Patinadores
Una pareja de patinadores se desliza de la mano a las 4 AM
El siseo sobre el asfalto es la única música en la noche
(paletadas de entierro o de arena sobre zinc, los rodamientos
como el latigazo de las olas cuyo golpe y sonido decrece, no termina).
Me asustaron.
No advirtieron el escaparate abierto: momificado frente a
la pantalla de un PC
un maniquí mascullaba algo apretadamente
(sin vibración de las cuerdas vocales)
para que algo no huyera patinando; la noción,
quizás, de una pareja
deslizándose inconsciente por la noche.
Biblioteca pública
Cada vez que empezaba a leer poesía
mi cuerpo comenzaba a agigantarse
y mi oído percibía las voces ajenas
como si fueran de marcianos, duendes
o el producto de una cinta acelerada.
Entonces sentía una culpa de ancla
y pensaba que para leer poesía
había que irse lejos o encerrarse.
Por eso me cortaba las venas
con una navaja que porto. Entonces
(1) me desinflaba como un globo
o (2) inundaba la biblioteca de sangre.
Costa y cordillera
una pareja siempre tendrá la oportunidad
de huir al hielo a los glaciares al oxígeno
en caso que algo se destemple
luego de 5, 7 o 50 años de matrimonio.
Ahí podrán fugarse y soñar
que son pumas o güiñas o zorros,
o mejor: un hombre y una mujer de hielo
que enfrían todo pensamiento que anulan
la esclavitud de los sentidos
y luego se derriten y son agua
pura que baja hacia el valle.
Estos tres poemas son buenos. La lección de Mallarmé aplicada a la poesía conversacional y documental. La suspensión, el doble salto del más bien bajito Héctor Chumpitaz para alcanzar el balón antes que cualquier rival. El taller colectivo absorbido y digerido en solitario. Germán Carrasco, poeta de taller (Fundación Neruda), la factura de estos poemas así lo reflejan. Poeta peruano, en tanto “Chueca, Mazzotti, Bernales y Villacorta, Ildefonso y Guillén” (L.F. Chueca dixit) lo sean; y en tanto chilenos y argentinos de análoga promoción (la de los 90´) fueran acaso los que marcaran la pauta del rifirrafe poético en aquella época y en toda nuestra región. Asesinado por la espalda el mito, no creyendo políticamente nada más que en sí mismos y –por conveniencia—en algunos de sus patas, silenciado el “incómodo” Vallejo o llegados tarde a la enjundia del neobarroso (Osvaldo Lamborghini o Ernesto Perlongher) porque propiamente al neobarroco se lo apropio el intransitivo, reptante y al contado José Kozer. En fin, generación del ”discreto vaho frente al espejo”, lo suyo fue procurar salvarse a través de Stephane Mallarmé. Lo cual entre nosotros ciertamente no constituye nada nuevo, baste recordar a Xavier Abril y su lectura inteligente y, no menos, absolutamente desubicada de Trilce. Aunque nos conste, asimismo, el Mallarmé de muy afortunados emplastos salvíficos, por ejemplo, los poemas de Vladimir Herrera o Magdalena Chocano. Mallarmé, por estas ligas, el contrapeso y contrapunto del “Cholo”; Mallarmé, la exacta medida ante cualquiera de nuestros seculares excesos. Los de los noventa, que no son grandes creyentes ni, por lo tanto, tampoco oficiantes ni del bien ni del mal. Cautos, filo ilustrados, manieristas, voluntariamente insulsos; su discreto encanto consiste precisamente en el siseo, o en el sisear: advertirnos de la amenaza de nuestra propia sombra o de aquella tapa hurtada a la siguiente alcantarilla. Su máxima utopía consistió, precisamente, en mantenerse despiertos, tan tarde/ tan temprano como a las 4 a.m. P.G.

