La telenovela/ Jack James Flores Vega

el de camisa blanca

Me detuve frente a la puerta con la chica detrás mío.
-Espera un momentito –le dije-; voy a arreglar el cuarto.
Ingresé, y dejé a la chica afuera. Empecé a estirar las frazadas, acomodar las almohadas y empujar la maleta. Recogí algunos papeles y saqué la ropa amontonada sobre la silla y la metí debajo de la cama. “Listo”, me dije, observando el arreglo efectuado: la cama ordenada, la silla despejada, el suelo sin papeles, y el televisor…, ¡el televisor estaba con libros y con el aparato de control remoto encima! ¡Uh! Puse el control sobre la cama y los libros los acomodé debajo de ésta. “Ahora sí, ya está”, me dije, y me dirigí a la puerta.
-Pasa -le dije a la chica, y ella ingresó, algo nerviosa.
-Acomódate -le señalé la cama. Ella se sentó en el borde con las manos entre las piernas, y me preguntó:
-¿Aquí vives?
Yo asentí, y me senté a su lado. Le acomodé los cabellos y los acaricié. Su trencita que la tenía sobre los pechos se la puse a la espalda. Ella me hizo un gesto de rechazo, inclinándose para un costado, pero yo, ni caso. Le puse una mano en uno de sus muslos y empecé a sobarlo, ella me contuvo.
-No seas así -me dijo, con molestia, y sujetó mi mano.
-¿Qué pasa? -le dije. Me puse muy serio. “Está bien huamán para que me haga eso”. Se quedó callada. “¡Ah!, entonces…”, me dije, “acepta”, y volví a las andadas. Puse mis dos manos en sus muslos y volví a sobarlos, pero otra vez me rechazó:
-¡No seas así!, ¡no seas así! –repetía.
No le hice caso… y volví a insistir, pero está vez bajé mi mano hasta sus rodillas para levantarle la falda.
-¡Noo! –exclamó, y al darse cuenta de mis intenciones, me dio un empujón. ¡Carajo! Me hizo caer de espaldas. Felizmente puse mis manos como apoyo porque sino me hubiese rajado la cabeza. ¡Tenía fuerza esta chucha! Me levanté asado, con ese dolor terrible en las muñecas.
-Mira –le dije, muy serio-, ya no somos niños. Si te traje aquí es para que me des favores afectivos; ahora, si no quieres nada, entonces márchate, pues; estamos perdiendo el tiempo.
Ella se quedó callada y luego fijó la mirada para un costado…, ¡como si no me hubiese escuchado! “¡Ah!, acepta”, me dije, y puse mis manos en sus senos… Confiado, ¿no?
-¡Noo! –gritó otra vez, y me apartó violentamente.
Acabé por encolerizarme; ¡ya era el colmo!
-¡Por favor! ¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Si no vamos a tener nada, entonces márchate!
No dijo nada, mirando otra vez para un costado.
¡Por favor! –volví a decirle.
Ni se movió.

Entonces fui hasta la puerta y la abrí. Ella seguía sin moverse.
-¡Por favor! –exclamé- ¿Quieres? –le señalé la puerta.
Seguía sin pestañear. “Tendrá vergüenza”, me dije, y caminé hasta la silla frente al televisor y me senté dándole la espalda, para que se vaya. Felizmente ella se levantó y… ¡pum!, escuché el portazo detrás mío. Empecé a calmarme. Y de pronto, ¡tring!, escucho un ruidito, el sonido de los resortes de la cama; volteó… y la veo allí, sentada en el borde, ¡como si nada!
Me llevé las manos a las sienes, pensando: “¿qué hacer?”, “ah, ya”, se me prendió el foquito.
-Mira –le dije, parado frente a ella-, a mí no me interesa tener nada serio. No soy la persona que buscas. ¿Entiendes? No me interesa el matrimonio ni cualquier otro compromiso. Te lo digo de frente para evitarnos problemas.
Se quedó callada y esta vez miró para el suelo.
Me senté a su lado. Puse mi mano en sus hombros para sacarle el sostén, pero ella empezó a sacudirse, sin dejárselo sacar.
-¡Estoy siendo sincero! –le advertía, tratando de desabotonarle la blusa, pero ella se sacudía-. ¡Estoy siendo sincero!, ¿no entiendes? -pero seguía rechazándome.
-¡Márchate! –le dije, molestísimo, y me paré para abrir la puerta.
Ella se levantó y caminó hacia donde estaba, con cara de fastidio. Yo dije, “Por fin, se va”, pero ¡pum! cerró la puerta…, ¡y con ella adentro!
¡Increíble! ¡Me estaba armando una de esas escenitas como las que se ven en televisión!
-¡Por favor, márchate! ¿Quieres? –grité, y abrí la puerta; todavía le di un empujoncito para que se vaya; pero ella se volteó y me dio un tremendo empujón, llegando a golpearme en la quijada… Y cerró la puerta… volviendo a sentarse en el borde de la cama. Increíble.
-¡Por favor! –le dije, sobándome la quijada-; estoy siendo sincero. No me interesa el matrimonio ni tener hijos, no soy de esas personas; te lo vuelvo a repetir. No me interesa ese tipo de vida.
Pero ni pío. Mas bien tomó el control que estaba sobre la cama y prendió el televisor…, ¡y se puso a ver una telenovela! ¡Esto sí que era el colmo! No sabía si reírme o enojarme. Fui hasta el televisor y lo apagué, pero ella lo volvió a prender. Lo apagué otra vez y me puse delante del televisor para evitar que lo prendiera, pero ella porfiaba por hacerlo desde cualquier ángulo. Tuve que estirar las manos y moverme hacia los costados para impedir que lo hiciera. Realmente me sentía ridículo.
-¿No te quieres ir? -le dije, amenazándola- Mira, yo le digo a la señora que me alquila el cuarto que tú eres una extraña y que no quieres irte, y ella va a venir y te va a sacar a patadas.
Ni se movió. Como si no le importara mis amenazas.
Salí del cuarto y fui a buscar a la señora.
Llamé, y, para mi suerte, la señora estaba ahí. Le expliqué el caso.
-Doña Ponciana –le dije-, tengo un problema y quisiera que usted me ayude.
-¿Sí? –me dijo.
-Tengo una amiga que vino a visitarme y ahora no se quiere ir. Ya he hecho todos los intentos por sacarla, pero no pude. Si usted pudiera ayudarme, dado que es mujer y es la dueña del cuarto, quizás le haga caso.
La señora me miró, muy seria. Tal vez pensaría que soy un alocado, un homosexual o que estaría fumado, pero no; felizmente comprendió.
-Esta bien, hijo -me dijo, limpiándose las manos en su delantal-; yo la voy a sacar -y salió. Había una escoba y un recogedor de basura a un costado. Tomé la escoba y se la alcancé. La señora la cogió sin titubeos y yo marché detrás de ella sonriendo. Subimos las gradas y llegamos a mi cuarto. La señora abrió la puerta y entró. Yo me quedé afuera, esperando que se produzcan los gritos, los golpes, pero nada. No escuché nada de adentro. “¿Qué pasa?”, me dije y me adentré a mirar.
La chica no estaba. Sólo la señora con la escoba en sus manos. Me miró extrañada cuando asomé.
-Hijo -me dijo- tienes que conseguirte una mujer –y se marchó del cuarto.
Confundido, me recosté en la cama y prendí el televisor. ¡Allí estaba! ¡En el televisor! “¿Aquí vives?”, me dijo.
-Sí, aquí vivo –le respondí, y nos pusimos a conversar.
Desde entonces, siempre que prendo el televisor, ella aparece. Y cuando la apago, desaparece. ¿No te parece increíble?

Lima 13 de septiembre de 2009

Jack Flores

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