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El sistema del delirio. Arte, trabajo y reforma psiquiátrica en El Perú de César Moro.

Algunas lexías y sus comentarios

Parto de la conflictiva relación de Moro [Alfredo Quíspez Asín (1903–1923), luego César Moro (1923-1956)[1]] con la ciudad de Lima [reforma psiquiátrica en el contexto de la modernización de la capital del Perú, años 20 del siglo pasado] y su vínculo temprano con el Asilo Colonia de Magdalena [desde 1930 pasó a denominarse Hospital Víctor Larco Herrera, en honor a su principal benefactor], para desde allí reconstruir su formación estética y política en medio de una trama histórica compleja en que la poesía, la plástica, la arqueología, la psiquiatría y la historia cultural y social se entrelazan (Vera 15)

Contexto semejante lo estudiamos en Trilce/ Teatro: guión, personajes y público (2017), lugar donde también nos ocupamos, si no de psiquiatría, sí del cerebro; en específico, de cómo Trilce constituiría la obra cumbre del teatro de César Vallejo.  En tanto y en cuanto este poemario conjugaría en una “escena cerebro”, a modo de una marmita multidimensional y multitemporal (finalmente crítica de toda alienación y donde pervive el mito precolombino), lo que no pasa en el resto de su obra (¿“escenas convencionales”?) acaso un tanto más “lineal”. A Vallejo, si bien no se ocupó del psicoanálisis, sí le interesó el “secreto” o aquello no evidente, y lo consideró émbolo del comportamiento no sólo individual, sino también colectivo.  Por ejemplo, en sus Escalas (1923) donde hay un preso entre otros presos (uno de ellos el mismísimo Inkarrí), o donde todo una comunidad troca paulatinamente en macacos.  Moro y Vallejo, cuyas conexiones, en principio acaso obvias[2], diríamos que no se han estudiado; al margen de lo ya por todos conocido:

los «surrealistas» peruanos no estimaban la poesía de César Vallejo. «En Trilce se siente una falla, un fracaso (…) Hasta ahora nadie nos ha explicado obedeciendo a qué propósitos, influido por qué motivos subjetivos y objetivos, por qué ejemplos, Vallejo escribió «Trilce». ¿No es sintomática la ninguna influencia que ha tenido en las manifestaciones posteriores de la poesía castellana?», le dice Westphalen a Arguedas en una carta (García 2024)

Su temprana concepción de la alienación mental [la de Moro] emerge en un contexto de perspectivas cruzadas.  Dialoga con la perspectiva humanista-cientificista de la nueva psiquiatría, sustentada en las políticas modernizadoras del gobierno de Leguía y la nueva burguesía industrial, pero también con la literatura romántica decadentista que ve en el delirio una fuerza marginal capaz de impugnar la conciencia burguesa dominante.  El eco de estas fricciones pervivirá en Moro, aunque procesada desde ángulos y registros diversos […] La experiencia servirá de matriz [ante la abulia de la belle époque limeña] para perfilar una identidad performativa que incluye la invención de un nombre propio, la elección de una lengua alternativa a la materna y el desarrollo de una identidad de género disidente de la hegemónica […] Es desde este reposicionamiento que proyectará años más tarde su ingreso a las filas del surrealismo en París, en donde la impugnación identitaria cobrará una potencia más amplia, de aliento político y de alcance existencial (Vera 205)

La locura, en su obra temprana, es para él la amenaza latente tras el espectáculo de una ciudad adormecida por el simulacro del progreso y la concepción burguesa del trabajo.  A través del surrealismo, Moro pretenderá destrabar esa latencia y redimensionarla hacia las vías abiertas del deseo.  Ese flujo liberado recibe la sanción social y se califica como locura (Vera 207)

De inmediato resuena aquí el autor de La realidad y el deseo, exacto contemporáneo de Moro; aunque como se ha visto últimamente, en la comparación entre el poeta peruano y Luis Cernuda, estaríamos, no sé si con justicia: “ante un lenguaje surrealista reflexivo, y en Moro, uno surrealista a nivel explosivo y catártico (Retamoso 274)[3].  Sin embargo, hallamos justificado ahondar más en este paralelo.

Su acercamiento a la locura deviene oscilante.  A veces, marcando distancia, observa la ciencia como un aliado objetivo para ponderar la enfermedad […]. Otras veces, dialoga con el trazo y la modulación conceptual de los dibujos de los esquizofrénicos […]  así como con la performatividad de su habla. Otras tantas, pondera la locura como aquello que pulsa detrás de todo acto que arriesga el sentido desde un plano ético, político y estético (Vera 208)

Moro aborrece la superficie colonialista de la capital del Perú […] Su tenso acercamiento al indigenismo y las culturas prehispánicas está mediado por esta aproximación que bebe del surrealismo, aun cuando no se le acople plenamente (Vera 208-209)

Aproximación a lo precolombino, precisamos nosotros, que si no es a través de Trilce de César Vallejo (vetado o eludido por el grupo más próximo de Moro, ejemplo, E.A.Westphalen), tendría que ser desde una arista próxima y anticipativa de lo “Real Maravilloso” (El reino de este mundo, 1949); donde Alejo Carpentier, a pesar de su negación de André Breton (Surrealismo en tanto “manufactura de lo insólito”), no podría negar el legado bretotiano en su obra (Irlemar Chiampi, “Alejo Carpentier y el surrealismo”).  Moro y Carpentier bebieron de la fuente de André Breton en París, pero terminaron representando dos formas opuestas —pero curiosamente complementarias— de procesar la vanguardia en América Latina.  Mientras Carpentier derivó hacia lo “real maravilloso” (lo colectivo, lo histórico, lo épico), Moro se mantuvo fiel a la ortodoxia surrealista: la exaltación del deseo, el erotismo subversivo y la destrucción de la lógica burguesa.

César Vallejo: salud primordial

Curiosa y coincidentemente, justo antes de aparecer o al mismo tiempo que apareciera el libro de Rodrigo Vera que ahora mismo reseñamos, en nuestro blog publicamos un poema, “Moro y Led Zepellin”[4], en ósmosis con algunas lecturas que, sobre el autor de La tortuga ecuestre, por esas mismas fechas también hacíamos.  Respecto al hilo de lo que aquí vamos enhebrando sobre El sistema del delirio, y en específico con las palabras que hemos ido destacando en negrita más arriba (“fricciones” y “oscilante”) vamos a analizar nuestro propio poema muy brevemente. Su síntesis podría ser: Mientras Rodrigo Vera analiza el “delirio” y la reforma psiquiátrica en Moro, nosotros rescatamos la salud primordial de Vallejo como la única capaz de sanar aquella escisión entre “visiones y silogismos”.  Es decir, no sólo establecemos una genealogía literaria, sino que denunciamos una falla geológica en la tradición crítica peruana: la incapacidad de ver a Vallejo como la unidad totalizadora (“fin y principio”).

 [Moro y Led Zepellin]

Moro y Led Zepellin

Un mismo neumático quemado

Al sol expuesto

Moro no se entregó a Moro

No se animó a dejarse llevar y fluir

Tal como César Vallejo

El Vallejo escondido y reptante dentro de la serpiente

Moro pensó cayó en la cuenta

Tal como el mar partido partió su pensamiento

Y esto mismo lo escindió

La tortuga ecuestre va de visiones a silogismos

Y viceversa

Otea fragmentos y añade pliegues

No es una piedra que luego es el mar y luego

Un inmenso y suculento repollo

Moro dio crédito a E. A. Westphalen

Y por eso dejó de dar oídos a César Vallejo

Lo cual le hubiera ahorrado torturantes cambios

De género de luz de sujeto poético

Vallejo que no es Zepellin salvo

Por aquella Jimmy Page’s guitar

Westsphalen el más indigente de los poetas urbanos

Del Perú el más extraviado de todos

Desubicado aunque influyente como es lo usual

Y hasta el día de hoy

¿Hablo de Moro hablo de Vallejo hablo de MVLL

Que siempre desconfió del Cholo

Porque le fueron mucho más asequibles

5 metros de poemas y La tortuga ecuestre?

Hablo de mí y de la alegría que me toca

Y del dolor que se me avecina

Dolor en tanto ozono

Que se disipa cuando acaba la madrugada

Mario Vargas Llosa y José María Arguedas

El astuto y el cándido

El prudente y el confiado

Uno que ha regresado hoy y el otro que parte

Vallejo era el fin y el principio

  1. La Resistencia a “Fluir” (Moro vs. Vallejo)

En el poema, Moro aparece como un creador atrapado en su propia autoconciencia (“Moro no se entregó a Moro”). A diferencia de Vallejo, que es la serpiente (lo reptante, lo terrestre que se transmuta), Moro se detiene a pensar, a “caer en la cuenta”. Al dejarse influir por la “indigencia” urbana de Westphalen, Moro se “escinde”, fragmenta su pensamiento.  Por lo tanto, La Tortuga Ecuestre no constituye una unidad orgánica, sino como un vaivén entre visiones (surrealismo) y silogismos (razón). No logra la simbiosis total de la materia (la piedra que es mar y es repollo) que sí alcanza Vallejo en su pensamiento simétrico.

  1. El Veto de Westphalen y la Sordera Estética

El poema lanza una crítica punzante a E.A. Westphalen, a quien se califica como el “más extraviado”. La tesis es clara: Westphalen actuó como un filtro o un muro que impidió a Moro (y a una generación) “dar oídos” a Vallejo.  Esta “sordera” obligó a Moro a realizar transiciones torturantes entre géneros y luces, buscando en París o en el surrealismo ortodoxo una respuesta que ya estaba en la estructura de Trilce[5].

  1. La Tríada Crítica: Vallejo, Moro y MVLL

Introducimos a Mario Vargas Llosa (MVLL) como el heredero de esa desconfianza hacia “el Cholo” (Vallejo).  Sugerimos que para la mirada racionalista y burguesa de MVLL, resulta más cómodo acceder al vanguardismo lúdico de 5 metros de poemas (Oquendo de Amat) o el surrealismo de Moro, que a la profundidad telúrica y “perturbadora” del autor de Trilce.  Vallejo es el elemento que la élite intelectual (representada por el eje Westphalen-MVLL) no puede domesticar porque no es un “estilo”, sino un sistema de pensamiento completo.

  1. Led Zeppellin y la Electricidad del vínculo

La referencia a Led Zeppelin y la guitarra de Jimmy Page no es gratuita. Representa la potencia, lo visceral y lo eléctrico. Vallejo no es “Zepellin” por estética rockera, sino por esa vibración cruda que rompe los géneros.  Al comparar a Moro y Led Zeppelin como un “mismo neumático quemado”, subrayamos una modernidad que se consume en su propio fuego, expuesta al sol, pero que carece de la resiliencia orgánica de Vallejo.

MORO/ HERNÁNDEZ

El psiquiatra Luis Hernández Camarero enmienda la página a César Moro y a Sebastián Salazar Bondy –aquello de “Lima, la horrible” de ambos (Vera 23)– no recurriendo al psicoanálisis, sino a la poesía de César Vallejo.  Es decir, mientras que la vanguardia europea se asienta en la angustia del fragmento sin referente, Hernández utiliza el fragmento, al modo de Trilce de César Vallejo, como un “fermento” solar.  El prototipo mítico Inkarrí se refracta en una amplia gama de palimpsestos, siendo el más significativo el de “piel roja” o “Gran Jefe Un Lado del Cielo”, un concepto que Hernández utiliza para englobar a los pueblos indígenas conquistados y colonizados de América. Esta dinámica de prototipo/palimpsesto, analizada a través del perspectivismo amerindio de Eduardo Viveiros de Castro, implica que la lectura de la poesía no es un acto de “conocerse a sí mismo” (Foucault), sino de “devenir-otro”, obligando al lector a un cambio de régimen de visión para participar de la subjetividad colectiva andina (el cuerpo desmembrado de Inkarrí). La poesía de Hernández se convierte así en una tecnología anti-conquista y un acto de descolonización lingüística y cultural, fusionando la denuncia con la apertura al goce a través de la inmanencia del mito.

De esta manera, pues, no nos cabe sino felicitar al autor por su proteico libro y, simultáneamente, recomendar su más amplia difusión ya que, tal como hemos ido viendo durante  esta reseña, mueve el cobre de la recepción no únicamente de la obra de César Moro; sino que invita a ensayar varias, acaso unas más justificadas que otras, inevitables calas; entre éstas, paralelismos con otros escritores contemporáneos y, sobre todo, la más importante de ellas: nos permite reflexionar, de modo sutil y oblicuo, sobre la condición de nuestra a la larga conflictiva y no menos “alienada” institución literaria peruana; pero no solamente la de aquellos años, sino también  la de ahora mismo. Obliga a preguntarnos si la crítica actual sigue siendo ese ‘muro de Westphalen’ o si, finalmente, estamos listos para sumergirnos en el mar de simetría que Vallejo nos propuso hace más de un siglo.

Lima, 30 de enero, 2026

 

[1] El nombre artístico que usó desde 1923 lo extrajo de una de las obras del ultraísta español Ramón Gómez de la Serna.

[2] Durante ocho años, entre 1925 y 1933, vivieron en París, sin embargo, nunca coincidieron. ¿Tuvieron noticias uno del otro? Yo sospecho que no quisieron coincidir debido a que tenían intereses ideológicos y artísticos disímiles. García, Luis E. (2024). “Moro y Vallejo: Césares del exilio”. Círculo de lectores, 19 Agosto.

[3] Retamoso, Lena R. (2017). “Sacralizar lo efímero: Configuración del amante y el amado en Luis Cernuda y César Moro”. Tesis PhD.  CUNY Graduate Center.

[4] http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2025/04/25/moro-y-led-zepellin/

[5] Vallejo que, estando en Europa, percibió su entorno como si no fuera él el migrante o el provinciano y sí, más bien, a tono con su vocación intergaláctica, un ciudadano del universo. César Vallejo, aquel provinciano de los “Cráneos de bronce” (título original de Trilce) y encandilado con el jirón de La Unión de la capital del Perú, escribió su poemario desde el Palais Concert (donde convergía, junto con Abraham Valdelomar, la intelectualidad peruana de la época). Es decir, en tanto amerindio originario de la serranía de Santiago de Chuco y un mundo alternativo al de la discriminadora costa, al dividido occidente y al de las apariencias del mundo tomadas como ciertas, desde aquel célebre café-cine-bar (construido por Gustave Eiffel) Vallejo sintió y pensó su patria y el universo. París constituiría, luego, básicamente un Palais Concert más grande.  “Vallejo, el provinciano”. https://vallejosinfronteras.blogspot.com/2022/04/vallejo-el-provinciano.html

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POESÍA DE MI REGIÓN

Clarice Lispector

Estados Unidos, que escribe como si fuera el pueblo elegido

México, donde todavía no ha terminado la Conquista

Centro América, la inteligencia de la política: Roque Dalton

Panamá, cunas levantiscos sobre coches del año

Colombia, patria eterna de Rubén Darío

Argentina, donde se considera que la poesía es cuestión de palabras

Uruguay, exilados en la imaginación

Chile, el araucano ganador, el latinoamericano perdedor

Bolivia, archivo de flora y fauna

Brasil, el glamour de Clarice Lispector

Perú, donde la poesía no precisa escribirse

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La Botella Ámbar de Luis Hernández* 

En Hernández, la botella de cerveza (Pilsen Callao) no es un desecho urbano; es un objeto-índice que participa de la misma ontología que el sol y el océano.  Así como el ámbar fósil atrapa el tiempo, la botella de Hernández atrapa la luz del sol de la Herradura, convirtiéndose en un “sol pleno”.  Ahora, en lugar de buscar un sol espiritual fuera del mundo, Hernández encuentra el prototipo de Inkarrí en el líquido helado.

Mientras Vallejo trabaja desde el “húmero para bailar” y el hueso seco de la vanguardia, Hernández introduce el “mar” de la alegría y el goce como una herramienta de curación (“Poesía es evitar el dolor”).

La botella de cerveza en la playa es simétrica al Coricancha: ambas son estructuras diseñadas para contener y refractar la energía solar/divina en un suelo inestable (el pantano o la arena).

La lectura aislada de estos poetas sería como mirar islas separadas. Sin embargo, al integrar la refracción (Hernández) con el “fermento”  (Vallejo), tenemos:

El “Doble Inkarrí”: Vallejo es la cabeza que pugna por emerger desde el dolor; mientras Hernández es el cuerpo que ya goza de la plenitud en la inmanencia de un “universo total maravilloso”.

JUSTICIA PARA TODOS: Esta unión transforma la “Lima horrible” en un espacio de justicia colectiva donde el sol nos atraviesa según sea la transparencia de cada cual.  P.G.

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[Por lo tanto]

Por lo tanto

El Coricancha no es un templo dedicado

Exclusivamente al Sol mejor dicho

Éste se halla embebido en aquél

Aunque también en el mar sumergido

Una compacta puesta de Sol

De aquéllas que las playas del Pacífico ilustran

Y los famosos ceques en consecuencia

Nos atraviesan o sólo nos tocan

Según la  transparencia de cada uno

No existe individuo aislado en la sensibilidad amerindia

Gnomos nos rodean duendes tiran de nuestras vestiduras

Rayos de sol refractados o reflejados

JUSTICIA PARA TODOS

No otro constituye

El legado fundamental de César Vallejo

Ni otro secreto oculta

El crepitante corazón de Luis Hernández Camarero

Una Lima ni horrible ni melancólica

Ni vasto cementerio secular

Un doble Inkarrí uno solo pugnante

Y sin medida

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EL CORICANCHA y LOS HERALDOS NEGROS: TEXTOS ANFIBIOS

“Al recorrer cada uno de sus textos comprobamos que la unidad en Vallejo no es un dígito sino una situación: la inclusión de uno en el otro; es decir, la unidad nunca está sola, la unidad por lo menos son dos, algo así como un núcleo y su protoplasma en el esquema de la célula. De este modo, este libro de poemas también son dos poemarios. El primero es el explícito y que figura como título del volumen de 1918, al que vamos a denominar texto A; el segundo, inferido del anterior, “Los heraldos blancos”, al que denominaremos texto B” (Pedro Granados, Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo. Lima: PUCP Fondo editorial, 2004).

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[Llegando desde Bélgica]

Llegando desde Bélgica

El norte del Perú, recorrido por autobús,

Semeja un territorio bombardeado

Que uno se pregunta, al menos dos nos preguntamos:

-“Por qué no se derrumba todo esto de una buena vez”

Y accedemos a una mayor y mejor dignidad

Las innumerables amebas  que somos

Mi penúltimo pensamiento (el último

Será aquella cuita de la postrera agonía)

Es que no soy mejor que Antonio Cisneros

Únicamente por lucha de clases

Interna inercial berrinchuda

Aunque de ninguna manera definitiva

Mis ex-compañeros de la Católica

Considerarán este pensamiento como un disparate

-“Pero cómo se te ocurre”

Si Toño si Toñito si Toñazo

Y así el resto de cado uno

De sus cuatrocientos miraflorinos

La poesía es cuestión de clase social

Tanto como el prestigio de la literatura de una nación

Obedece a una división internacional del trabajo previa

Política y económica

Por eso es que cuando a Antonio Cisneros

Le pregunta José Ángel Leiva:

—Por último, en un artículo publicado en varios países, “Los poetas vivos y los más vivos del Perú“ (2002), firmado por Pedro Granados, que no deja títere con cabeza, te menciona como el Pavarotti de los sesenta y como cacique de la actualidad. No veo tal caciquismo, como el mexicano, en tu país, pero quizás tú podrías decirme algo sobre la estratificación de los poetas y su estado de salud en el Perú.

Bastará responder:

—¿Quién es Pedro Granados?

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RECUERDO DE LUIS JAIME CISNEROS

En el contexto tan conservador de las Humanidades en la PUCP de aquellos años 70 y 80 –y tan obligatoriamente no conservador de ahora mismo– Cisneros tenía calle humana y poética; es decir, era un hombre matizado por la cultura, los viajes y un conocimiento (del rumiar) el detalle de nuestra idiosincracia (vaya palabrita) y realidad. Era instintivamente un profesor, uno abierto a lo nuevo o disímil; es decir, a lo popular y callejero, a lo otro que procura (que intenta si previamente no está adocenado) soslayar o eludir la PUCP. Y leyendo a Góngora era otro Góngora. Antes que cualquier sesudo concepto o teoría, aquello que nos unía era la risa. Nos mirábamos y como que nos cagábamos de risa. Incluso ahora mismo mientras me acuerdo de él. P.G.

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A EDGAR ARTAUD/ EDGAR ALTAMIRANO

La relación entre el poeta Edgar Artaud Jarry y el científico Edgar Altamirano Carmona es fascinante porque, en realidad, se trata de la misma persona. Bajo esta dualidad, su obra representa uno de los puentes más singulares en la literatura contemporánea entre la vanguardia poética (específicamente el Infrarrealismo) y las ciencias de la computación especializadas en la Inteligencia Artificial.

Edgar Altamirano Carmona (México, 1953–2025) fue Doctor en Ciencias por el CINVESTAV-IPN y profesor investigador en la Universidad Autónoma de Guerrero. Paralelamente, bajo el seudónimo de Edgar Artaud Jarry, fue un miembro clave del movimiento infrarrealista, compañero de ruta de Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro.

Esta doble condición no era una separación de carreras, sino una simbiosis que él mismo denominaba como una exploración posthumanista. En su poesía, Artaud Jarry se describía a menudo como una “máquina” o un “electrón”, integrando su conocimiento científico en la lírica.

Como científico, sus contribuciones se centraron en áreas fundamentales para el desarrollo de sistemas inteligentes:

Lógica y Satisfacibilidad (SAT): Investigó problemas de satisfacibilidad en lógicas multivaluadas, un componente esencial para el razonamiento automático en IA.

Sistemas Multiagente: Desarrolló trabajos sobre agentes inteligentes capaces de resolver problemas complejos (como el proyecto AIRLA para resolución de laberintos).

Conectivismo y Aprendizaje: Su enfoque científico no solo era técnico, sino también pedagógico, explorando cómo las máquinas y los humanos aprenden en entornos digitales.

En su obra poética, la Inteligencia Artificial y la física no son temas externos, sino el lenguaje mismo de su subjetividad. Algunos puntos clave de su obra literaria son:

“La vida no es más que un electrón buscando un lugar para descansar”: En este título (y poemario), utiliza conceptos de la física de partículas para hablar de la existencia humana, sugiriendo que la conciencia opera bajo leyes similares a las del procesamiento de datos o la energía cuántica.

El Homenaje a John McCarthy: Artaud Jarry fue de los pocos poetas que dedicó elegías a figuras como John McCarthy (padre de la IA y creador del lenguaje LISP), reconociendo la invención de la IA como un hito tan poético como técnico.

Visión del Futuro: Su obra plantea que el ser humano del siglo XXI es un híbrido. Para él, la tecnología no es una herramienta, sino una extensión biológica y cognitiva.

En conexión con nuestro propio proyecto, compartimos la idea de que la vanguardia (sea la de Vallejo en Trilce o la del Infrarrealismo) no es un caos, sino un sistema complejo que requiere una clave maestra para ser comprendido en su totalidad.  Aunque provenimos de disciplinas distintas (la informática cuántica/lógica de Altamirano y la filología/estética vallejiana en nuestro caso), ambos convergemos en la necesidad de superar la fragmentación mediante un sistema de pensamiento integrador.  Mientras que la crítica tradicional suele ver el vanguardismo (el de Vallejo o el de los Infrarrealistas) como una explosión de fragmentos rotos, ambos proponemos una lectura de red.  Para Artaud Jarry, un poema era un algoritmo de alta complejidad; para mí, el sistema de Vallejo es una arquitectura que solo se comprende cuando se mira la simetría del archipiélago completo.  Para muchos la tecnología es algo frío o externo, para Artaud Jarry era una parte orgánica de su ser; de manera análoga a como  el “mar” (el pensamiento simétrico) no es algo añadido a los poemas de Vallejo, sino que ya está ahí, es parte de su naturaleza sistémica. Es decir, no es una herramienta de análisis, es la estructura vital del archipiélago. P.G.

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