Juvenal Agüero y el fútbol peruano

“El poeta de la zurda”

Entre los jugadores peruanos, admiraba la guapeza de Roberto Challe y la inteligencia de César Cueto, el “Poeta de la zurda”; atesoraba dos escenas que, tal como el juego de este último, emergían de pronto de su memoria del modo más inesperado, eran dos auténticas epifanías: un pase de casi setenta metros, perfectamente elíptico, para que el “Ciego” Oblitas pegara la corrida y metiera el gol con el que el Perú ganó a Francia en el Parque de los Príncipes en la antesala del Mundial de Italia en 1986; la otra, el “Poeta de la zurda” pasando con pelota dominada a través de un túnel de argentinos manolargas para servir en el vacío, frente al área chica del arco contrario, una pelota que recogió como una luz “Patrulla” Barbadillo, descolocó al arquero, infló la red y dejó completamente muda a la hinchada celeste que abarrotaba –en un partido trascendental para ambos equipos, y que empató Maradona en el último minuto– el monumental estadio de River Plate.

Pero, eso sí, a pesar de sus muchos goles y hartísimas fotos en la prensa local e internacional, nunca lo terminó de convencer el “Nene” Teófilo Cubillas. Como algunos escritores que ya son profesionales desde chiquititos y van acaparando todos los premios, así le pareció siempre el juego del moreno del Alianza Lima (¡Alianza corazón!); disciplinado y prudente, fácilmente se hizo al gusto de los que alaban la profesionalidad –que al final es sólo purita prudencia– y hoy por hoy, por supuesto, aquel zambito del equipo afincado en el barrio de La Victoria es lo que es en los Estados Unidos de Norteamérica. A Juvenal mucho más le gustó el juego del “Cholo” Hugo Sotil, que siempre enfiló hacia el arco contrario como si llamaran para comer. Serrano de origen, de modo análogo a lo que sucedió en Chimbote durante el boom de la pesca con los que –desde diversos puntos de los andes– bajaban hasta este puerto buscando alguna colocación, se hizo patrón de lancha al día siguiente de haber aprendido, sujeto a un cable por la cintura, a nadar por lo menos sus tres brazadas. Es decir, a costa de punche y de sentimiento, aparte de su enorme talento para hacer lo que quería con la pelota, Sotil se metió en el bolsillo a todos los públicos. Los entendidos, al principio, no le aceptaban tantísimo chiche; acostumbrados a la marinera o, máximo, a la zandunga, no entendían para nada aquel endiablado baile que más tenía de fuga de huaylas o de embestida de borracho; mas, el “Cholo” Hugo Sotil fue también observando a los otros jugadores, refinándose, y sin perder para nada la esencia de su estilo –de por sí, pícaro y valiente — fue gloria en el Barsa y, ahorita mismo, lo único que al grueso de los catalanes anima para hablar alguna vez bien sobre el Perú.

De Prepucio carmesí (New Jersey: ENE, 2000)

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