Armando Almánzar Botello: Boxeador antillano fajado con la post-teoría

A.A.B.
A. A. B. leyendo de su libro reciente,
Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse’s Crucifixion
(Santo Domingo, R.D.: Editora Ángeles de Fierro, 2007)

Comentando ciertas inclinaciones de la generación del 80, aquello de la “poesía del pensar”, Diógenes Céspedes hace un esclarecido comentario con el que no podemos dejar de coincidir: “La filosofía, incluso más que la historia y la política, es el mayor enemigo de la poesía. A la historia y a la política podemos desarmarles fácilmente sus estrategias y sus tácticas, pero la filosofía es más obstinada y ejerce un mayor efecto de fascinación que cualquier otra disciplina so pretexto de su disfraz de ciencia, y a veces de ciencia de las ciencias”. Diógenes Céspedes, Ensayos sobre lingüística, poética y cultura (Santo Domingo: Trinitaria, 2005) (99). Nosotros precisaríamos, claro está, siempre y cuando la filosofía intente hacer pasar como poeta a un “tonto solemne” (Nicanor Parra, dixit).

Vaya esta introducción para referirnos, pero muy a contrapelo, a Armando Almánzar Botello (Higuey, R.D., 1956) y como marco a su obra, Cazador de agua y otros textos mutantes. Antología poética 1977-2002 (Santo Domingo: Editorial Gente, 2003). Rara vez nos hemos topado con tamaño erudito del presente; de cuanto libro sobre teoría cultural y psicoanalítica hallemos en las librerías. Pasmoso y serio conocedor –bonachón y gran amigo– que, de algún modo hemos de decirlo, cultiva un discurso a caballo entre arqueología del saber, ciberespacio, gótico y un ligao local de sabor muy dominicano. En sus “textos mutantes” le resulta casi imposible evitar la glosa intelectual; y las veces que acierta son cuando –en general por vía del humor– se sacude de esta invisible y tenaz atadura; como en este notable pasaje de “Cazador de agua”:
“Asomado a mi balcón mareante, yo, modesto cazador de agua, habitante de la banda periférica de la megalópolis y con licencia especial para manejar sofisticados aparatos cibernéticos y nano-robóticos, (licencia otorgada por las autoridades competentes del E.E.I.), percibo en las noches de fósforo el rumor centelleante del extraño laberinto que se extiende allá abajo. Desde la jungla tecnológica agazapada en el abismo, llegan a mis oídos atónitos, (agudizados por la ingeniería genética), voces corales, ruidos solitarios y vibraciones infrasónicas que me ponen los pelos de punta”

Poco a poco vamos entendiendo, entonces, que nos hallamos en plenas Antillas del futuro, donde el sujeto poético es ya también una máquina él mismo; observador privilegiado de un aleph, aunque esta vez caótico y no menos preñado de horror. Imagen elíptica de nuestro kafkiano presente; leída así, esta obra pone en evidencia su auténtico relieve: la pertinencia de su crítica, su gesto de libertad imaginativa y su, no es lo de menos, bienvenida sangre ligera y oportuno sentido del humor: “Marvina me obliga sin piedad a lamerle, como siempre, su código de barras”.

Pero por la prensa ahora nos enteramos que nuestro poeta tiene un nuevo libro al que aún no hemos tenido oportunidad de leer y, por cierto, tampoco de reseñar. Sin embargo, pareciera que –según aquella misma prensa– en esta oportunidad Armando Almanzar Botello se ha propuesto transcribir de modo automático los sentimientos para dejar sentado con este gesto, de una puñetera vez, su explícita distancia y denuncia de la “poesía del pensar”. Curiosamente, modo de escribir predominante –hasta hace muy poco– en la República Dominicana del que Almanzar Botello constituye, y esto es un secreto a voces, un no reconocido agente o precursor. En una próxima entrega, pues, esperamos comprobar y desde luego compartir con el desocupado lector si aquellas novedades son ciertas. Por lo pronto, y mientras tanto, vale la pena rescatar un comentario de Marcio Veloz Maggiolo a raíz del Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse’s Crucifixion:

He dicho que escribo a “lo Almánzar”, no me interesan sino las sensaciones que producen sus resonancias y disonancias. Digo que sus visiones del mundo orillan, en la post-modernidad, las de un Bosco caribeño que recrea el universo con el que intenta dejar de soñar. En su soledad y en su atasco de pasiones, Almánzar Botello incluye a políticos, a poetas, a una fauna esotérica y mistérica que en la realidad es sólo materia prima para su justificación de la metáfora. “El Sueño y la Palabra. (Francis Bacon, vuelve, de Armando Almánzar Botello)” (http://www.listin.com.do/app/article.aspx?id=24628)

Reiteramos , pues, nuestro compromiso de proseguir el diálogo sobre tan fascinante autor dominicano.

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