
Creo que una buena manera de educar moralmente a los niños y jóvenes es intentar dar mayor soporte a los principios éticos que se les exigen o que se desea que construyan, explorando y trayendo a la luz sus fundamentos filosóficos. Esto, lamentablemente, se hace muy pocas veces en el proceso educativo, más habituado a dar órdenes sin razones que las sustenten o a prescribir normas de conducta con argumentaciones que no corresponden al dominio moral sino al convencional (apelación a la reglamentación, por ejemplo) y que, por lo tanto, no ayudan realmente a entender la naturaleza ética de las trasgresiones. Ahora ya no se enseña filosofía en la secundaria y, cuando se enseñaba, las clases se limitaban a repetir de memoria conceptos inintelegibles de algunos filósofos, sin que tales conceptos se analizaran críticamente o se utilizaran para discernir situaciones de vida.
El ejemplo que quiero usar para ilustrar mi punto es la mentira. Engañar al otro es incorrecto no porque haya una regla sobre ello, porque a nuestros padres no les guste o porque la escuela o el maestro lo prohiban. Esas no son razones suficientes para entender el sentido de la recomendación de no mentir. Mentir o engañar suele ser inmoral (aunque hay excepciones a esta regla, como cuando mentir es el menor de dos males) porque trasgrede un elemento básico de confianza y reciprocidad que debe prevalecer en las relaciones humanas. Estas no son sostenibles sin esa reciprocidad. La regla de no mentir tiene que ver además con la evitación del sufrimiento y el daño al otro.





