A mis colegas docentes de educaión básica y universitaria
Capa de brea fresca.
Capa de aceite industrial. Activo jaboncillo.
El salón de clases como un espejo.
Signos que no circulan. Signos
que patinan de culo, de barriga.
Signos que la astuta serpiente pica
y el ingeniosísimo ratón alcanza.
Esto de ser un profesor, a veces,
esto de ser un miserable payaso, a veces.
Como si no bastara, como si
suficiente no fuera, como si
no tuviéramos ya esta lengua de mosca apretada contra el vidrio.
Estos ojos de mosca apretados contra el vidrio.
Este sexo.
Pedro Granados, EL CORAZÓN Y LA ESCRITURA (Lima: BCRP, 1996)
Fricción y viscosidad: El revés de la pedagogía en la poética de Pedro Granados
Este texto sacude por su densidad material; hay una sensación de viscosidad y encierro que asfixia cualquier intento de comunicación académica tradicional. La progresión desde la “brea fresca” hasta la “lengua de mosca” sugiere una degradación de lo humano frente a la estructura rígida de la enseñanza.
En primer lugar, asistimos a una evidente inmovilidad de los signos. El poema presenta una crisis del lenguaje. Los signos no “comunican” ni fluyen; patinan. Al compararlos con la brea y el aceite, se les quita su valor intelectual para convertirlos en objetos físicos torpes que se deslizan sin llegar a ninguna parte. La inteligencia (la serpiente astuta y el ratón ingeniosísimo) parece estar al acecho de un lenguaje que ya no circula, sino que está atrapado en un “salón de clases” que funciona como un espejo vacío.
A partir de allí estalla la identidad escindida: el profesor contra el payaso. La confesión de la voz lírica es brutal: «Esto de ser un profesor, a veces, / esto de ser un miserable payaso, a veces». Hay una consciencia de la performance. El aula se convierte en un escenario de farsa donde el conocimiento se siente como un acto de entretenimiento barato o una repetición vacía. La “miseria” aquí no es económica, sino ontológica: la pérdida de sentido en el oficio.
Esta asfixia se condensa en el símbolo de la mosca. La imagen final es la más claustrofóbica. La mosca contra el vidrio representa, por un lado, la impotencia absoluta: ver el exterior (la libertad, la verdad, la vida) pero estar separado por una barrera invisible e infranqueable. Por otro lado, representa la fragmentación: la «lengua de mosca apretada» y los «ojos de mosca» (visión múltiple pero caótica) refuerzan la idea de un deseo de expresión que termina en un aplastamiento grotesco contra la transparencia del vidrio institucional.
Finalmente, todo decanta en una incómoda dimensión corporal. Al incluir «Este sexo» al final, como un golpe seco, el poema aterriza la frustración en lo estrictamente biológico. El profesor no es solo una mente que falla o un intelecto que patina; es un cuerpo que pulsa y desea, pero que está atrapado en el mismo aceite industrial y bajo el mismo vidrio que su lenguaje.
El corazón y la escritura (1996) nos entrega aquí un texto que dialoga muy de cerca con una visión crítica de la pedagogía y la vanguardia, un espacio liminal donde el cuerpo siempre termina reclamando su lugar —su temperatura y su fango— frente a la esterilidad del discurso.
IGNACIA AUGUSTA

