TACORA: POEMARIOS

LOS TEXTOS DE ALGUNOS CONTEMPORÁNEOS PERUANOS (IV)

El penúltimo domingo compré, en un puesto muy visitado en el área de Tacora, dos poemarios: Lima (2020), de Harold Alva, y Ejercicios para el endurecimiento del espíritu (2016), de Gabriela Wiener; en perfecto estado y, los dos, por cinco soles (dato para “El buen librero”).  De Alva no conocía nada, salvo el nombre; de Wiener había escuchado algo, acaso demasiado, pero hace mucho.  Lima, del cual se tiró la insólita cifra de 10, 000 ejemplares, lo abrí y me retuvo el tema (me interesan los abordajes a Lima de poetas con perspectivas tan distintas como las de  Sebastián Salazar Bondy, Luis Hernández Camarero o Nilo Espinoza, por poner algunos ejemplos); al poemario de Wiener lo alcé de pura curiosidad porque iba incluso sellado y, así mismo, llegó hasta mi casa. Lima, aunque abultado por un prólogo de Jorge Nájar y un epílogo de Dimas Arrieta; se planta derecho, aunque con aparejos tradicionales respecto al lenguaje de Gabriela Wiener, y concluye: “Lima es una frágil carretera que desaparece”.  Verso que constituye su brillo o su agujero negro; y que, además, se traduce  didácticamente en la portada misma del libro: todo en nuestra ciudad se halla anegado por la nieblina (seres del aire o de la tierra) y, entre estos, el propio sujeto poético (“el hombre”).  Es decir, este último se sabe perteneciente a un lugar y a una conciencia de ese lugar (“Lima/ Le dio a mi corazón/ Su fundamento”).   Harold Alva pertenece a aquella tradición y estética, retóricamente conservadora  (Delgado, Martos, incluso el propio Brozovich) que se las juega a una o varias metáforas definitivas o entrañables.  Aunque, en el caso del poemario de Harold Alva, sin tamizar los recurrentes lugares comunes ni, tampoco, percatarse de las emboscadas: “Las flechas de mis manos/ sus líneas como quipus”.  Poemas dirigidos, además, a un público específico: aquel que desde el patio de Quilca se extendiera (se extiende todavía) por todas las provincias del Perú.

Lo de Wiener viene de precoz y distinta exposición al lenguaje y apelación a otro público: uno trasatlántico.  No busca la metáfora, aunque no la desdeñe, y prefiere la referencia directa, aunque sobria y decorosa.  Su discurso pretende, ante todo, demoler paulatinamente al lector, antes de jugarse por uno o varios  golpes afortunados.  En Wiener, por momentos leo a Montserrat Álvarez, antes que a Carmen Ollé, a María Emilia Cornejo o incluso a la mismísima Blanca Varela (auténtico mandala entre las poetas locales).  Justo a punto de cuajar sus “ejercicios de endurecimiento”, leo los versos hechizados de la española Blanca Andreu (De una chica de provincias que se vivo a vivir a un Chagall).  Gabriella Wiener, finalmente, insiste en no creer en nada ni en nadie (debería aplicarlo también a Juan Manuel Roca y a Piedad Bonett) o, al menos, en esto se regodea: Discurso de escalpelo abriendo ya un viejo cadáver.  Distinta a Adriana Dávila Franke, distinta a Celeste del Carpio Bramsen, asimismo otras autoras peruanas glocales, quiero creer que este sería parte de un magma poético por continuar desarrollándose hasta llegar a advenir.  Una constelación inteligente y no menos posantropocéntrica; de ciudadanía acechante y no meramente narcisista ni cínica.  P.G.

ENLACES RELACIONADOS:

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Los textos de algunos contemporáneos peruanos (II)

 

Los textos de algunos contemporáneos peruanos (III)

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