Poesía peruana: Mitos inscritos en el paisaje (II)

El publicitado impasse entre Arguedas/ Cortázar (rural/ cosmopolita) continúa hasta hoy en día; aunque, para entenderlo mejor, cabría desmenuzarlo. En principio, no se trata del desdén por el mito de parte del argentino, quién podría negar que aquello es lo único que continúa en pie (actual o vivo) al final de nuestra lectura de sus cuentos “La noche boca arriba” o “Continuidad de los parques”; frente a la civilización, y respecto al mito, la postura catastrófica de Cortázar es lo que, en realidad, lo diferencia de la experiencia a la larga gozosa de un Vallejo y, también, de un Arguedas. Otro tanto, y tal como lo proponíamos en otro lugar –“Fervor de Trilce (César Vallejo & Jorge Luis Borges)”–, podríamos incluso plantear que, desde una perspectiva post-antropocéntrica, Trilce –poemario de radical mediación amerindia– y Fervor de Buenos Aires responderían, asimismo, a un mito inscrito en el paisaje:
Luego del predominante y artificioso escenario modernista –los años 20 del siglo pasado– la poesía latinoamericana recuperó el paisaje. Aunque no de un modo costumbrista, como en principio pareciera, ni romántico (aquél no es fervor por, sino fervor de…); sino, literalmente, fundiendo lo humano en el paisaje. En otras palabras, considerando la complejidad del paisaje en tanto un soporte más adecuado para lo humano (Granados 2021)
Es decir, no nos hallaríamos ante un modo romántico o surrealizante de tratar el paisaje (tipo Pablo Neruda); sino, para el caso de Borges y Vallejo, sobre todo nos hallaríamos ante una mediación conceptual: trasatlántica e intergaláctica.
Por lo tanto, en su literatura, peruanos y argentinos (al menos los incluidos en esta nota) no han querido permanecer inmunes al mito y, cada uno a su modo, ha procurado estar a la altura de esta impronta. Sin embargo, traído a cuento el oportunismo estilístico-político-comercial de Pablo Neruda, y si retomáramos aquel debate Arguedas/ Cortázar, sería más bien la poesía chilena la que encarnaría mejor aquello que, en principio y epidérmicamente, atribuimos al escritor argentino. Es decir, según el lema de Saúl Yurkievich, en el contexto de los fundadores de la nueva poesía (y cultura y ciudadanía) latinoamericana, sería Huidobro –y no Borges– el auténtico cosmopolita y lejano al redil del mito en este entuerto. Vallejo que tomara distancia de Huidobro justo, y finalmente, respecto de esta álgida materia: “Sí –ah, mi querido Vicente Huidobro–, no he de transigir nunca con usted en la excesiva importancia que usted da a la inteligencia en la vida. Mis votos son siempre por la sensibilidad”. Ergo, Altazor que se constituiría en una paulatina descorporeización (metafísica occidental); mientras Vallejo apostaría precisamente por lo contrario: la inclusión de todos los cuerpos posibles (metafísica amerindia o multinaturalismo) en sí mismo. Huidobro que se halla, a través de los decididos cruces de su escritura con otras artes y su intensa actividad política (concepto post autónomo de la literatura), en la base de los experimentos y desplantes de muchos poetas chilenos posteriores, entre otros: Nicanor Parra, Raúl Zurita, Juan Luis Martínez, Diego Maqueira o el propio Andrés Ajens. En todos ellos, grosso modo, el humor o/y la deconstrucción enmascaran la nostalgia del mito: Huidobrooo entre unas efervescentes glosolalias. Pero lo que al cabo resulta auténticamente cómico es que esta poética chilena, vamos a denominarla así, se exporta a países con un “rico caldo de documentalidad” (Lauer dixit), llámense Perú, Bolivia o Ecuador, y últimamente aquí se va acaserando. Es decir, se establece un circuito ida-vuelta con desmedro de los otros, no de la poesía chilena, muy auto persuadida de sí y auto suficiente. En este sentido, no es extraño o casual que ya varios poetas peruanos, entre los treinta a setenta años, hayan sido publicados y difundidos allí. La diplomacia chilena (“por la razón o por la fuerza”) se hace valer también a través de la cultura. P.G.

 

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