¿“Think different”?

Pasos de un peregrino son errantes, hasta la mesa del café en donde escribo. Enfocado por una minúscula cámara, de pestañas vulcanizadas, que vigila mis pasos, la manera en que bebo este líquido humeante, el estilo con que sin prisas voy devorando mi atónito panecillo. El modo –no olvidado aún del todo– en que celebro el culo de alas de ángel de aquella fugitiva muchacha; su talle limpio, sin peca ninguna, salvo en los besos que me roba, en los dientes de morsa que me afila. Hasta que me encuentro con ese Polifemo –convertido ahora en Nadie también– que me arroja una roca y me hace retornar intempestivamente y herido hacia mi taza de café. A beberme mis oscuros deseos, a oler solamente en el ámbito de sus reducidos contornos, a imaginar –si es que esta miseria la podemos denominar así– del modo en que aquel monstruo propicia, en inmensos carteles puestos muy en alto por toda la ciudad, a “think different”, y la cara de tanto circunspecto o castrado o diz que genio se nos desea hacer calzar como una indeleble careta, pero que no nos va de ningún modo y en nada tampoco viene al caso.
Soy una “minoría” en los Estados Unidos, mas también, por ejemplo, en el Perú y en España. Entre homosexuales, heterosexuales, velludos, lampiños, y entre los otros poetas. Los acercamientos científicos, metafísicos, sentimentales, cibernéticos, utópicos, ninguno de ellos satisface a nuestro distraído corazón: viscosa rana de estanque ciega y cantarina. Pero no soy un hombre triste, sí, en realidad, un caminante muy feliz. Feliz contra los datos de las estadísticas, de los usureros, de los piropeadores de puestos, de aquellos descontentos, por pura falta de valentía, en el mundo entero. Obviamente, no confío en los jóvenes sólo por ser menores de edad, pero –aunque prefiero hacer el amor con una adulta inspirada– es fácil percatarse que en sus ojos existe otra cosa, que puede existir alguna otra cosa. No sólo para el ámbito de la poesía, se entiende, el otro mundo, el más allá que es siempre la poesía (la rana viscosa adquiere el aspecto de un príncipe auténtico al escucharme elucubrar así) y que da título a Desde el más allá, manojo de poemas que tienen al frente.
La calle por donde ya he tratado otra veces de escapar se abre a mi paso; la indumentaria de pobre y el talante tan digno de mi padre (demasiado digno de mi padre); el amor que insistente busqué –torpemente y suicidamente busqué– detrás del rostro de más de una serena muchacha; la amistad hecha del mismo chorro de mi corazón, de la fuga en la pluma rota de mi alma pulcramente galvanizada; de la soledad que como una mano amiga nos busca y –a veces– oportunísima nos alcanza. Pero, todo esto no son más que origamis construidos, a escondidas, en el lugar a donde nos han traído nuestros involuntarios pasos. Cuando me paro a contemplar mi estado. Pero cuando a mi oído llega también una fiesta de carnaval o del caribe y, de inmediato, mi cuerpo reacciona arrecho. O cuando nuestro cerebro se emociona con la insignificancia de lo que algún verso de Trilce quiere decir para nosotros, de lo que alguna dolorosísima confesión de Borges, quiere decir para nosotros; si no también nuestro corazón, a esta hora ya, y engreído, arisca rana de altura convertida en sapo comestible.

Pedro Granados, Desde el más allá (Lima: ediciones corza frágil, 2002)

Poema de la violencia en Brown University

Diluidos por un líquido eficaz.

Al fondo de la sucesión de los actos

o a sus márgenes.

Como en la adolescencia

–solos o abrazados a nuestros enemigos

en una unidad difícil de reconstruir ahora,

difícil de consentir–.

Por tantas huellas dejadas ya de aquí hacia allá,

por tanto vapor en la huida.

Debimos ser como las piedras.

Pero nos movimos,

Pero nos movieron como al animalito exótico

(la soga al cuello

y las uñas curvas al ras del pavimento).

Infancia y adolescencia en el Perú.

Una a una fueron surgiendo las palabras,

una a una fueron sobreponiéndose

–imitando al mar–

en nuestro barrio de purita tierra.

La violencia existió siempre,

filtrándose en los zapatos,

filtrándose a través de los muros.

Pero nuestra mirada era más grande que la violencia,

sabía llevar, sabía traer,

sabía sumergir y renovar las cosas,

las voces, purificar los instintos.

Aunque no fuimos puros, nunca lo fuimos.

La violencia existió siempre,

recortada como un segundo rostro,

como un tercer rostro,

pero no como el rostro definitivo

en nuestras estoicas gentes.

La violencia existió siempre.

aun allá en los juegos,

aun allá en los enamoramientos.

Como la lavaza del bulto que se lava,

como la espuma de la cerveza.

La violencia con sus faldas sucias

y sus caras sucias.

La violencia de zapatones de Celestina

y labios de Urraca.

La violencia del rasposo patio de la vecindad.

(Es por eso que a más de uno nos gustaba

escupir sobre esas paredes

y sobre aquellas del rincón que formaban la casa

creando así transparencias, salidas,

otros túneles de lo humano).

La violencia existió siempre,

pero también existimos nosotros.

La violencia sin todas las variables en la palma de la mano,

justo así como nosotros y como cada uno de ustedes.

La violencia que no controla todo, que felizmente no sabe

lo que sus hijos piensan. La violencia temerosa del futuro

y de las calles tan violentas. La pudorosa violencia que no llama

a las cosas por su nombre, que no se atreve a amar.

La violencia con sus males de ojo. Con su tarde o temprano.

Porque largo la hemos mirado y le hemos sobrevivido.

Porque largo le hemos dado a comer directamente de la mano

y conocemos su hendidura, su hedor, aquello que la hace más feliz.

Por eso pendeja (en peruano) nos reconoce y nos teme,

y se está aquí cerrándonos las piernas. Tal como si no

supiéramos,

ya de sobra.

Tal como si hubiéramos olvidado.

Pedro Granados, El corazón y la escritura (Lima: Banco Central de Reserva del Perú, 1996)

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