José Vicente Anaya (1947-2020), presente

Traducciones de JVA:

Quedé en la inopia

Todo me quitó el ladrón.

(!tengo esa luna!)    Ryokan

¿Quién me dará la

nalgada cuando

vuelva a nacer?

¿Quién cerrará mis

ojos cuando

a la hora de mi muerte

me vea?            Elise Cowen

Quiso estar loco, como Artaud, pero su cordura no se lo permitió.  En poesía, como muy pocos, era un erudito del pasado y también del presente.  Bueno, rasgo no extraordinario en México donde el problema de su poesía, según Julio Trujillo, es “el exceso de cortesía”; es decir, no la insuficiencia de documentación ni, por lo general, un elaborado estilo (incluso el infrarrealista). De modo sumario, un militar en nociones antropocéntricas duras de las Humanidades.  Nosotros éramos los que estábamos locos.  A inicios del año 2004, una vez graduados en Boston University, y con escasísimo dinero (mejor, por vergüenza ajena, no digo el monto), tomamos el primer Greyhound disponible y nos fuimos en autobús hasta México DF y, de aquí, a Puebla.  Viaje infinito, aunque tolerable, por la avidez de conocer el camino; viaje de vuelta, muchísimo más penoso, porque cruzando nada más la frontera de Laredo, de regreso a Boston, perdimos una de las numerosas conexiones que nos traían con nuestra chaqueta, documentos y Laptop dentro del autobús.  José Vicente, persona absolutamente frágil dentro de un empaque de cruzado.  Obvio, coincidimos en Puebla; bueno, él en plan de brindar sus talleres en la “Casa del poeta”, en tanto miembro del Sistema Nacional de Creadores Artísticos (SNCA); nosotros en plan de sobrevivir y absorberlo todo.  Fue muy positivo nuestro “Año mexicano”.  Nos presentó en Puebla a su novia, muy bonita, que fue y, luego, no fue; después también  nos enteramos que –por enésima vez– rompió con José Ángel Leyva y concluyó Alforja, la cual ambos dirigían.  Alforja, una muy inspiradora revista de poesía a nivel regional.  José Vicente Anaya, cabeza de león y no cola de ratón de las letras mexicanas e hispanoamericanas. P.G.

Visión infrarreal del Infrarrealismo/ Pedro Granados

El infrarrealismo (1976) fue una reinvención horaceriana del chileno Roberto Bolaño[1] en México (país con mejor infraestructura económica y mayor capacidad cultural mediática que la del Perú, ¿nos entendemos?); ya que aquél en su patria, y durante la dictadura de Pinochet, no podía hacerlo… Pero se topó con un talentoso, como Mario Santiago Papasquiaro, que más bien influyó en él o, al menos, en el diálogo tomaron uno del otro.  Bolaño, el lado lírico, imaginista o romántico de Papasquiaro; y éste, lo que aquél debía a Hora Zero (1970) y que –en ese entonces y para aquel contexto– no era poco: el aspecto contestatario, informal, callejero, político en suma. El cual, a la larga, venía de una lectura de época de César Vallejo (Monsieur Pain); y no necesariamente del talento “teórico” o “praxis teórica” de los de Hora Zero (Tulio Mora e incluso el mismo Juan Ramírez Ruiz, para ni siquiera referirnos a Jorge Pimentel en tanto crítico). Lectura vallejiana, maniatada al dolor y al compromiso, la cual montó y administró –para todo el continente y desde los 60′– la Revolución Cubana.  Filiación de Bolaño, aunque un tanto tardía, a la “familia Vallejo” (Roque Dalton) en rechazo de la de Pablo Neruda; o del “imperio” que por aquella época constituía en México la obra de este premio Nobel (1971) junto con la de Octavio Paz. Filiación más gravitante y contundente allí, en el contexto del Infrarrealismo, que el humor deconstructivo de un Nicanor Parra (autor no menos vallejiano, aunque en otra lógica); o que el vanguardismo anterior y local de un Maples Arce (Estridentismo).  Bolaño, además, en México no sólo utilizó  a su muy joven compatriota, Bruno Montané Krebs, ávido y curioso lector, a modo de ósmosis o mayéutica poético-intelectual permanente; sino que también empleó y manipuló, esta vez como pantalla, a José Rosas Ribeyro –poeta peruano absolutamente menor de Hora Zero— para intentar canibalizar este último Movimiento: ponerlo a la par del mexicano o incluso hacer preeminente al Infrarrealismo a nivel continental (cosa que, al fin de cuentas, logró con la publicación de Los detectives salvajes).  José Vicente Anaya[2] –junto con Bolaño y Papasquiaro otro de los fundadores del Infrarrealismo o, al menos, de alguno de ellos– ante tan fulminante expansionismo del chileno (paralelo, consistente y mayormente incuestionado ante la crítica como los de Raúl Zurita o Pedro Lemebel, sus paisanos) queda atónito y no tuvo más remedio que quedarse, mayormente, de ensayista y traductor (poetas beats, haiku japonés, Marge Piercy, Allen Ginsberg y un largo etcétera).  Es decir, Anaya en aquel exacto momento, careció del oportunismo y malicia de Bolaño –aunque luego éste, en la novela, descubriera el mejor formato para su escritura– y de la persuasiva zozobra que lograban comunicar los versos de Mario Santiago Papasquiaro.

[1] “Al parecer siempre se preocupó por ser considerado el líder del grupo y por ejecutar ‘expulsiones’ […] En buena medida, Bolaño hace un gran trabajo de lavado de imagen en su novela [Los detectives salvajes]” (Heriberto Yépez, “Historia de algunos infrarrealismos”, Alforja 37, 2006)

[2] “Me recuerdo caminando con él [Anaya] sobre la calle de Dolores, en el barrio chino de la Ciudad de México, por los años setenta y cuatro o setenta y cinco.  Se le ligaba entonces, de cierto modo, al movimiento infrarrealista, de quienes llegó a ser de cierta forma un involuntario gurú” (Evodio Escalante, “Tres versiones sobre José Vicente Anaya”, Revista Esquina Baja, No 8, enero-marzo de 1990. 2)

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