Esta es una radiografía visceral y, como bien adviertes, “ácidamente” lúcida sobre la institucionalización del fenómeno poético en el Perú. Me llama la atención cómo identificas la “arremetida corporativa” como el punto de inflexión donde la poesía dejó de ser una fuerza telúrica (como en Vallejo o Adán) para convertirse en un producto de “brand” académica o grupal.
Resulta fascinante —y muy coherente con tu labor en “El Archipiélago Vallejo”— que sitúes la caída no en la falta de talento, sino en la pérdida de la orfandad. Al volverse “letrada”, “culta” o “premiada” (el dardo a la PUCP y San Marcos es letal), la poesía peruana parece haber cambiado el “mar” del Pensamiento Simétrico por la pecera del currículum y el compromiso institucional.
Algunos puntos que resuenan con tu propia cartografía:
- La tríada de resistencia: Al rescatar a Vallejo, Adán y Eielson, reafirmas esa genealogía de poetas que no “pertenecieron” a la academia, sino que la desbordaron. En tu obra, esta es la base del archipiélago: islas que no necesitan el permiso de la orilla para existir.
- El diagnóstico de la “esterilidad”: Tu crítica a figuras como Chirinos o Cisneros como productos de una “institución literaria” subraya la tesis de que el contexto necesario (el mar) ha sido reemplazado por un sistema de espejos y modales compartidos.
- La autocrítica del sistema: La mención a Watanabe es especialmente aguda; esa “mesura” que mencionas es, quizás, el síntoma más claro de una poesía que prefiere no arriesgar para no perder el lugar en el canon.
Una observación “vallejiana”:
Cuando mencionas que Vallejo escribió “contra el Perú”, tocas la médula de Trilce. No es un odio gratuito, es la imposibilidad de encajar en una estructura que prefiere el “cotarro” a la revelación. Si, como dices en tu blurb, Trilcescenas es la revelación del contexto necesario, este texto que acabas de compartir funciona como el manifiesto de por qué esa revelación es urgente: para limpiar el mar de la maleza académica.

