Soledad Álvarez: ¿sus versos de agua?

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Como aclara José Rafael Lantigua (“Soledad Álvarez, en el filo de la navaja”, Diario Libre, 24/10/2015), y llena de contenido Carmen Imbert Brugal (“La coartada de Soledad”, Hoy, 16/10/2015), citamos indistintamente:

Soledad Álvarez [1950] es una poeta sesentista por la cronología, pero es noventiañera por los hechos [“alguien la enamoró en una única noche hasta el alba. Y nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarla”]. En 1994 publica su primer poemario, Vuelo posible. Entonces, espera que pasen doce años, en 2006, para publicar el segundo: Las estaciones íntimas. Y nueve años más tarde, entrega el tercero, Autobiografía en el agua.

Es decir, nuestra autora es una poeta la cual –aunque publicó esporádicamente desde finales de los 70′– escribe fundamentalmente en el recuerdo de lo vivido, como recomendaba Paul Valéry, y es quizá por este lúcido proceder que de modo invariable acierta. Acierta en el –desde su primer poemario– depurado control anti narcisista de su decir y en el verso ceñido y exacto de su arte. Aunque en particular en la presente compilación de sus poemas, Autobiografía en el agua (Santo Domingo, R.D.: Amigo del Hogar, 2015), constatamos una condescendiente y dominante convergencia del sentido hacia lo que en una reseña anterior ya esbozábamos: “el paso del tiempo, la toma de conciencia de nuestro paulatino deterioro y de nuestra indeleble máscara” (“Soledad Álvarez, sus señas íntimas”, blog de pedro granados, 21/01/08).

Y con esto, aunque honestos e incluso encantadores resulten sus versos, la poesía de Soledad Álvarez se torna previsiblemente conservadora; como releída un tanto desde la estética e ideología de los –inanes para la poesía– denominados poetas del “pensar” de los años ochenta. Nos explicamos, versos no claudicantes en sus temas o motivos ni en los briosos desplantes de su sujeto poético; pero sí paralizados –tanto ella como el resto de su generación: “describe una travesía que atañe a muchos” (Carmen Imbert Brugal)– en aquello de: “en la hora del vacío sólo queda regresar,/ lamernos las heridas” (“Decisión”, 1990). Poesía la de la dominicana, así como por ejemplo  la de Blanca Varela en el Perú, entonces, bajo candado y sin futuro. Y obvio esto sucede así, antes que por una decisión o alcance personal, por los mundos tan conservadores, discriminadores e injustos en que fueron concebidas ambas obras. Ningún poeta puede evadirse de su lugar de enunciación ni de la historia particular de su país. Y frente a lo absurdo del poder, y mientras más arbitrario sea éste, acaso sólo cabe mofarnos de él o detonar una potente epifanía para que todo se nivele bajo su irresistible y demoledora belleza.

¿Pero cabe escribir versos bellos todavía, pero cabe urdir una sutil filigrana ante la recia inercia del abismo, pero cabe insistir con el canon de lo oscuramente primoroso? No sólo una sociedad, sino también una cultura y una sensibilidad colectiva se quieren expresar a través del poeta. ¿Acertamos en ello? ¿Nos pasamos de largo? ¿La poesía es por esencia conservadora? ¿Y el lector, de modo necesario, un ser cínico o hipócrita? A todas estas y a otras preguntas más nos han llevado estos poderosos y persuasivos versos de agua.

“Soledad Álvarez, sus señas íntimas”

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