
Una de las cosas que más me molestan cuando viajo son las personas haciendo lo que les viene en gana dentro del avión, por ejemplo, durmiendo con el asiento reclinado durante el despegue sabiendo que debe tenerse en posición vertical o usando su celular (o cualquier otro aparato electrónico) cuando está prohibido tenerlo encendido. Sobre esto último, al principio pensaba que se trataba básicamente de un problema de desarrollo moral, de respeto a las normas y al bien común, pero ahora pienso que, además de lo estrictamente moral, hay también aspectos puramente cognitivos que son los que explicarían en última instancia el comportamiento de estas personas.
Pensemos en el niño de 5 años que enciende un fosforito en una pila de papeles y hace un gran fuego, pero que cuando se le acusa de haber ocasionado un incendio dice enfáticamente que él no fue no porque esté mintiendo y quiera protegerse, sino porque su pensamiento causal tiene limitaciones: está auténticamente convencido de que su pequeña acción no pudo haber producido un incendio de grandes proporciones pues no puede ligar sus acciones una tras otra ni predecir estados posibles de cosas a partir de las acciones previas, es decir, no logra asociar su acción de encender un fuego pequeño en una pequeña pila de papeles con la producción de un incendio de una mayor dimensión. El paso de lo pequeño a lo grande no se ve, y su pensamiento no puede conceptualizarlo, imaginarlo, ni predecirlo, porque carece de un sistema de coordinación de las acciones, es decir, no tiene un pensamiento organizado ni operatorio.







