Las puertas entornadas de Rafael del Castillo Matamoros

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(Tunja, Colombia, 1962)

Letanías del escribiente (fragmento)

No me lean

Siéntanme quizás, quiéranme de pronto,
díganme que me ven,
que escuchas mi asesar contra su nuca

Es nada escribir, es mucho menos que leer
He visto niños casi de pecho escribir y escribir
jornadas enteras concentrados
cabeza gacha corazón de rodillas
Filas de niños escribiendo,
encorvados como viejos
viejos

Sanos consejos a una prostituta

Mantén la calma
todavía no acaba la noche
ve al ventorrillo de la esquina
y pide un café amargo como tú.

Mantén la calma
quizás aquella sombra que ahora surge
por una callejuela neblinosa cantando a voz en cuello
sea tu cliente de hoy
es posible también que esté embriagado
y quizás sólo atine a hablarte todo el tiempo
de su infeliz matrimonio, de los hijos que adora
tal vez te deje ver sus fotos
mientras te manosea con desgano
puede ser que se adormezca en tu regazo
sin pensar en que tú
vaciarás sus bolsillos ante el menor descuido.

En cualquier caso toma tus medidas
no vaya a ser que no tenga una sola moneda
y otra vez debas pagar el cuarto
y sentarte a llorar al borde de la cama
velando a un desconocido
tal vez más indefenso
tal vez más solitario que tú misma…

Solamente el poema

El poema no es un hombre ni una mujer ni una palabra
El hombre arriesga unas palabras
Y la mujer también
Pero el poema no es un hombre ni una mujer ni un puñado
de palabras
Por eso dice,
Tal vez por eso dice

Y hay quien lo recuerde…

Rafael del Castillo Matamoros, Puertas entornadas (Antología personal) (Tolima, Colombia: Caza de Libros, 2010)

El poeta arriesga, sin duda. Se aproxima, temerario, al ámbito de lo emotivo. A veces el lenguaje, solícita dama de compañía, se compadece y lo sigue y se abandona junto a él. Cómplices en este candor. Ambos, perdonados en este gesto excesivo. Nadie se atreve a escribir ya de este modo, qué duda cabe. Sin embargo, el lenguaje a veces también atina –de la mano con el poeta– a resistir la inercia del vacío, la apabullante atracción de la caída. Y, de común y lúcido acuerdo, se aplican a contemplar, a contemplarse ellos mismos hechos añicos allí, muy a lo hondo del barranco. Aunque esta vez, siempre resulta paradójico, maravillosamente salvos. Vivos e intensos para la poesía.

Puntuación: 4.29 / Votos: 7

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