Juvenal Agüero se confiesa

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Tengo una cantidad innumerable de enemigos literarios; de izquierda y de derecha; del submundo  y del cielo.  Los cuales no cambiarán de opinión  porque al hacerlo, y a estas alturas, significaría admitir que estuvieron despistados en el juicio o, peor aún, actuaron con hartísima mala fe.  Es más, ya que para el que escribe poesía por lo menos la mitad del asunto estriba en ser un crítico con olfato; aquello sería admitir que fueron poetas mediocres y, por lo tanto, en este aspecto vivieron también en vano.

Es un milagro que haya persistido en la poesía sin un grupete de amigos; sin ser líder de nadie; y sin que me hayan fagocitado como requisito previo  para algún  halago.  Mi relación, por poner el caso, con la poesía peruana es harto penosa; patética.  No figuro en compilaciones ni nadie, ahora de viejo, asiste a mis cada vez más escasos recitales.  Es más, me entero que los poetas de la corte imponen a los organizadores ciertas condiciones para participar en los festivales  si yo también ando entre sus planes.  Pasa exactamente lo mismo si alguien piensa  incluirme en alguna antología.   Ando  como abandonado por la cultura oficial y también por la de catacumbas.

No son poetas ninguno de los de Hora Zero.  No son poetas ninguno de los de Kloaka.  No son poetas los yuppies de ahora mismo.  Muchísimo menos los profesores metidos a poetas.  El penúltimo poeta fue Luis Hernández Camarero.  El último, deben ustedes solitos adivinarlo carajo.  Si no de qué vale hayamos dejado las andaderas y caminemos, como quien dice, cada cual soberano y sobre sus propias patas.

 

Fragmento de una nueva novela breve, aún sin título, pero que versará por entero sobre poesía peruana.

Puntuación: 5.00 / Votos: 5

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