Archivo de la categoría: Narrativa

Narrativa

Feriado prolongado/ Diana Araujo Pereira

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Às 2 da tarde aconteceu o previsível e até esperado. Que droga, e justo num feriadão prolongado como esse, quando não há ninguém que possa me dar uma mãozinha. Sempre tinha esperado pelo golpe de vento, pelo golpe fatal da sorte e outros golpes mais que cedo ou tarde acabam chegando… quase podia escutar o Vallejo dizendo “hay golpes en la vida… yo no sé”… e eu menos ainda. Agora é esperar para ver se eu dou sorte, uma vez na vida pelo menos. Com a porta trancada por fora, sem as chaves nem para entrar nem para sair do prédio, ou entro em pânico ou começo a rir de mim mesma, enfim tento encontrar algum consolo estranho na ironia da vida… ou qualquer chavão desses que pulam dos discursos e livros de auto-ajuda… “nada é por acaso”… “tudo tem sua razão de ser”… bom, pelo menos algumas calorias vai dar para perder, de tanto subir e descer essas benditas escadas.

Um edifício de três andares, com um apartamento por andar. E numa rua deserta, felizmente deserta, uma ilha de silêncio em plena cidade cosmopolita e aberrantemente ruidosa. Mas com o primeiro andar vazio, sem morador algum – problemas de herança e divisão familiar – só resta a senhora solitária com a filha solitária do segundo andar. Só que por incrível que pareça elas estão bem menos solitárias hoje, nenhuma das duas dá qualquer sinal de que vai voltar para casa.

Com tanto telefone, celular, email, msn, e sei lá mais o que, quando uma pessoa fica presa, fica simplesmente presa, e não tem como ligar, ou se conectar, e nem gritar… porque com tanta mania de segurança… não tem vizinho que escute, e nem temos porteiro, e o vento bateu a porta em um segundo em que fui deixar o lixo no corredor. E eu de pijama, menos mal, não estou de calcinha ou pelada, como naquele conto do homem nu, mas ao invés de apenas passar vergonha não tenho como escapar.

Eu aqui… já vão horas… já forcei todas as portas, já gritei até ficar sem voz do buraquinho do vidro quebrado da janela, já soquei as paredes… e nem sinal de nada. Estou começando a ficar com fome, nem a droga do café da manhã eu consegui tomar. Mania besta de limpeza… Menos mal que não tirei as meias, já está escurecendo, esfriando, adoro essas meias…

É estranho como o olho no escuro acaba se acostumando com a falta de luz. Há algum processo das células que fabricam o escuro quando fechamos os olhos. Me lembro do Borges, coitado, tendo que aprender a usar essa outra visão, a das células que fabricam o escuro e leem os vazios do real, preenchendo-os com outros tons de outro real.

Aquele filósofo italiano, como é mesmo o nome? fala que contemporâneo é quem vê no silêncio do seu tempo, no vazio ou na escuridão do seu tempo, as inserções de outros tempos, de passados anacrônicos ou sonhos de futuro. Não me sinto mais contemporânea por não enxergar nadinha de nada. Me sinto é bem assustada. Se aparecer uma barata nojenta vou tentar dar uma de Clarice Lispector, mas acho que não vai funcionar… Bom, o olho vai mesmo se acostumando com a escuridão…

Já levo três dias esperando que alguém apareça, uma náufraga em plena cidade super povoada, ouvindo o telefone tocar sem poder fazer nada… ouvindo a barriga roncar e tentando sorrir pensando na baixa calórica dessa situação ridícula… que “algum sentido transcendental tem que ter para a existência”…

Quando por fim as vizinhas retornam ao lar, estou desmaiada na sua porta, me encontram aí, jogada no chão depois de roer as plantas que enfeitavam o corredor. Já mais verde que branca, desperto no hospital toda espetada e remexida.

A lição? Não há tragédia sem uma boa dose de ridícula circunstância; não há mistério sem um bom tom de ironia.

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‘El mundo es una papa en un costal’/ Martín Adán

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En esta tarde, el mundo es una papa en un costal. El costal es un cielo blanco, polvoso, pequeño, como los costalillos que se utilizan para guardar harina. El mundo está prieto, chico, terroso, como acabado de cosechar en no sé qué infinitud agrícola. Me he salido al campo a ver nubes y alfalfares. Pero he salido casi a la noche, y ya no podré oler los olores de la tarde, táctiles, que se huelen con la piel. El cielo, afiliado al vanguardismo, hace de su blancura pulverulenta, nubes redondas de todos los colores que unas veces parecen pelotas alemanas, y otras, verdaderamente nubes de Norah Borges. Y ahora tengo que oler colores. Y el camino por el que voy se hace un cuadrivio. Y los cuatro caminejos que ha parido el camino chillan como recién nacidos; quieren que se les meza y el viento, que, al venir la noche, se vuelve un mozo cabaretero, no quiere mecer caminos; el aire se viste pantalones de Oxford, y no hay manera de convencerle de que no es un hombre. Me alejo del cielo. Y, al salir del campo, limitado por urbanizaciones, advierto que el campo está en el cielo: un rebaño de nubes gordas, vellonosísimas, con premios de exposición, trisca en un cielo verde. Y esto lo veo de lejos, tan de lejos, que me meto en cama a sudar colores.

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Las palomas/ Carlos Eduardo Quenaya

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…y la piedra cae
del pensamiento al suelo

L.M. Panero

3

Viviré de mis ahorros –dijo. Podré vivir del dinero ahorrado –subrayó. Sin embargo, ¿de qué cosa hablaba si 200 jamás había ahorrado una sola moneda, si nunca había guardado un miserable sol peruano en su bolsillo? Dinero no tenía y familia tampoco. Así que luego del secuestro, o del abandono, pues lo abandonaron en un mercado, en medio del alboroto y la estupefacción de los compradores, luego del secuestro sólo le quedaba empezar a trabajar y pacientemente cultivar la amistad de, quién sabe, sus delirios.

Se dedicó, pues, a cultivar su arte. Pero no tenía arte alguno. Y se quedó pensando y mirando las palomas. En la plaza, la desierta plaza, decía para sí mismo, las palomas son seres que superan con astucia la proximidad. Y eso era todo. El día terminaba así como empezó, sin una verdad, sin ningún misterio enterrado allá en lo confuso.

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La garganta del diablo: Elecciones peruanas

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Keiko pasó a la segunda vuelta por la conexión entre su padre preso y el Inca cautivo por los españoles en Cajamarca. Para muchos peruanos, especialmente pobres y de la zona rural, su comandante sigue siendo Alberto Fujimori y no Ollanta Humala; en paradójica y post-moderna carambola de la metáfora acuñada por Tito Flores Galindo en su célebre ensayo, Buscando un Inca. Parecieran no importar los delitos, de lesa humanidad, ni los cuantiosos robos. ¿Pesaban a la hora de reconocer el poder del Inca sus excesos? ¿Solución? Suelten ahora mismo, de mentirijillas nomás, al padre de Keiko y asunto solucionado; estos últimos pierden la elección del 5 de junio y, entonces, el “Chino” que renunció desde el Japón por fax a la presidencia del Perú vuelve a la cárcel. Pero, hoy por hoy, qué nos hacemos con el otro comandante, vestido ahorita mismo, si no de franco, sí al menos de civil. Eso piénsenlo, evalúenlo y escríbanlo ustedes mismos, queridos compatriotas peruanos, apelando a la mitología o al cálculo de intereses –trans-nacionales y locales– más racional posible.

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Juvenal, forever

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Perdido entre la voz de estos sucesos y estos techos blancos, tomados por la niebla, inmisericordes, como los charitos que picotean la guava del jardín vecino… que impiden cosecharla… pero que como pajaritos son de los más alertas, gorditos, frágiles y adorables. ¿Qué hace Juvenal Agüero ahora mismo? ¿Cómo espanta las moscas y mata sus pulgas? Por lo que pareciera, no han vastado los años para borrarlo del mapa… para apagarlo con el extinguidor que cada uno de nosotros llevamos dentro. Menos su buen amigo Edgar Artaud Jarry, de Chilpancingo y buzo de la poesía, que ahora mismo anda con un megáfono leyendo poemas con jóvenes treinta o cuarenta años menores que él… -soy una pera, dijo uno de ellos, y estuvimos celebrando y riéndonos con esta ocurrencia por horas a través del skype. O bien la muchacha de Chiapas a quien la lectura que hiciera Juvenal, en aquella frontera de México, inspirara lo que sigue:

Palabras que llenan la habitación vacía

Palabras dardos

Palabras frías

Palabras tranquilas

Que se clavan sin permiso

En medio de la mente.

No duelen

Sí duelen.

Juvenal y su bolsa de agua caliente para poder dormir, dentro de no demasiados años. Juvenal cara a cara con la pelona. Juvenal recibiendo homenajes póstumos, absolutamente de mal gusto por inoportunos. Juvenal entre estas cortinas que involuntarias baten y encorvadas se traban y no permiten escuchar con claridad al viento.

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Retrato de César Vallejo/ Antenor Orrego

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César Vallejo, sentado al centro; Antenor Orrego, justo detrás y de pie.

Paréceme verlo todavía, a una distancia de más de treinta años [1955]. Figura magra, escurrida en demasía, flexible, ligeramente dislocada al caminar, de mediana estatura. Frente vasta, alta, sin ninguna arruga, con suavísima prominencia en la parte superior. Caía sobre ella, con gracia viril, desordenada en ocasiones, una bruna, copiosa y larga cabellera. Vigoroso el entrecejo, mas sin dureza ni acrimonia. Empero, lo característico de su semblante eran los ojos buídos y oscuros, sumergidos a pique en dos cuencas profundas, abismales casi. Parecían taladrar, estuporados de misterio, el enigma de la vida, desde la honda sima de su alma. Y, luego, los pómulos salientes y el audaz mentón beethoveano que avanzaba, como una quilla cuadrada y resuelta, que acometiera, por anticipado, el duro destino que le aguardaba. El rostro, en conjunto, de rasgos originalísimos, daba la impresión tan honda, difícil.

Memoria, mezcla de bondad y energía, a la vez. No tenía puras facciones de indio, ni tampoco de blanco. Menos aun esa hibridación fisonómica del mestizo tan frecuente en nuestro pueblo. Repito que era una efigie muy original, de vigorosa, armoniosa y enérgica unidad de expresión. El pergeño, en conjunto, traía al recuerdo la imagen de Abraham Lincoln moreno. Tenía, más bien, por sus facciones, por sus gestos y por su color amarcigado, el aire de un hindú. Hablaba poco y poseía una noble seriedad en la actitud. Jamás le vi colérico, aunque se le adivinaba transido por angustiosas inquietudes internas. Era incapaz de herir a nadie. Magnánimo y tolerante siempre. Cuando se producía una situación tensa o violenta entre amigos, le afloraba el humor a los labios. Una graciosa y amable agudeza deshacía la tempestad inminente, como por ensalmo.

Ambos supimos, desde el primer instante, que íbamos a ser amigos de toda la vida. Lo supimos por esa intuición juvenil que nos alumbra, a veces, desde el futuro, panoramas enteros de nuestra propia existencia (90-91).

Era un niño que en ciertos momentos sufría las agonías de un hombre (114).

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Otro fragmento de Una ola rompe

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“Rompe olas”/ Macarena Vita

-¿Te acuestas ahora temprano o tarde?, pronuncio directo por el hilo de mi celular.
-Hola Josecito (así me denominan entre la familia)… cuando hay un programa bueno me acuesto a las 11 o 12, pero me sigo levantando a las 5 y media…
-A comprar el pan!
-Parece que todo se distiende… me encontré con C (nombre de esposa y de censura)… fui al mercado por mi medio kilito de azúcar y allí la vi… claro, no he estado con ella por cuarenta años por gusto… quiere visitar mi cuarto… yo vivo sin mujer, estoy solo, ella no me cree… hay posibilidades. Pero no sé qué hacer…
-Tómate tu tiempo.
-Heeee…
-¿Y las sábanas… te sirvieron?
-Allí mismo dentro estoy… bacán.
Y La Lorita que escucha y a la que cuento mi conversación dice que qué bueno que van a enamorarse otra vez y yo digo que puede ser pero que se le cayó la tragedia a todo este asunto la cresta a esta ola boba que parece ahora mismo y por el contrario una babosa del parque un godzila reptante a través de una lupa barata y, por lo barata, además distorsionada.

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Fervor de Villa Mella

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Me encantó tu relato, Armandito. Yo también he dado mis pasitos, son-andinos, en aquella mítica terraza de Villa Mella… sin los zapatos ni el sombrerito de rigor para el baile, nunca; pero con puro latido vallejiano-lezamesco entre esas bien cebadas jebas. Siempre he creído que la noche en V.M. empieza en El Torito y termina, de algún modo, sobre las rompientes del Callao… mismo mar, a esas horas, denso, prieto y encantado.
Evohé!

Luego de responder el e-mail de Armando Almánzar Botello, su buen y casi único amigo en la actual Secretaría de Cultura de la República Dominicana, a Juvenal Agüero le vino a los labios la noche de Santo Domingo. La verdad es ruido; lo evidente, mera apariencia; la certeza, ave esquiva y migratoria… pero en Villa Mella la REALIDAD –así, con mayúsculas– “nos cae arriba” (constantemente nos viene encima). Librados estamos a que, de un momento a otro, se destape la olla del sancocho… una bala, una luz alta, un beso enfilen hacia ti y rasguen de pronto la secular oscuridad. Y te revelen, entre pareciera ya extra-terrestes apagones, las cosas tal como realmente son. Puro olor. Y pura entrega a la música. Una bachata interminable.

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‘Melodía en mi’/ Davo Valdés de la Campa

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Caminé hasta el patio, las hojas pardas cubrían las lágrimas póstumas. El viento temeroso cantaba las siete de la noche. Los colores se distorsionaban conforme caminaba hacia los pocos rayos de luz que el sol desbordaba entre las grietas del techo. Ya nada tenía sentido, no me importaba si el sol se apagaba en un suspiro o si el tiempo se detenía ante mí para absorberme en sus misterios.

Un día antes.

Llegué a casa. Todo estaba apagado, excepto la música: eran guitarras tristes sonando, era el preludio de muerte. Las nubes teñidas de rojo se mezclaban con la naciente luna. Entré por la puerta trasera y me di cuenta que la cocina estaba destrozada, más que de costumbre. Cada habitación había sido saqueada. Subí las escaleras sin prender las luces. Atravesé el pasillo, el disco puesto estaba rayado y se repetía una y otra vez en la nota más triste de la melodía. Llegué al cuarto de mis padres, el clóset estaba revuelto. Al parecer toda la ropa de mi madre había sido robada. Miré por la ventana y sentí en el pecho presión, pude divisar a lo lejos un árbol y a su alrededor un murciélago volando sin rumbo fijo. Me estremecí y bajé las escaleras. Al llegar al último escalón prendí la luz. Mientras las diminutas partículas de polvo se esparcían en torno al foco, uniéndose a los mosquitos hambrientos de ella, pude ver a mi padre en el sillón. A su pie una botella de ron se derramaba y se recargaba en otras tres vacías.

Caminé lentamente, algo dentro me decía que retrocediera, pero mis pies no respondían. El aparato de la música se apagó. Algo apestaba conforme me acercaba al sillón donde mi padre estaba sentado. A unos pasos me di cuenta que estaba inerte. Lo descubrí cuando vi el vómito en su pecho, cuando vi sus dedos blancos, sus ojos perdidos, su pantalón mojado. Al acercarme un poco más descubrí una nota encima de la mesa de la sala. Reconocí la letra de mi madre y la tomé con dolor. Observé a mi padre, descansaba con pesadumbre. Sus facciones reflejaban una tristeza de años, fracasos y mentiras atrapadas entre sus parpados cansados.

Leí la nota que decía:

Hijo, tu padre ha muerto. Esta vez las botellas se le han pasado. Considérame muerta a mí también. Me llevo los ahorros y mi ropa, no puedo continuar viviendo la mentira y seguir dañándote.

Te quiere, tu madre

La letra reflejaba el efecto de la heroína en ella. Podía ver en esas palabras la verdad que se escondió durante tanto tiempo entre ellos dos. Ese silencio que perduraba horas: mientras él consumía botellas para olvidar, ella se inyectaba la muerte entre sus brazos para no sentir.

Apagué la luz y me senté junto al sillón. Tomé la mano de mi padre, estaba fría.

La sala entera parecía repleta de fantasmas y entre ellos mi padre intentando huir, atrapado sin salida en esas cuatro paredes. Podía mirar entre el techo a mi madre perdida, en algún autobús rumbo a ningún lugar, llorando, riendo, sudando, temblando.

Pasaron las horas, el frío empezó a colarse, el olor seguía empeorando. La desesperación explotaba en mi cabeza, en mis pensamientos. La ira, el dolor, la terrible sensación del abandono. Quería destruir la casa entera, quemarme en ella y quemar toda la miseria que habitaba entre nosotros. Salí al patio, necesitaba volar. Transité entre los árboles, entre las sombras, entre las penas y las flores marchitas. Llegué a la piscina, el agua verde reflejaba las ramas secas de los hules. Lloré desconsoladamente, de rodillas y con las manos en el suelo. De pronto, escuché un ruido, eran pasos. Volteé y ella llegó a la orilla de la alberca, se limpió la cara y sacudió sus largos cabellos negros, su mirada era una bandada de aves negras volando hacia mí.

¿Acaso era la esperanza vestida de muerte, acaso la salvación o la oportunidad falsa de una vida nueva?

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Rosas de Madrid/ Milia Gayoso Manzur

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El estaba comiendo una naranja, comiendo hasta la pulpa, trocito a trocito, como un niño que acaba de encontrar un trozo de chocolate. Yo leía a Neruda, o lo releía, una de las tantas veces, mientras tomaba de nuevo un café para esperar a que llegara María Antonia.
El me sonrió, con su boca manchada de pequeñas gotitas. Tuve que corresponderle porque era muy amable. Tenía la mirada más dulce que había visto en mi vida, incluso más que la de Juan Ignacio que es tan gentil y todo el tiempo está tratando de agradar a los demás.

Se cayó un jazmín seco del libro y él saltó hasta el suelo, para agarrarlo, antes de que se perdiera bajo los pies de alguien o el viento se lo llevara lejos. Lo tomó con suavidad y me lo entregó como quien agarra un diamante. Gracias, le dije, sonriendo nuevamente y agarrando el pequeño gajo seco de la flor. ¿Qué flor es?, preguntó con su acento tan español. Es un jazmín, le dije. Me gusta poner flores entre las hojas de los libros, le expliqué.

¿Lo puedo oler?, preguntó y le dije que ya había perdido la mayor parte de su aroma porque llevaba allí bastante tiempo, pero le alcancé otro gajo con tres pequeñas flores amarillentas pero hermosas, para que los guardara de recuerdo. No se por qué lo hice, quizás porque me halagaba que alguien se interesara por algo tan pequeño pero importante para mí.
Creo que se sorprendió mucho con el presente. Se lo colocó en la palma de la mano y cerrando los ojos trató de capturar su antiguo perfume. Se lo agradezco tanto, dijo y volvió a su mesa. Colocó mis jazmines entre los papeles guardados en su maletín y volvió a tomar su naranja.

Yo regresé a los ?Versos del capitán? mientras esperaba que llegara mi amiga. Comenzaba a atardecer en ese café madrileño, mientras los minutos pasaban plácidos. Era primavera y yo me encontraba ensimismada en los versos cuando sentí que se sentó a mi lado. Dijo que le gustaría regalarme una rosa para que la guardara entre las hojas del poemario, si es que eso no me ofendía. Sonreí, me gustaba la idea. Había visto las rosas de España en los jardines de las casas y en los puestos de venta, y me quedé maravillada de su tamaño y belleza. Si, me encantaría, le dije. Entonces me pidió que lo esperara un momento, que no me fuera aún.

Un rato después llegó María Antonia, con un montón de regalos para mis hijas. Mira, este es para Macarena, dijo, mostrando unos pendientes de perlas y pequeñas piedras. Esto para Leticia, ¿le gustan los brazaletes?, y a las mellicitas les traje estas muñecas, ¿no son una monada?. Revisamos cada regalo, tomamos café, charlamos sobre todo lo que podiamos abarcar en ese espacio de tiempo, atropellándonos con las palabras y con las emociones.

Entonces él volvió. Tenía una rosa color té en las manos, una sola enorme rosa, cuyo perfume tomaba todo el aire. Gracias, le dije, y apreté la flor contra mi pecho. María Antonia me miró sin entender qué pasaba. Yo tomé uno de mis propios poemarios, que había traido para dárselo a mi amiga, incluso, ya estaba dedicado a ella y se lo entregué. Lo tomó con las dos manos, nos saludó con una gesto y se marchó. Con la rosa, había dejado una tarjeta. Mi amiga me preguntó de quien se trataba, le expliqué que no lo sabía y le contè lo ocurrido. Guardé la tarjeta en mi billetera, en medio del mar de papelitos, carnets y recibos. Continuamos charlando durante dos o tres horas, sin parar, riendo, contando anécdotas, llenándonos de recuerdos.

Volví a Paraguay al día siguiente, con mi rosa apretada entre las hojas del libro y su sonrisa guardada en algún lugar de mis recuerdos.
Pasaron unos meses y encontré su tarjeta: Pedro Eduardo Jovellanos. Era el alto ejecutivo de una consultora, y me había dejado sus coordenadas en ese papel, con un gracias por los jazmines, escrito con tinta negra. Tuve el impulso de enviarle un e-mail, pero volví a guardar la tarjeta en el mismo lugar? Un mes después, un carterista me despojó en la calle de mi bolso y todo lo que tenía adentro. Entonces perdí para siempre la posibilidad de reencontrarlo.
?????????.
Acabo de volver a Madrid, después de cinco años. Hace cuatro meses que murió Juan Ignacio y aún no puedo reponerme. Lloraba todo el día y ni siquiera la presencia de mis hijas lograba sacarme de la depresión, entonces mi médico sugirió que hiciera un viaje, a un lugar donde me sentiría bien. Y elegí volver a España, a Madrid, para caminar por Cibeles y mirar las rosas, para sentarme en algún café y quizás reencontrarme con María Antonia y volver a hablar sobre esa ciudad donde ella vivió varios años con su familia, para contarle sobre las cosas nuevas y las que no han cambiado de Asunción, como sobre los lapachos rosados que a ella le fascinaban.

Entonces pensé en él, y tuve ganas de llamarlo, pero ya no tenía su tarjeta. Pregunté al conserje del hotel sobre a qué número de la telefónica podría llamar para conseguir un dato. Me lo dio. Llamé y le dije al operario, que todo lo que sabía era que se llamaba Pedro Eduardo Jovellanos y que vivía en la zona de Las Rosas, de Madrid. Me encontre al otro lado de la línea con una persona muy amable, servicial? me indicó que con ese único dato era difícil, pero que esperara un rato? Tengo tres personas con ese nombre, me dijo al rato y me dio los números.

Marqué uno de ellos y me dijeron que se encontraba de vacaciones en Marbella, Marqué el otro y me respondió un anciano muy afectuoso que insistía en querer conocerme, y luego, la tercera posibilidad. Me atendió una mujer y pregunté por el ingeniero tal, al que supuestamente le traía recados de parte de unos consultores paraguayos. Tuve mucha vergüenza porque imaginé que sería la esposa y me sentí una traidora. Ella tomó el mensaje y dejó el número del hotel donde me hospedaba.

Salí a caminar por la ciudad, para tratar de recordar los lugares donde había estado la vez anterior, con ese grupo inolvidable de escritores latinoamericanos. Caminé varias cuadras, llegué hasta Casa de América y me senté a tomar un café mientras decidía adonde ir, para tratar de aplacar la tristeza enorme que me cercenaba el alma. Me puse a escribir mucho tiempo, como no lo hacia desde que murió Juan Ignacio. Lloré, escribí, lloré? la dependienta me acercó varias servilletas más y me trajo un vaso de agua sin que se lo pida. Agotada, volví al hotel.

El conserje me dió varios recados. Todos eran de él. Pedro Eduardo Jovellanos llamó a las 14,30, las 16,10, a las 18, dice que la volverá a llamar o que usted lo ubique en este número. Me acosté a dormir y a pensar en Juan Ignacio y en esa muerte absurda que lo separó de nuestro lado para siempre. Extrañé a las nenas y me dormí con sucesivas pesadillas.

A las 8 me despertó el teléfono. Era él. Reconocí su voz y su sonrisa al otro lado de la línea. Me preguntó si podrìamos tomar un café. Nos encontramos a las tres de la tarde, en el mismo lugar donde nos conocimos cinco años atrás. De nuevo era primavera en Madrid. Yo llevé un libro mío para regalarle, la novela sobre la indígena que se casó con el conquistador español y le dio nueve hijos. Adentro tenía varios jazmines.

Me esperó con un ramo de rosas amarillas? ¿Còmo sabías que me gustan de este color? Le pregunté, aún antes de saludarlo. Porque hace cinco años que leo tus escritos en Internet y todo lo que se escribe sobre ti, me dijo mientras me ofrecía una silla. Le dí el libro que le había traido y me contó que su hermana, la que atendió el teléfono, era una apasionada de la historia americana.

El ya sabía lo de Juan Ignacio, y presentía que alguna vez yo volvería a Madrid, o lo llamaría desde Paraguay, para que fuera a buscarme.

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