
Me detuve frente a la puerta con la chica detrás mío.
-Espera un momentito –le dije-; voy a arreglar el cuarto.
Ingresé, y dejé a la chica afuera. Empecé a estirar las frazadas, acomodar las almohadas y empujar la maleta. Recogí algunos papeles y saqué la ropa amontonada sobre la silla y la metí debajo de la cama. “Listo”, me dije, observando el arreglo efectuado: la cama ordenada, la silla despejada, el suelo sin papeles, y el televisor…, ¡el televisor estaba con libros y con el aparato de control remoto encima! ¡Uh! Puse el control sobre la cama y los libros los acomodé debajo de ésta. “Ahora sí, ya está”, me dije, y me dirigí a la puerta.
-Pasa -le dije a la chica, y ella ingresó, algo nerviosa.
-Acomódate -le señalé la cama. Ella se sentó en el borde con las manos entre las piernas, y me preguntó:
-¿Aquí vives?
Yo asentí, y me senté a su lado. Le acomodé los cabellos y los acaricié. Su trencita que la tenía sobre los pechos se la puse a la espalda. Ella me hizo un gesto de rechazo, inclinándose para un costado, pero yo, ni caso. Le puse una mano en uno de sus muslos y empecé a sobarlo, ella me contuvo.
-No seas así -me dijo, con molestia, y sujetó mi mano.
-¿Qué pasa? -le dije. Me puse muy serio. “Está bien huamán para que me haga eso”. Se quedó callada. “¡Ah!, entonces…”, me dije, “acepta”, y volví a las andadas. Puse mis dos manos en sus muslos y volví a sobarlos, pero otra vez me rechazó:
-¡No seas así!, ¡no seas así! –repetía.
No le hice caso… y volví a insistir, pero está vez bajé mi mano hasta sus rodillas para levantarle la falda.
-¡Noo! –exclamó, y al darse cuenta de mis intenciones, me dio un empujón. ¡Carajo! Me hizo caer de espaldas. Felizmente puse mis manos como apoyo porque sino me hubiese rajado la cabeza. ¡Tenía fuerza esta chucha! Me levanté asado, con ese dolor terrible en las muñecas.
-Mira –le dije, muy serio-, ya no somos niños. Si te traje aquí es para que me des favores afectivos; ahora, si no quieres nada, entonces márchate, pues; estamos perdiendo el tiempo.
Ella se quedó callada y luego fijó la mirada para un costado…, ¡como si no me hubiese escuchado! “¡Ah!, acepta”, me dije, y puse mis manos en sus senos… Confiado, ¿no?
-¡Noo! –gritó otra vez, y me apartó violentamente.
Acabé por encolerizarme; ¡ya era el colmo!
-¡Por favor! ¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Si no vamos a tener nada, entonces márchate!
No dijo nada, mirando otra vez para un costado.
¡Por favor! –volví a decirle.
Ni se movió.









