Prisionero en la calle/ Juan Carlos Mústiga

Primicia de la nueva novela del autor de A pulmón, Una moral inquebrantable y Manual de pistola automática, entre otros memorables libros de relatos. Prisionero en la calle es, por ahora, un manuscrito extraordinario que aparecerá muy pronto en las librerías limeñas.

Cortesía de Alfredo Sáenz

Introito

“Lejos, aquí, llovía”, se refugió Supervago en el lenguaje. El cobertor de lana y mugre, a esta hora, le era insuficiente:…. “un cielo pequeñito, profundo, solitario”, continuó. No pudo recordar el resto que sabía era lo más importante, “el cielo de tus manos”, porque escuchó el llanto del niño, profundo en su conciencia más que en el simple recuerdo. Pensó, también, en el sol del cual se había alejado y que sabía era el nombre del poema y a la vez un tiempo lejano, tan lejano como el mismo recuerdo y ahora la realidad de su dormitorio y sus cachivaches, “sus vergüenzas”, bajo un puente de la Vía Expresa.
¿Volvería algún día al mundo? pensó. ¿Cumpliría su destino y moriría? ¿Dónde estaría hoy el niño? Ya sería ahora un adulto, se dijo en silencio.

El rostro del niño apareció en un rincón de su memoria. Era flaco, de pómulos prominentes, los ojos achinados medio caídos, y el lacio cabello peinado hacia un costado con una rayita blanquísima, casi azul, como ojo de paloma. Tenía buena voz el niño, recordaba, le gustaba cantar rancheras, boleros, baladas, guarachas que nadie sabía de dónde aprendía y cómo retenía con placer en su memoria; esa “música de viejos” como dijo que le dijeron siempre otros niños, hasta que dejó de andar con ellos y empezó a parar solo; solo y en silencio y con una tristeza que no sabía, creo, de dónde provenía y comenzó entonces también a golpear las paredes con los nudillos, fuerte, cada vez más fuerte los golpes, hasta que se le despellejaron las manos y se le formaron callos, corazas físicas que sentía necesitaba porque parecía que otras no tenía en aquel momento, salvo unas manos de chancho que golpeaban fuerte.
Eso, esas “cosas” recordaba Supervago. Eso y aquel llanto en la oscuridad de la noche que lo hizo descubrirse, como ahora.

EL NIÑO

Apareció pequeño y grotesco como la imagen de un duende en medio de la bruma, entre los árboles, feroz y decidido para la batalla. Comenzaba a clarear y ya intuía por donde iba a aparecer su enemigo, se agazapó y avanzó con sigilo con los puños apretados, veía la pequeña niebla que formaba delante de él su respiración hasta que ésta desapareció contra la textura áspera de una chaqueta a cuadros, entonces estiró el brazo con fuerza y estampó su puño contra lo que intuía era la cara.
El temblor del dolor le recorrió hasta la axila izquierda porque el niño era zurdo y comprendió que había golpeado una cabeza. Sacó un gancho con la derecha, como le había enseñado su amigo y pescó un mentón esquivo y una nariz. “¡Chocolate!”, se dijo para sus adentros cuando vio saltar la sangre espesa, y siguió sacando cruzados y rectos hasta que la chaqueta desapareció en la bruma. Se dio cuenta que jadeaba y ya no tenía fuerza en los brazos y de pronto al lado suyo, al lado derecho, al lado torpe, aparecieron los cuadros azules y rojizos de la chaqueta y la cara como de máscara por el chocolate que le había sacado de la nariz y cayéndole al rival por la comisura de los labios y poco pudo hacer para esquivar el lanzazo de la caña de bambú achaflanada con que éste lo quiso empalar. Se hizo veloz a un lado, pero el filo del chaflán de la caña le desgarró la camisa de corduroy y le rajó la piel del vientre y la parte interna del brazo. El niño dio un giro violento hasta quedar a espaldas del enemigo y puso la palma de la zurda en el codo de la chaqueta a cuadros y sacó un gancho de derecha contra la oreja del espantajo y lo hizo trastabillar, entonces volvió a recordar a su amigo, “las patas, chibolo, las patas” y empezó a lanzar patada tras patada; algunas impactaban otras se perdían en el vacío y tenía que contener el dolor de las rodillas cuando no acertaba al bulto en que ahora se había convertido la chaqueta a cuadros, tirado en el suelo y sollozando, mientras el niño lo pateaba y lo pateaba hasta que volvió el silencio, el siempre reconfortante silencio y solo escuchó su respiración entrecortada, su jadeo de asmático urbano y un llanto que cada vez le parecía más extraño porque aunque eufórico, ya que había vuelto a ganar, se sentía a la vez el ser más infeliz, asustado y solitario de la tierra. Partió la lanza en dos con la rodilla y las manos, se llevó consigo la punta y se alejó de ahí, observando de vez en cuando ―las veces que volteaba la cabecita sobre el hombro― aquel bulto inmóvil en el silencio de la madrugada. Dobló por una esquina y perdió de vista el parque y el bulto, y entonces desde el zanjón, desde la Vía Expresa, alguien le gritó ¡chibolo! ¡Oe, chibolo! ¡¿Qué ha pasado?! Entonces se sintió menos solo, reconocido y casi querido, pero igual se alejó de ahí empuñando la punta de la lanza y se perdió en las calles de Santa Catalina o como él le llamaba a aquella zona: “el aji-no-moto”…

Nunca lo habían despertado así, en lo que quedaba de la madrugada le había costado mucho conciliar el sueño entre el frío y el dolor y ahora un policía le pisaba la cara con su bota pezuñenta. ¡Despierta y levántate mierda! le gritó. Cuando había protestado el tombo le había pedido un sol. ¡Pa´mi pan! le había dicho. Al tombo no le podía pegar, el tombo tenía pistola, palo, y quería pan, plata. Otra cosa sería mecharlo a mano calata, pensó. Él no le tenía miedo a nadie, a nada ni a nadie y eso, al niño, lo hacía sentirse en otra dimensión, y pensaba que quizás de ahí venía la tristeza, de aquella soledad y confusión. De los agravios gratuitos también, de haberse tenido que comer la mierda con cucharita tantas veces sin hacer muecas de asco y a tan temprana edad. Sí, de ahí venía la tristeza y la psicosis también. Porque esas palabras y esa feroz técnica que recordaba de su amigo lo habían ayudado a sobrevivir, pero ahora le causaban un profundo pesar: “Si te arman la bronca, chibolo, méchalo sin miedo, aunque sea más grandazo y maceta. Coge piedra, palo, vidrio, tierra pa´sus ojos, pero méchalo. Hazle sentir que tú eres como la calle, una piedra, una esquina de cemento, un fierro en punta, una lata que corta. Dale con los puños, con los codos, las rodillas, las patas, chibolo, dale con los huesos duros de la mitra. Hazle sentir toda la rabia y ese lomo de perro que tienes de dormir en la calle…”
Qué sería de su amigo ahora… ya estaría viejo, maltrecho, o muerto tal vez… “Mi amigo”, pensó con una profunda nostalgia, “my friend”.

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