
No hay cosa que a la vez, me apene y me irrite más, que ver a personas adultas y aparentemente educadas ser inconscientes del otro y de las reglas sociales. Quiero contar lo que vi hace unos días en un avión porque fue para mí realmente inaudito. Un hombre sentado detrás mio se negaba a apagar su celular cuando las reglas del vuelo exigen hacerlo. Una de las señoritas que atendían el vuelo le pidió varias veces que lo apagara porque el avión estaba próximo a despegar, pero el tipo insistía en que lo que estaba haciendo -enviando mensajes- era muy importante. “Usted no sabe la importancia de lo que estoy haciendo”, le decía a la azafata. “Ya le he dicho que me esperen”. Ella lo miraba sin dar crédito a lo que veía y oía, e intentó persuadirlo mediante la exposición social: “señor, por favor, la gente lo está mirando”, pero obviamente no tuvo resultado. Entonces, le dijo con firmeza: “si no lo apaga en este instante se lo voy a tener que decomisar”, a lo que el tipo le respondió, molesto: “Ya les he dicho que le diga al piloto que me espere. Usted tiene que aprender a dar servicio al cliente”.
Nada más y nada menos: servicio al cliente. Como estas cosas me molestan mucho, no me pude aguantar y le llamé la atención al tipo: “Ella tiene razón, haga el favor de apagarlo. El mundo no gira alrededor de usted”. Y efectivamente, el mundo no gira alrededor de él, ni de sus mensajes importantes por los que, él cree, un avión lleno de pasajeros debe detenerse. ¿Pero como así esta persona se ha desarrollado de este modo? Como podemos ver, lo que prima en él parece ser su identidad como consumidor, no como ciudadano. Como si ambas cosas pudieran separarse.






