
Siempre me ha llamado la atención la manera en que conocimientos psicológicos que se difunden entre personas de otras disciplinas a veces pierden por completo su sentido, se vanalizan un poco (por decirlo de alguna manera) y resultan convertidos en propuestas incluso opuestas a los planteamientos originales. Eso pasa con el concepto de autoestima, por ejemplo, del que ya me ocupe en este post, y con muchos otros que sería largo de mencionar pero que se han ido divulgando y diluyendo en manos de otros profesionales (administradores de empresas e ingenieros por ejemplo) que los usan descuidadamente y sin mayor sustento.
Algo así pasa con los mapas conceptuales, un invento de Novack a partir de los trabajos de Ausubel que ahora forma parte del sentido común pedagógico y que en el camino ha ido perdiendo sus connotaciones originales.
A mi juicio, los mapas conceptuales deberían entenderse como una estrategia de aprendizaje, es decir, un proceso de toma de decisiones consciente e intencionado que se realiza para alcanzar un objetivo de aprendizaje de manera eficaz. La persona que decide hacer un mapa conceptual hace precisamente eso: elije, toma una decisión porque cree que es la más acertada para el tipo de aprendizaje que lleva a cabo. En otras palabras, piensa y decide que el mapa conceptual es la estrategia más pertinente para sus objetivos, y actua en consecuencia.
Esta característica, la de ser parte de un aprendizaje estratégico, lamentablemente se ha perdido.








