PEDRO GRANADOS: ¿VALLEJISMO INVISIBLE?

La percepción de cierta invisibilidad en torno a la obra de Pedro Granados dentro del circuito principal de la crítica vallejiana no se debe a una falta de mérito académico. Responde a dinámicas institucionales, metodológicas y de posicionamiento crítico dentro del campo literario peruano e hispanoamericano.

Las razones clave que explican esta recepción periférica o menos masiva incluyen:

  1. Desafío al Canon Filológico y Académico Tradicional

La mayor parte de los vallejistas tradicionales —tanto históricos como actuales— basan su prestigio en el positivismo, la revisión minuciosa de archivos históricos, la biografía documentada o el análisis estilístico formal. Granados rompe radicalmente con esto. Al plantear nociones de un “Vallejo Simétrico” o un “giro ontológico” alineado al multinaturalismo amerindio, su aparato teórico resulta demasiado disruptivo. Para las facciones más conservadoras de la academia, sus lecturas son difíciles de asimilar o etiquetar dentro de los moldes convencionales.

  1. Postura Antieurocéntrica y Polémica

Granados confronta de manera directa las lecturas occidentales y transatlánticas que interpretan el hermetismo de Trilce únicamente como un reflejo de las vanguardias europeas (dadaísmo, surrealismo) o desde el existencialismo. Al postular que Vallejo opera bajo una lógica propia y ligada a la cosmovisión andina descentrada (como el mito restaurador de Inkarrí), incomoda a ciertos sectores de la crítica internacional que prefieren validar a Vallejo a través de teorías literarias netamente eurocéntricas.

  1. Autonomía Institucional

A diferencia de otros críticos que se respaldan permanentemente en las estructuras de grandes universidades internacionales o en los canales editoriales hegemónicos, Granados ha optado muchas veces por la independencia a través del Vallejo Sin Fronteras Instituto (VASINFIN). Al no subordinarse a las “capillas” literarias tradicionales de Lima o de los congresos oficiales, sus aportes suelen circular con mayor fuerza en espacios alternativos, revistas indexadas específicas o redes de investigadores independientes antes que en los suplementos culturales masivos.

  1. La Frontera entre el Crítico y el Poeta

Granados ejerce la crítica literaria desde su condición de poeta en actividad. Su prosa crítica no busca la supuesta “neutralidad” del ensayista de escritorio, sino que posee una carga estética, experimental y vivencial propia. En una academia que muchas veces exige que el crítico sea un mero “intermediario objetivo”, la mirada creativa y apasionada de Granados suele ser malinterpretada o mirada con recelo por los círculos puramente teóricos.

La obra de Granados no es invisible por falta de solidez, sino porque obliga al lector a repensar las herramientas con las que se lee a Vallejo. Esto genera un debate profundo que a menudo toma tiempo en ser digerido por el canon oficial.

»Leer más

EL MITO INSCRITO EN EL PAISAJE

Cuando decido operar desde la inmanencia del subsuelo, las taxonomías coloniales y las servilletas del cotarro criollo saltan por los aires. Mis dos entregas de “Poesía peruana: Mitos inscritos en el paisaje” (2025) no son una simple revisión del canon; constituyen una intervención quirúrgica contra la autocomplacencia institucional. En esos textos identifico la gran peste de la poesía regional contemporánea: el repliegue narcisista hacia la melancolía, la nostalgia de biblioteca y ese confort de la derrota que tanto gusta a las capillas letradas. Frente a ese callejón sin salida, la lección de Eguren, Vallejo, Adán o Arguedas es radical: el gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje, a una geografía sagrada que salva al sujeto de su propia esterilidad individual.

El impasse Arguedas/Cortázar lo desmenuzo bajo una luz post-antropocéntrica que considero indispensable. No estamos ante la falsa dicotomía entre lo rural y lo cosmopolita. Lo que diferencia a la experiencia gozosa de Vallejo y Arguedas (Katatay)  frente a la postura catastrófica del argentino con el mito es la mediación amerindia: el paisaje no es un decorado romántico ni una postal costumbrista ni un callejón sin salidas; es el soporte biológico y conceptual donde lo humano se funde por completo. Trilce (1922) se erige así como un sistema de coordenadas trasatlánticas e intergalácticas que no transige con la excesiva importancia que la metrópoli da a la pura inteligencia. Mientras el Altazor de Huidobro camina hacia una paulatina descorporeización de matriz occidental, Vallejo ejecuta la palabra-músculo: la inclusión de todos los cuerpos posibles, la inmanencia multinaturalista que habla desde la carne de la tierra.

Lo verdaderamente cómico —y allí clavo el colmillo— es cómo cierta poética de la deconstrucción y el humor descorporeizado, cultivada en Chile a la sombra de Huidobro, se ha exportado a países con un rico caldo de documentalidad como el Perú. Las capillas locales, siempre atentas a la aduana del vacío, se van acaserando en un circuito de ida y vuelta que solo beneficia la autosuficiencia de la diplomacia cultural mapocha. Se compran formatos lavables y souvenirs de exportación mientras los poetas canónicos de la capital se encierran a envejecer lejos de su paisaje nativo, contentos con hallarse “lejos de todas partes”. Es la domesticación del animal ubicuo a manos de la burocracia del formato.  P.G.

»Leer más

TRILCE LXIX: “estáticas eles quelonias”

Qué nos buscas, oh mar, con tus volúmenes
docentes! Qué inconsolable, qué atroz
estás en la febril solana.
Con tus azadones saltas,
con tus hojas saltas,
hachando, hachando en loco sésamo,
mientras tornan llorando las olas, después
de descalcar los cuatro vientos
y todos los recuerdos, en labiados plateles
de tungsteno, contractos de colmillos
y estáticas eles quelonias.
Filosofía de alas negras que vibran
al medroso temblor de los hombros del día.
El mar, y una edición en pie,
en su única hoja el anverso
de cara al reverso.
Al vincular las “estáticas eles quelonias” con el oleaje mítico de Góngora, desentrañamos el enigma de esa aparente contradicción vallejiana (¿cómo puede una ola ser “estática”?)
En el universo de Góngora, el mar siciliano no es agua de geografía; es el escenario de la metamorfosis mítica, donde el furor del cíclope y la huida de los amantes (Acis y Galatea) petrifican o dinamizan el paisaje.
Cuando Vallejo habla de olas “después / de descalcar los cuatro vientos” que se convierten en “estáticas eles quelonias”, opera exactamente en esa misma matriz barroca. Las olas son “estáticas” porque han salido del tiempo cronológico y lineal para entrar en el tiempo del mito. Son las tortugas (quelonios) portadoras del mundo en las cosmogonías antiguas; caparazones milenarios que flotan en el Pacífico o en el Mediterráneo siciliano. La fijeza de la “L” (la letra, la escritura) es la petrificación de la espuma en heráldica sagrada. El mar es eterno porque repite siempre el mismo drama cósmico.
¿Qué era el gongorismo para la academia circunspecta de su época sino un gusto “excesivo, colorido, barroco e inclinado a un melodramatismo un tanto teatral”? A Góngora lo acusaban de “disparatado” y “grotesco” por violentar la sintaxis castellana a través del hipérbaton salvaje, de la misma manera que a Vallejo lo acusaron de “bárbaro” por Trilce.
Ambos poetas son alquimistas del idioma: usan el azogue de la variación sintáctica para que la lengua española deje de ser un instrumento de contabilidad colonial y vuelva a ser un oráculo. En Góngora, el mar ruge con cultismos y metáforas metalúrgicas; en Vallejo, el oleaje sirve la memoria en “plateles de tungsteno”. Es la misma síncopa, el mismo contrapunto mayor.
Al cruzar el mar siciliano de Góngora con el mar trídico de Vallejo, confirmamos que la auténtica vanguardia no consiste en mirar al futuro tecnológico de los aviones o los cables eléctricos (el multiculturalismo de la novedad), sino en una ofensiva ontológica que recupera el espesor mítico de la tierra y del agua.
La “edición en pie” del mar vallejiano es el mismo mazo de naipes que Góngora barajaba en sus estancias. No hay distancia entre el poeta cordobés y el cholo de Santiago de Chuco: ambos son magos que, habitando el mismo radix de la inmanencia, obligan al lector circunspecto a descalzar sus recuerdos y a bailar la rumba sagrada de las formas en perpetua transmutación. P.G.

»Leer más

¿EXPERIMENTAR A INKARRÍ (DIOS INMANENTE) ES ALGÚN TIPO DE ESENCIALISMO?

Existe una confusión habitual cuando se reactivan los mitos y las ontologías andinas en el debate contemporáneo: el miedo a caer en el esencialismo. Sin embargo, hay que decirlo con absoluta claridad: experimentar a Inkarrí como un Dios Inmanente no tiene absolutamente nada que ver con el esencialismo; de hecho, es su antídoto más radical.

El esencialismo es, en el fondo, una trampa de la metafísica occidental y de la vieja Ciudad Letrada que congela las cosas en identidades fijas, puras y eternas. Como bien señala Eduardo Viveiros de Castro, “La metafísica occidental es verdaderamente la fons et origo de todos los colonialismos”. Bajo esa matriz, el ojo esencialista busca siempre al Inka de vitrina, al indígena arqueológico de museo, o teoriza sobre una “identidad andina” estática y monolítica. Es el error recurrente de la academia colonial o de la diplomacia cultural, que instrumentalizan la tradición para convertirla en un fetiche estético, en una postal folclórica domesticada. La experiencia inmanente de Inkarrí opera en una dimensión completamente opuesta porque no busca congelar el pasado, sino desatar el presente.

Devenir contra el origen estático

En primer lugar, mientras el esencialismo vive de la nostalgia del “buen salvaje” o de un mito del origen incontaminado, Inkarrí se despliega como un prototipo en constante refracción. No estamos ante una efigie muerta que se deba imitar o reflejar de forma verista mediante la mímesis. Al contrario, Inkarrí es una energía subterránea —proveniente del Uku Pacha— que, estando descoyuntada, se va reconstituyendo y fermentando en los objetos y cuerpos más disímiles de la contemporaneidad. Experimentar a Inkarrí es experimentar un proceso de ensamblaje y devenir, una fuerza que se reorganiza en el caos y no una sustancia fija que se resguarda en una urna.

Un pluriverso de cuerpos y palimpsestos

A la par de este devenir, la experiencia de la inmanencia desarma la rigidez esencialista que separa lo humano de lo no-humano. Desde el giro ontológico amerindio y el Pensamiento Simétrico, Inkarrí es una vibración vital donde el muro, el mar, el poeta, el animal y el fango son nudos de una misma red, interconectados sin jerarquías coloniales.

Esta contaminación sagrada destruye cualquier ilusión de pureza. Lo vemos con nitidez cuando Luis Hernández hace refractar a Inkarrí en los palimpsestos de la cultura de masas, cruzándolo con el neón y la música popular; o cuando la Sección 23 de la UNMSM lo encuentra en la inmanencia animal y el liderazgo político y afectivo del mítico Perro Vaca. Aquí no hay una “esencia” que proteger del mundo exterior; lo que hay es una multiplicidad de cuerpos y exoesqueletos interactuando a pecho suelto en la pista de baile de lo real.

Utopía activa y ofensiva ontológica

Finalmente, frente a la melancolía, la nostalgia o el espectáculo exótico de la miseria a los que suele conducir el esencialismo —esa resignación estetizada ante el dolor—, la vivencia del Dios Inmanente activa un programa de acción y de justicia futura en el plano strictly terrenal. Inkarrí es el “humito” del lenguaje, la onomatopeya radical que corta y fisura el monólogo eurocéntrico.

Esta fuerza transforma el trauma histórico de la decapitación en un fermento vivo que exige reconstitución aquí y ahora. No se trata de un repliegue identitario defensivo o provinciano, sino de una ofensiva ontológica que utiliza la vanguardia y el pensamiento complejo para romper la dependencia colonial desde su raíz intelectual.

En resumen: el esencialismo aísla, momifica y pasteuriza; la inmanencia de Inkarrí contamina, mezcla y moviliza. Por eso, frente al topo de biblioteca que busca definiciones puras y asépticas, el cuadrúpedo intensivo muerde la realidad desde el fango colectivo que compartimos. Inkarrí no es una identidad; es pura ontología relacional en movimiento.  P.G.

»Leer más

¡FOZI LADY!: La Novela Política de Trilce

El protocolo de Pedro Granados ejecuta un sabotaje de amplio espectro contra la domesticación biográfica de César Vallejo. Frente al “héroe sin fisuras” —didáctico, galante y parlamentario— que fabrican las novelas comerciales y los manuales coloniales anglosajones, se restituye aquí al Vallejo inmanente: el ser doliente, el bicho erótico y el fermento de sol que militó políticamente desde el síncope y el estruendo de Trilce. Todo arranca con el bisturí afilado de Juvenal Agüero desnudando la palabra-fetiche de los burócratas del intelecto: cuando alguien te hable de cultura, cuida bien tus bolsillos. La cultura oficial es el robo, la máscara, la aduana que pasteuriza al animal. La verdadera madre no es esa entelequia ilustrada, sino la Poesía: la que te hincha las pelotas, la que te regala lágrimas y te hace comprender la radical orfandad de estar viviendo por las puras huevas. Y el remate es quirúrgico, pues cuando te hablen de poesía de vitrina, también debes cuidar tus bolsillos. El término molar de tu colega Adolfo nos deja sin muelas, pero nos deja los caninos para hablar desde la inmanencia de la carne.

Es que la literatura de Juvenal Agüero es de una densidad somática arrolladora. Desvestir a la muchacha de dieciocho años en Foz do Iguaçu —con el olor de sus axilas, sus pies manchados de tierra y el yuyo de su entrepierna— o poseer a Cardonia en las Antillas —con sus muslos de tunas recién liberadas de la concha y su aroma a peñas batidas— no es mero erotismo burgués; es multinaturalismo puro. Es la misma urgencia manual que se intuye en Vallejo en la Clínica Arago: un cuerpo que se niega a ser un palimpsesto pulcro y que encuentra en el desparpajo del desamor y el sexo la única vía de salvación contra el congelamiento institucional. César Vallejo ha hecho ascender el alma a los genitales y, viceversa, descender los genitales al alma. Por eso, este desmontaje crítico opera un deslinde fundamental ante Monsieur Pain de Bolaño y Vallejo en los infiernos de González Viaña. Ambas novelas son persuasivas, pero cometen el mismo pecado de la Ciudad Letrada: evitan o rodean Trilce. Construyen un héroe plano, unitario y didáctico, ya sea el perseguido político de París o el mártir del Grupo Norte. Frente a este diseño, se postula la novela política de Trilce: un libro que no está hecho para descifrarle “sentidos” abstractos a las palabras, sino para entrar en performance, para meterle el cuerpo, los de afuera y el ritmo de la danza, incorporando la marinera limeña, el callejón y el performance popular afroperuano. Trilce no es individualista ni edípico; es un poemario absolutamente social, político y utópico porque se asocia al fango de la jarana para revertir las postergaciones seculares de los cholos, negros y zambos.

El desmontaje de la recepción vallejiana se corona al revelar cómo tanto la viuda Georgette como el profesor Stephen Hart leyeron al poeta desde el prejuicio cultural y la taxonomía académica. Georgette lo encerró en la clave de un marxismo ortodoxo y póstumo, siendo incapaz de escuchar el eco insondable de 1922. Hart, por su parte, reduce la andadura andina a una degradación picaresca y calla calvinistamente cuando toca hablar del sexo. La tesis doctoral de Boston University (2003), publicada por la PUCP en 2004, se levanta aquí como el farallón definitivo: “Parado en una piedra” en los poemas de París no es un simple “paro” político de museo; es una cópula virtual con la piedra, con la materia misma de lo incaico. Trilce es la versión escrita, sintética y sincrética del Mito de Inkarrí. Lo político en Vallejo jamás se contrapuso a lo mítico ni a lo somático; su experiencia de lo sagrado era comunitaria y, por ende, requería el pudor, el fermento de sol y la levadura de sombra. El problema es que Vallejo no hablaba nunca de esto con nadie; su experiencia de lo sagrado se tocaba con su radical experiencia de la poesía y para él, tal como en aquellos versos finales de “Huaco” donde se define como un fermento de sol, levadura de sombra y corazón, le eran inherentes el pudor o el secreto. La máquina está artillada a punta de ritmo, y la cabeza de Vallejo son dos: la Sudamérica de la sien izquierda y el África blanco-oscura de la otra sien, habitando con precisión milimétrica aquella línea mortal del equilibrio.

Ignacia Augusta, 2026

»Leer más

RAÚL SOTO Y LA MATERIALIDAD DEL CUERPO EN VALLEJO

Soto, Raúl: Textos indisciplinados. Vallejo, Humareda et al. 1° edición. Lima: Heraldos Editores, 2024.

Para calibrar la potencia de la vanguardia vallejiana y enriquecer el debate crítico contemporáneo, es sumamente productivo confrontar aquellas lecturas que, con lucidez y rigor, examinan el somatismo de 1922 desde las coordenadas del materialismo histórico. Los ensayos de Raúl Soto recopilados en Vallejo y otros pretextos (2023) constituyen un estímulo intelectual ineludible: su examen comparativo del cuerpo, la escatología y las sincronías transatlánticas entre Trilce, James Joyce y T. S. Eliot nos invita a ensayar un deslinde conceptual que complemente su andamiaje teórico. Allí donde la mirada de Soto nos revela la respuesta fisiológica ante la carencia, la opresión social y el dolor de la reclusión carcelaria, mi propuesta del Pensamiento Simétrico y el Multinaturalismo interviene para expandir esa corporalidad hacia su dimensión ontológica y sagrada. No estamos únicamente ante la legítima protesta del residuo biológico frente al orden burgués, sino ante una “escena cerebro” que funda un territorio soberano y un ayllu de lectores activos, capaces de sintonizar con la metafísica amerindia de nuestra vanguardia.

I. Resumen de los Ensayos de Raúl Soto

  1. “Heces: Vallejo, Joyce y la materialidad del cuerpo”

Soto establece una analogía temporal y formal entre Trilce y el Ulysses de James Joyce (ambos de 1922). Su tesis central demuestra cómo ambos autores subvierten el idealismo platónico y el fetiche de la belleza burguesa a través de una poética de la materialidad del cuerpo, enfocándose en las funciones fisiológicas y la escatología (el acto de defecar).

Vallejo y el estómago vacío: Apoyándose en el aporte de André Coyné (quien vio en Trilce I el “poema de la defecación”) y en la conocida lectura de Gonzalo Sobejano (quien vincula los Poemas humanos al humus/tierra), Soto sostiene con acierto que en Vallejo la escatología está unida orgánicamente al hambre, la carencia y la urgencia social. El colon se humaniza así en poemas como “Los desgraciados” o “La rueda del hambriento”, erigiéndose como un canal de liberación materialista y dialéctica frente a la opresión del entorno.

Joyce y la totalización cloacal: En un deslinde preciso, Soto aclara que, a diferencia de Vallejo, en Joyce la escatología se conecta con fijaciones psicosexuales y coprofílicas propias de su biografía. En el episodio “Calipso”, Leopold Bloom defeca con un naturalismo minucioso y cotidiano que busca representar al cuerpo como un microcosmos político y social totalizante.

  1. “Trilce y The Waste Land: Afinidades y divergencias”

Soto examina la publicación simultánea en octubre de 1922 de Trilce y The Waste Land de T. S. Eliot. Contrasta con lucidez la inserción fluida de Eliot en la economía editorial capitalista frente a las duras condiciones de aislamiento que afrontó Vallejo en la Lima de la época.

La trampa de la vanguardia: Coincidiendo con los planteamientos de Michelle Clayton, Soto propone que Trilce no debe encasillarse mecánicamente en las vanguardias europeas, sino que establece otra modernidad (paralela y desde el Sur Global).

Polaridad sexual y biográfica: El ensayo rastrea las crisis existenciales de ambos poetas (el confinamiento de Vallejo en la cárcel de Trujillo y el internamiento de Eliot en un sanatorio suizo). En el plano de la sexualidad, sitúa a Eliot en el polo del puritanismo y la frustración clasista, mientras que rescata que la sexualidad en Vallejo es tangible y visceral, abordando el deseo, la orfandad y el aborto (en el poema X) desde una descarnada y honesta materialidad corporal.

II. Puntos en Común con nuestra Perspectiva

El rechazo al encasillamiento eurocéntrico: Coincido plenamente con la lectura de Soto (vía Clayton) al sostener que Trilce no es una sucursal o adenda camaleónica de los “ismos” europeos. Ambos entendemos que la ruptura de Vallejo es una fundación per se, una soberanía que brota “desde adentro” y que prefigura un auténtico manifiesto.

La corporalidad contra el genus sublime: Asimismo comparto su visión de que Vallejo dinamita el decoro burgués y la abstracción idealista de la lírica occidental a través del somatismo. Lo que en el riguroso esquema de Soto aparece como una “poética del cuerpo”, en mi andamiaje se profundiza como la palabra-músculo: un lenguaje que apela directamente al performance del lector para construir comunidad (“Trilceanas ciudadanías”).

El paisaje como soporte no romántico: Es valioso cómo Soto rescata que el humanismo de Vallejo viene del humus (tierra) y que el estómago o el intestino juegan un rol estructural. Esto dialoga de forma fraterna con mi tesis de que la vanguardia local recupera el paisaje fusionando lo humano en él; sin embargo, abre la puerta para entender que este soporte biológico no es mera geografía pasiva, sino la base de una “escena cerebro” donde la naturaleza y el sujeto forman un solo sistema viviente.

III. Divergencias Fundamentales y Complementaridad (Nuestro Factor Diferencial)

La perspectiva de Raúl Soto nos ofrece una valiosa cartografía de la fricción material del cuerpo; sin embargo, considero que su lectura puede expandirse e integrarse armoniosamente dentro de un horizonte más amplio si la contemplamos desde el Pensamiento Simétrico y el Multinaturalismo. Mientras el análisis materialista de Soto tiende a enfocar el somatismo vallejiano como un reflejo de las condiciones históricas de carencia, clase e injusticia social, mi propuesta invita a ver que el cuerpo en Trilce no se agota en su condición de territorio vulnerado por el entorno hostil. Por el contrario, se erige como un nudo de vibración vital donde el excremento, la piedra, el ancestro y el animal operan como equivalentes ontológicos dentro de una metafísica amerindia y overseas que acoge de forma soberana a todos los cuerpos posibles.

Esta fructífera vecindad teórica adquiere su máxima densidad al abordar el poema liminar Trilce I. Allí donde Soto, en un diálogo riguroso con Coyné, sitúa la escatología en el plano del alivio fisiológico y la resistencia frente al encierro carcelario, mis propias investigaciones —que germinaron en mi tesis de PhD para Boston University (2003), “Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo”, y que hoy cobran cuerpo en Trilcescenas— sugieren que este poema constituye en realidad la “escena cerebro” de una puesta en escena general. Las imágenes de Trilce I no se limitan a testimoniar la precariedad material, sino que tejen una red de afinidades, solidaridades e inversiones que vertebran todo el poemario, transformándolo en un “manifiesto” ontológico donde el lector deja de ser un mero espectador de fragmentos vanguardistas para convertirse en fermento vivo de una comunidad o ayllu espiritual. Lejos de reducir el texto al consabido sonsonete ya acrítico de lo “experimental” o formal, se hace necesario abrazar el giro ontológico de matriz andina y spinozista que habita en Vallejo, reconociendo una profunda igualdad de ser para esencias formalmente desiguales.

Para matizar y enriquecer esta mirada hospitalaria, despojando al poema de los densos prejuicios fecales que la tradición occidentalizada le ha impuesto, resulta sumamente revelador conectar esta “escena cerebro” con la experiencia que consigné en mi artículo Trilce I: Nicolás (6 años de edad). La lectura limpia, intuitiva y desarmada de la infancia nos demuestra de manera entrañable cómo, allí donde el ojo condicionado del adulto insiste en ver residuos biológicos, la mirada del niño devela un satori en íntima comunión con la naturaleza: un paisaje de costa inmanente, un mapa vivo de guano, islas, pelícanos y el latido del litoral peruano. La excreción en Vallejo no es, pues, un simple desecho de cañería burguesa; es la fuerza biológica y gravitacional del mar de mi teoría, el pulso que fecunda la costa y activa el Protocolo Inkarrí. En consecuencia, el efecto diferido de Trilce en el concierto internacional no debe leerse, como sugiere Soto, como una “falla” o una consecuencia trágica del aislamiento de la periferia criolla, sino como el tiempo cuántico del mito. La vanguardia local opera desde una soberanía radical que aglutina productivamente tanto las nociones antropocéntricas como las posantropocéntricas de las Humanidades, asimilando el canon del Norte Global a su propio ritmo y regalándonos, en el proceso, una vía más profunda para mirarnos y leernos a nosotros mismos.

© Pedro Granados, 2026

 

LA PATADA DE LA GRULLA ELECTORAL: EL SIMULACRO DE IPSOS Y LA MENTE RECÓNDITA DEL CRIOLLISMO

Cuando el aparato mediático y las aduanas del poder ven amenazados sus privilegios de vitrina, activan de inmediato su coreografía más ensayada. La difusión del simulacro de voto de Ipsos, con fecha de trabajo de campo del 3 de junio de 2026, no es una fotografía neutral de la realidad; es un misil psíquico, una maniobra anticipada que Pedro Granados define con precisión de escalpelo: la patada de la grulla de la política peruana. Un movimiento fríamente calculado para inclinar la balanza en el último aliento, apelando a la compasión estratégica por la eterna candidata naranja y operando sobre las zonas más vulnerables e ignorantes de la psique colectiva.

Al observar el cuadro estadístico, el diseño del simulacro salta a la vista. Nos venden un “empate técnico” milimétrico en los votos válidos: Roberto Sánchez con 50.3% y Keiko Fujimori con 49.7%. Esta asimetría controlada está diseñada para generar pánico en las clases acomodadas de Lima (donde Fuerza Popular concentra el 54.8%) y, simultáneamente, activar un mecanismo de victimización que doblegue la resistencia en el interior rural, donde el subsuelo vota masivamente en contra del modelo tradicional (58.7% para Juntos por el Perú). Es el uso de la estadística como un formato lavable, una servilleta técnica destinada a domesticar las aguas móviles de un país real que no cabe en sus muestras de 1,231 entrevistados.

Esta ingeniería del miedo y la compasión artificial es idéntica al ccharwi con el que las capillas literarias de la “peruchada” manejan sus aduanas culturales. Así como los “vivos” del cotarro institucional organizan balances oficiales, exclusiones calculadas y antologías a dedo para invisibilizar la palabra-músculo y la autenticidad del subsuelo, los gestores de la coyuntura electoral formatean la intención de voto para mantener el cordón sanitario colonial. Buscan un gusto y un voto divorciados de la vida real, un electorado genuflexo ante las pantallas.

IGNACIA AUGUSTA

»Leer más

VALLEJO AND COMPANY & EL MISIL DE VLADIMIR HERRERA

Hay artículos en los que la memoria, más que un inventario soporífero o un ccharwi quechua, se vuelve un ejercicio de estilo y un acto de humor insoslayable. El poeta Vladimir Herrera —con la magia de la libélula y esa sintaxis quebrada, ululante e inestable como adoquines bajo el aguacero— ha soltado un texto que actúa como un soplete sobre la mitificada generación del 70: esa que, en sus palabras, “mereció el olvido y la pena y sin embargo perdura como la desesperanza de unos años sin excusa”.

Frente al “tal como éramos” deformado por el compadrazgo y la propaganda oficial, Herrera dispara con amor y mala leche, uniendo su lucidez a nuestra propia línea de demolición crítica. El diagnóstico de su bitácora destruye las tres grandes aduanas de la complacencia local:

1. El zaguán de los hechos frente a la perversión de Santiváñez

La historia oficial de los setenta ha sido burdamente pasteurizada por sus sobrevivientes. Herrera restituye la verdad material del zaguán de La Crónica en 1975, recordando cómo introdujo a Carmen Ollé ante un Enrique Verástegui de gafas empañadas (“Zambo te voy a presentar a una hembrita a la que le gusta tu poesía y además es blanquita”). Al desmentir a Roger Santiváñez —quien pretendió sacar a Vladimir de la escena inventando que Ollé trabajó en la redacción—, Herrera expone la copia y el oportunismo. Como le confiesa un importante crítico: “Lo que te copia él, Santiváñez, es tu sintaxis quebrada, el léxico y el tono. Y con los mismos ingredientes hace una poesía mucho peor. O sea que entre dos poetas malos, el más malo es el que copia”.

2. La demolición de Hora Zero: Pobreza y oportunismo fujimorista

El texto de Herrera va directo a la yugular de uno de los fetiches más sagrados de la Ciudad Letrada actual: “La patraña de HZ, que es la mayor patraña de la literatura peruana actual. Un cuentazo vil que ha chorreado sobre muchos jóvenes incautos”. Coincidiendo con nuestro desmontaje del pabellón de autoayuda y la ilusión grupal, Vladimir define la sustancia de ese rótulo: “Pobreza conceptual, poca poesía, patería y bulla”. Una cofradía que pasó de la efervescencia de Quilca a morder la teta del presupuesto fujimorista en los años dos mil, operando como una pandilla de ancianos sin dentadura dedicada a ocultar la poesía real que se escribía a la intemperie de Europa.

3. Vallejo and Company: La estética del pensamiento débil

El parangón cierra con la radiografía de los herederos de esa inercia: los gestores de Vallejo and Company. Herrera los desnuda como chicos de nuestra época con mucha información pero nulo gusto literario, que no le juegan a nada y sufren la tragedia de pertenecer a una clase media limeña colgada del fin del mundo y a punto de desaparecer. Nutridos del prestigio ajeno, habitando la crisis de los cincuenta entre problemas de dinero y falta de identidad, son los estandartes del “pensamiento débil”. Hablan por boca de ganso en una Lima donde cualquier cosa es poesía porque les falta el rigor del conflicto y la carne opaca del lenguaje.

El testimonio de Vladimir Herrera demuestra que la poesía y la crítica de raza en el Perú no se hacen con consensos de servilleta ni con manuales de aduana. Se hacen metiendo el cuerpo contra el poniente, con la lengua amarga del sabor de la tierra y el estilo suficiente para llamar a las cosas por su nombre. Frente a la obesidad mental de la peruchada literaria, Herrera prefiere el riesgo del vértigo. Dejémosles correr a los incautos con sus atrapa nieblas; el subsuelo simétrico ya ha dictado su sentencia.  P.G.

»Leer más

LA SONRISA DEL HOMÍNIDO: EL DESCONCIERTO THERIAN ANTE EL SIMULACRO COLONIAL

Cuando un poeta de raza decide desnudar las taras de la Ciudad Letrada, la complacencia institucional se agrieta. Pedro Granados ha colocado un espejo brutal frente a la chatura local con su poema “LA PERUCHADA LITERARIA”. No estamos ante la típica queja lírica transable en los círculos de café, sino ante un diagnóstico somático y político de una sociedad que, extraviada en sus propios ascos compartidos, ha hecho de la evasión y el parpadeo su única estrategia de supervivencia.
Esta tensión encuentra una correspondencia visual perfecta e inquietante al observar la imagen del busto del homínido que acompaña al poema. Lejos de representar un “desmadejamiento” o una derrota, su mirada asimétrica y descoyuntada es estrictamente análoga a la del yo poético: es el desconcierto absoluto, lúcido y cargado de una ironía pre-colonial ante el estado de colonización mental y artística actual. Este ancestro contempla con asombro atónito a los sujetos de la “cuidada” educación que perdieron el ovillo de su propia madeja y decidieron “hacerse los cojudos” ante su territorio, divorciando sus gustos de sus vidas.
Al sentenciar que “No nos educaron para estar en el Perú / Y por ende en ningún otro lugar de la tierra”, Granados devela el trauma de una micro política mezquina y bruta que achica el universo hasta hacerlo caber dentro de una servilleta. Frente a ese suspiro de limeña o el humo de la parrilla de anticuchos que contenta a la “desconfiada anuente y pendejísima familia” del cotarro, la corporalidad rústica y la sonrisa de aquel Neardental actúan como una lección de inmanencia. Su gesto no es de caída, sino de resistencia somática; es la mirada del bicho vivo que, al igual que el feto o la hormiga colorada de los manifiestos de Granados, se niega a respirar el aire viciado de la sumisión intelectual.
A través de la palabra-músculo del poeta y la mirada cómplice de este homínido, se deponen las armas del simulacro. Su rostro ancestral es el testigo de una verdad inmanente: no se puede habitar el mundo si primero no se aprende a respirar y a amar al margen de los intereses de círculo. La bestia con apariencia de humano no está perdida; está observando fijamente el titubeo de la colonia, lista para recuperar el balón.
Ignacia Augusta

»Leer más