. Tenía que apretar un botón para que las cosas vinieran a su mano si tenía sed o hambre. Después de todo, no por gusto se apellidaba Mercado Jarrín. Pero por el contrario, fue la puerta de su habitación la que sonó. Se aprestó a abrir y encontró al mayordomo parado delante de él.

– ¿Qué desea Jesús? – le preguntó -¿Ha olvidado algo?-

El mayordomo meneó la cabeza, con el respeto con el que solía dirigirse no sólo al general, sino también a cuanta persona que tuviera distintivos castrenses.

– No general. Venía a decirle que un teniente ha venido a buscarlo-
– ¿Un teniente? –

El general Mercado Jarrín bramó. Dijo que como era posible que un teniente haya venido a buscarlo –seguramente para un encargo gubernamental- justo cuando había dejado órdenes precisas que se daría un descanso. Ya no quería oír del Tercer Mundo, ni de las bondades de los tanques rusos.

– Dígale a ese teniente que se retire, Jesús. Creo que las órdenes que impartí sobre visitas han sido claras-
– General, sólo quería dejarle en claro que el teniente da pena-
– ¿Da pena? ¿Qué me está diciendo Jesús?
– Ha cruzado el desierto a pie. Está lleno de arena-
– ¿A pie? ¿No ha venido en auto, como los cristianos?

Al general le picó la curiosidad. Los años serían los encargados de relatarle que ese no iba a ser un día cualquiera.

– A ver Jesús, dile al teniente que vaya a la sala de espera. Lo atenderé-

*******
Mercado Jarrín ingresó al pequeño recinto donde el teniente lo esperaba, fatigado. Lo miró y examinó de pies a cabeza con un golpe de vista, mientras él se presentaba con sus grados y apellidos. Ahora sí, el mar se dejaba escuchar y un hálito de brisa entró con la luz hasta la habitación.

– Dígame teniente, en que puedo servirlo-
– En nada mi general. He venido hasta acá porque quería conocerlo-
– ¿Para conocerme? ¿De dónde viene usted?-
– De Arequipa. Soy jefe de batería de un Grupo en Arequipa
– ¿Y ha venido a conocerme?-
– Mi general, la verdad que yo lo admiro: usted ha sido primer alumno de la Escuela de Guerra en Estados Unidos, de la Escuela de Guerra en el Perú, Instructor en la Escuela Militar, edecán del Presidente José Luis Bustamante y Rivero y Jefe del Agrupamiento de Artillería. Qué honor es verlo en persona y no a lo lejos, casi como siempre, por los diarios o en las ceremonias.-

Ahora el general tenía sentimientos extraños: el teniente merecía una sanción por su osadía, pero no era el caso castigar a alguien por esa deferencia. Rápidamente la conversación derivó a otros límites: el teniente le habló de historia, de la fortaleza de las tropas en las campañas napoleónicas y de la impresionante aventura de los África Korps, de las cualidades de Rommel y las potencialidades de los ingleses en el Canal de La Mancha. El general, impresionado, pensó: “este teniente no habla como teniente”. Poco a poco, la conversación se volvió más agradable y compartieron puntos de vista sobre el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, sobre las carreteras de penetración que el Ejército había construido para conquistar el verde oriente peruano y de las ventajas del material ruso adquirido por el país para renovar la defensa.

– Bueno, mi general, me voy. He cumplido con este deseo de conocerlo en persona. Retornaré a mi unidad-
– Espere un momento –le dijo el general – ¿Me dice usted que está en su último año de teniente?
– Sí mi general. Con fecha 1 de Enero de 1973, ya soy capitán
– Muy bien, entonces lo nombro mi ayudante personal. El 1 de Enero lo espero en la Comandancia General del Ejército.

El teniente se lo agradeció infinitamente. Le estrechó la mano y le hizo saber que era un honor. Se despidieron. El general ordenó que un chofer lo llevara de vuelta a Lima. Después de todo –pensó- no todo había sido malo. El auto se perdió en la primera curva de la carretera que llegaba al exclusivo balneario de Hondable. Ahora sí, Mercado Jarrín podía descansar. Lo que sí no se imaginaba, era que precisamente ese día estaba dándole una vuelta a la tuerca de la historia del Perú:

El teniente se llamaba Vladimiro Montesinos Torres

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Ají panca y neuronas

A proósito de la charla brindada por John Beverley, “La perspectiva de los estudios culturales, subalternos y post-coloniales”, el pasado martes 27 de abril, en la Sala de Grados Ciencias Sociales de la PUCP.

http://peru21.pe/

A tanto el sabor. A tanto, con su base de mantequilla, la incomunicación o la locura. Señor, así pues… ja ja ja… después traemos… cuándo… Ipaes bajan!… y a ver si me sorprendes… sorpréndeme, carajo! De ti y tú, una mierda que seas un subalterno, un gran pendejo serás, es lo que me dice tu cara de ignoro y desconozco… Pero qué duro, qué dureza, esta bola circulante y pegajosa a la que todo se adhiere… sesenta cayeron al barranco de aguas cristalinas… ahora turbias y como pestilentes… pero incaicas todas, de patente y marca inmemorial. Sí, pe. Sí, si me pescas, huevón. Si me achoras lo suficiente para decirte que esta vida es mía… horas, trabajo o descanso… y los carritos, las chapitas, las cajitas multicolores de sorpresas…y me llegas al pincho… Así es, señor. Cinco más cinco son cinco, así es oiga séño, porque aquella moneda es bamba, falsa… si no mire su color revelador… ya… su sonido adulterado sobre este trozo de planeta que a diario sorteo con mi patín de madera… de lado y en una llanta… tanto como el de este taxista, rostros ubérrimos, esta arca de sobrevivientes que te pulsean el bolsillo… que repiten tus palabras, que se imponen a tus palabras… que a la mínima solicitud de rebaja te dicen que ellos “sólo llevan gente”… y salen volando y te dejan estampadas sus caras sobre tu completo rostro… para que no los olvides aunque sea por los cinco minutos siguientes donde otro taxista te da la razón y que cómo considerarte a ti una bestia si aquél no te conoce lo suficiente… y tú que apartas tu rostro una otra vez… mejor mirar el cielo, igual de inescrutable, sobre este pantano cotidiano de molestias. Lima, lugar donde moriré por más que me entierren en Suecia o en la República Dominicana… por ninguna nostalgia, sino porque así simple y sencillamente ha de ser. Semejante a lo sencillo, y no menos liberador, que puede ser reírse junto con el taxista . Sorteando baches, viejos y nuevos, que a la hondura nos precipitan y casi ya nos ocultan… Porque en la broma vamos sin neumáticos y cuenta, nada o muy poco, cuál haya sido el destino o nuestro paradero.

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Y la lorita y la yamamoto y juvenal y yo

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Y la lorita y la yamamoto y juvenal y yo y esas luces de chorrillos a lo lejos de mi ventana que me miran más bien ellas me miran intermitentes y reflejando el mar de esta hora 4 pm. 5pm. y yo sin capturar esta estructura donde acerco mi hocico a un follón cursi harto inevitable pero rajado en su base en su mala puerta débil endeble por un capricho del viento salino… ola sin padres tutelares… aliento únicamente nuestro viejo y ridículo… y para concha arrecho y para colmo como remo penúltimo contra los acontecimientos que nos han vencido que nos vencieron hace tiempo con la anterioridad de miles de años de ignotas o atávicas frustraciones manejando mi carro de letras en el perú como si fuera en un bache nomás sobre el mundo pero qué va nada de eso es real frente a los lanzallamas de los pájaros migrantes de esta hora de lima loros de varias formas alargados despeinados tensos en caída libre con máscara o sin ella pero con inmensas ganas de vivir de competir con chorrillos si es preciso esa humareda de presagios lentos albos bobos lívidos de lima y traerse para acá la selva de los tarapotos la arena de las calles de puerto rico que viene cada cierto tiempo puntual desde el sahara más septentrional más octogonal que este cuarto que me rodea y me exige explicaciones como a un gurú que no soy a un escritor que debe prever y desmenuzar las condiciones de la intimidad con un lector y en primer lugar con mi brother a quien no conozco o a quien no quiero conocer porque se me ha adelantado de tanto aparre al absurdo de tanto salto al vacío de tanto confianza con su suerte el loco como cariñosamente siempre le hubimos denominado todos los hermanos cuando estábamos vivos que no toleraba el más mínimo error sobre sus dibujos impecables sobre su vocación prematura por aplicar la línea y el color allí donde cualquier superficie plana se lo permitiera y ejercer conmigo también alguna vez el rol de un maestro sobre nuestra mesa familiar e invitarme a mirar tal como realmente son las cosas el color del trasero de una gallina no es uniforme que van tonos y pajas distintas sobre él y qué bien que lo percibí a mis como cinco años de edad y a regalarme con su sonrisa permanente de brother yamamoto del beat tokeshi un corte limpio breve sobre una turgente patata un símbolo de sonrisa eterna también en amarillo o más bien en ordinario incoloro como esta noche que ya se va que está ya a punto de irse con los pájaros más tranquilos y como exhaustos ante los perros que ya empiezan con sus automáticos ladridos ante el humor tolerante de sus dueños que ya se van a mear al baño antes de volver al trabajo que no es el de este ocioso que manipula una bomba sin casco ni protección alguna salvo la decisión de ir o no ir hasta el centro del blanco si es que lo hubiera hacia el subsuelo si es que ya no estuviéramos a su nivel y escarbara y hallara lo que de nuevo sería inevitablemente superficie arena agua aire fresco que me cae en la cara con sus graznidos sus ladridos y el relente de su lenta humareda

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‘Juvenal Agüero es de largo el mejor poeta dominicano actual’

actiweb.es

Juvenal Agüero es de largo el mejor poeta dominicano actual; totalmente andino/ criollo, de piel y corazón. Porque en Lima también se ha interpretado, de algún modo, desde siempre la bachata y me temo que mi hermano está ahora mismo como mimetizado y en la cima de aquel baile. En el estertor por constricción. Que en la República Dominicana equivaldría a montao o asfixiao.
Sin embargo, por su moda en las discotecas y urgida por la insólita aceptación que este ritmo dominicano ha ganado entre las calles del Perú, la bachata también ha entrado de lleno en el salón de baile de mi gimnasio. Gente de clase media, la mayoría; eso sí, absolutamente andina allí, por torpe o desorejada, ya que pareciera en este escenario amilanarse. Aunque el profesor nos anime siempre, con lánguidos y aterciopelados pasos, a que se trata de algo suave nomás; de un juego de piernas y brazos en alto bien acompasados… y sonrisa permanente.
¿La distinguida Sra. Yamamoto cómo será? Esposa actual, aunque no sabemos si en firme, de un mayor del ejército peruano, ¿qué le habrá visto a mi viejo brother?
-Es un cojudo, murmuró ante su foto mientras cachábamos.
¿Por qué, de pronto, Juvenal abandonó sus guisos que tanto le gustan? ¿Sus ya como quince años tranquilos desde su algo precipitada jubilación? ¿Aquellas palabras a mi oído, en una de mis visitas recientes a su nueva y más ventilada casa?
-Llevo, lo que se dice, una vida tranquila.
No voy a intentar ninguna explicación de fondo aquí porque ésta no existe. Los antecedentes de la ficción los dejamos justo detrás de la puerta del taxi. Encaramados en el asiento delantero, solemos platicar de cualquier cosa con el chofer. Y esta novela es, ante todo, una de estas ocasionales y espontáneas pláticas. Algo ligero de puro hondo. Nada personal de tan íntimo. Absolutamente público de tan privado.

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Juvenal se ve obligado a dejar Tokio

instantcast.com

Abandonado por la fraternidad de su clan Yazuka, Yamamoto se ve obligado a dejar Tokio. Viaja a Los Ángeles en busca de su hermano Ken, quien se ha convertido en traficante de drogas. Poco a poco Yamamoto crea una nueva banda, con negocios que generan grandes sumas de dinero. Como el éxito provoca celos, Yamamoto une sus fuerzas a las de su rival del crimen japonés, Lord Shirase. Cuando la banda japonesa se niega a someterse a la Mafia, empieza una lucha encarnizada donde nadie puede encontrar un refugio seguro.

Así reza la tapa del DVD de la hechizada cinta de Takeshi Kitano. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en esta película, el hermano menor soy yo y Juvenal –el auténtico, 74 años de edad– se ha separado de su mujer luego de ser un estoico, trabajador y apacible esposo por cerca de cuarenta años. El affair se lo comenzó a descubrir su familia porque fue demorándose más de la cuenta en regresar de comprar el pan y dedicándose a adquirir, de modo repentino, calzoncillos nuevos. Luego, su hija mayor descubrió y copió para los oídos de su madre una de las zozobrantes conversaciones de Juvenal con una mujer, probablemente, semejante a la de Yamamoto en el film “Brother”: no sabemos decir si bonita o fea, pero quizá sí distinguida. Por último, el pez por su boca murió… Juvenal hizo saber a medio mundo real –incluida su esposa– lo concerniente a sus arduas fantasías… El asunto es que esta misma tarde fui llevándole unas sillas y unas sábanas a una esquina entre nosotros acordada; no quiere mostrarme dónde vive por temor a que se lo revele a su familia. O quizá por simple vergüenza ya que poco a poco se fue enterando haber sido seguido, desde el principio mismo de sus correrías, hacia su ahora exabrupta libertad. Y semejante a como, esta vez sus tres hijas en coro y no sólo la más grande, fueron cobrando gruesa y sistemática venganza telefónica de la susodicha “distinguida”.

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Pensaba este año ir a República Dominicana

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-Pensaba este año ir a República Dominicana, de incógnito y sólo para reencontrarme con algunas jebas. El ambiente literario allí es denso, acaso asfixiante… La oficialidad no me acepta porque simplemente ejerzo el criterio… me siento, queriendo tanto ese país y pueblo, terriblemente sin amigos en RD.

-Sabes qué, creía todo lo contrario. Tenía la impresión de que eras amigo de toda la manada de asalariados del poder que no hacen otra cosa que empuercar el ambiente y manosearse con una gloria de a pesetas. Me pasa lo mismo, los enemigos cordiales con los cuales conté alguna vez hoy son de dudoso apellido. Así que cuando quieras publicar un ensayo crítico sobre ellos, estamos abiertos.

-El asunto, planteado así, acaso es demasiado sencillo; y el ensayo aquel, por ende, devendría en perogrullo. Lo que pasa en la República Dominicana es, en escenario pequeño, lo que ocurre con la literatura por lo menos en todo el ámbito hispánico. Cómo la institución literaria vigente construye taimadamente un canon y cómo se manipula a la gente. Cómo los más astutos entre aquella institución se auto-promueven; establecen complicidades; marginan orquestadamente; compran favores; y se preparan para sobrevivir intachables al cambio de régimen. No otro es el fenómeno en aquella media isla; no otro en el Perú, Colombia o la España socialista o de derechas. Hacer un ensayo crítico sobre esto supondría hacer pasar por mi colador, frente a los ya enquistados en el poder político y el imaginario social, a aquellos que esperan su turno y que les importa, tanto como a los otros, un carajo la poesía.

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‘Nostalgia’/ Rafael Moreno Casarrubios

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No hay cómo no sentir nostalgia por ciertas locuras: nos acompañaba el cuerpo y la moral –o la imortalidad–. A los 27 años yo estudiaba en Madrid y había entrado de lleno en el torrente energético y dionisiaco de sus calles. Hacía un día que había conocido a una jovencita en una taberna, y aunque sólo nos habíamos besado, yo sabía que su prudencia no pasaba del fin de semana. Era martes, y al día siguiente la visité a la tienda que regentaba, Mister Calcetín. Era la una en punto, la hora que ella me dijo que cerraba, pero había dos clientes indecisos y un par de señores en la calzada, mirando calcetines tras el escaparate. Yo andaba como un demonio lascivo, y con pocas palabras saqué a los dos clientes y cerré la puerta con el taco de mi botín, para empalmar a mi amiguita contra la pared. A través de la ventana vi cómo los cuatro hacían visceras con la mano hacia el interior de la tienda, para no perderse ese encuentro carnal. Mi amiguita se reía y se incrustaba contra mí –ella estaba contra la pared–. “Aquí no, chaval, espera”, llegó a articular como un susurro, no como un regaño. “En la trastienda”, le dije, y avanzamos entrelazados en dirección al baño. Recién entonces pudimos oir las quejas de los clientes. Ella me dijo luego: “Joder, que eres un tío legal”.

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UNA OLA ROMPE

Cuarta novela breve–luego de Prepucio carmesí (2000), Un chin de amor (2005) y En tiempo real (2007)– que tiene a Juvenal Agüero, aún, como protagonista y de la cual este texto es primicia.

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Isabel Nadal, “Ola de la abundancia”

Hace años filmé aquella película, la edité sobre una sábana disponiendo los encuadres de arriba hacia abajo, de izquierda a extrema derecha … con lo cual se formó un enorme y pesado rollo. Algo impráctico para exhibir “Una ola rompe”, pero que es mío. Y no de ese impostor que asistió al rodaje y que ahora, luego de una escena indeterminada de años, ha usurpado los créditos. Hasta mi imagen aparece allí… soy el joven, incluso la protagonista y hasta la ola jorobada, aquélla, que es un primer plano exaltado de mi corazón. Soy yo mismo, estoy plenamente allí, ¡carajo! Pero nadie me reconoce. Ni otorga crédito a lo que cuento… al principio con cierta timidez o pudor; pero ahora inflado y vociferando con la mirada… anudada mi lengua, de pura indignación, al geisser gesticulante en que me he convertido.

La pesadilla de Juvenal, sobre su confortable canto de cama, duraba más de lo común sólo para ser un mal sueño. Había llegado a un punto, a sus inminentes cincuenta y cinco años de edad, que toda su vida había transcurrido entre ponerse un zapato y no atinar jamás a encontrar el otro. Esencialmente póstumo, debió dedicarse sin escrúpulos a soñar, a ser todo un buda de la contemplación, porque poder o dinero o fama jamás habrían de acompañarlo. Al otro canto de la cama dormía la Lorita. Una presencia inexplicable allí, salvo por el amor. Pero que no podía hacer nada tampoco frente a la usurpación flagrante que en aquel trance de pesadilla padecía Juvenal. De aquel rollo, entonces, de sus impúdicos encuadres está hecha esta novela… tea derramada, arco voltaico de mi pluma, descarga contra los monstruos que veo, que siempre inevitablemente he visto a mi alrededor… semejantes al rostro que ahora mismo imagino de ti, miserable lector.

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